LA SOLEDAD DE BUSH, EL FRACASO DE LOS HALCONES Y EL DESINFLE
DE LAS BURBUJAS
Escribe Jorge Beinstein
Aunque le falta más de un año para abandonar la Casa
Blanca, la situación actual de Bush es la de un presidente en estado terminal.
El acoso parlamentario opositor aumenta semana a semana, sus aliados republicanos
lo van abandonando uno tras otro, su asesor estrella Karl Rove ha desertado, la
burbuja inmobiliaria se sigue desinflando señalando un futuro oscuro para el conjunto
de la economía norteamericana y provocando sucesivos sacudones bursátiles globales.
Su compañero de aventuras, Tony Blair, dejó el cargo de primer ministro en Inglaterra
generando en Washington crecientes temores acerca de un posible deslizamiento
de los ingleses hacia la Unión Europea aflojando sus lazos atlantistas y tomando
distancia de la estrategia eurasiática de los halcones (1). Además han empezado
a circular declaraciones de funcionarios y “filtraciones” mediáticas referidas
a escenarios elaborados en el Pentágono de retirada rápida de las tropas estadounidenses
de Irak (2). En ese nivel y en el conjunto del sistema de poder de los Estados
Unidos ya casi nadie pone en duda el fracaso de la aventura irakí y mientras el
sector más extremista de los halcones sueña con algún “golpe de fuerza” milagroso
dentro de Irak o por medio de un ataque contra Irán, el Imperio esboza repliegues
que le permitan preservar su presencia en el Medio Oriente. Las ventas masivas
de armas a los regímenes amigos de la región es una de los medios empleados, el
gobierno estadounidense acaba de acordar ventas por 20 mil millones de dólares
a los estados del Golfo (incluidos 10 mil millones para Arabia Saudita), 30 mil
millones de dólares a Israel y 13 mil millones de dólares a Egipto. Combinando
“intereses estratégicos” de los Estados Unidos e intereses comerciales de las
empresas beneficiadas con esas ventas (3), obviamente los funcionarios involucrados
en el negocio recibirán las “recompensas” correspondientes (curiosa mezcla de
corrupción y fanatismo imperialista).
Por otra parte acumula apoyos en el establishement el llamado plan Biden-Gelb
de dividir a Irak en tres partes (una sunita, otra shiita y una tercera kurda)
lo que supone el éxito (para nada asegurado) de la estrategia de guerra étnica
desarrollada por los ocupantes, la concreción del plan les permitiría (en teoría)
replegarse con relativamente pocas bajas ya que la resistencia iraki quedaría
sumergida en un océano de conflictos locales. Hacia mediados del año pasado el
senador demócrata Joseph Biden y Leslie Gelb, presidente emérito del Council on
Foreign Relations, publicaban en el New York Times un texto desbordante de cinismo
donde tomando como precedente “exitoso” al desmembramiento de Yugoslavia proponían
descuartizar Irak. Completando el coro siniestro, nada menos que David Walker,
titular del “ Government Accountability Office”, pronunció el 7 de agosto pasado
una conferencia en la que trazó el paralelo entre la decadencia del imperio romano
y la situación actual de los Estados Unidos (4).
Las dos burbujas imperiales se están desinflando al mismo tiempo: la burbuja financiera
centrada en el mercado inmobiliario (aunque sus alcances son mucho más amplios)
y la burbuja militar apoyada en las guerras de Irak y Afganistán (pasó decisivo
en la delirante estrategia de conquista de Eurasia). La interacción entre ambos
fracasos es evidente, aparecen como los aspectos más visibles, por ahora, de la
degradación general de la sociedad norteamericana que no puede ser comprendida
sino en su totalidad. De ese modo es posible explicar comportamientos sectoriales
(militares, políticos, financieros y otros) aparentemente desmesurados, incoherentes,
a veces abiertamente estúpidos pero que integran una dinámica superior marcada
por la decadencia. Y como los Estados Unidos constituyen la espina dorsal y la
cabeza enfermas del capitalismo mundial sus temblores afectan (expresan) al conjunto
del sistema, es por ello que los interrogantes sobre su futuro tienen alcance
planetario.
¿Contraataque imperial?
El primer interrogante se refiere a la posibilidad de
un contraataque del Imperio. Podríamos suponer que los halcones acorralados estarían
tentados a desatar algún golpe de suerte buscando revertir la pésima situación
actual. Durante todo el año pasado esta hipótesis adquirió cierta verosimilitud;
la creciente agresividad de la Casa Blanca hacia Irán, su compromiso con la invasión
militar israelí al Libano, sus actos hostiles contra Rusia, impulsaban a pensar
en una aventura militar en marcha. Algunas autores nos hacían recordar historias
de otras tiempos como la invasión del Canal de Suez en 1956 por parte de Francia
e Inglaterra, dos imperios coloniales en declinación cuyos dirigentes habían perdido
la percepción de la realidad lo que los condujo al fracaso. Según Michael Klare
las elites imperiales decadentes suelen tomar decisiones descabelladas ya que
sobrestiman su poderío (declinante), subestiman el poder (ascendente) de sus enemigos
y finalmente pierden los estribos ante reales o supuestos desafíos de estos últimos
(5). Ingleses y franceses creían en esa época que podían doblegar fácilmente a
Nasser de quien no aceptaban sus reivindicaciones nacionalistas, pero el mundo
había cambiado y los estados colonialistas sufrieron una humillante derrota política.
Ahora los Estados Unidos se encontrarían ante una situación parecida: se negarían
a registrar la magnitud, la importancia (geo)estratégica de su derrota en Irak
y el hecho de que su gigantesca maquinaria bélica esta perdiendo rápidamente la
capacidad de disuasión que tenía en la década pasada. Además el caos financiero
en el que están sumergidos les impediría percibir que pierden peso económico global
y que su endeudamiento vertiginoso los hace cada vez más dependientes de la red
financiera internacional y de las decisiones monetarias de la Unión Europea, Japón
y China.
De todos modos el rápido debilitamiento del gobierno de Bush va reduciendo su
capacidad operativa y es muy probable que esa tendencia se acentúe en los próximos
meses (lo que no elimina por completo la posibilidad de una agresión imperial
desesperada como lo demuestra su reciente bravuconada al declarar como organización
terrorista a los “Guardianes de la Revolución” de Irán).
Sin embargo es necesario mirar más allá del búnker de Bush y del aspecto exclusivamente
militar del tema. El “complejo industrial-militar” tradicional ha cambiado mucho
en los últimos años, actualmente forma parte de una red más amplia y compleja
de intereses que abarca también negocios financieros, energéticos, de seguridad
privada, etc. Se trata de un sistema muy concentrado que (sobre todo) desde el
fin de la guerra fría ha conseguido capturar al grueso de la elite política norteamericana.
Uno de los pilares de dicha cooptación ha sido el ascenso hegemónico de una “cultura”
entre financiera y mafiosa claramente parasitaria. Prisionera de visiones simplistas
deslumbradas por el gigantismo del mega aparato militar desde cuyas alturas el
“enemigo” (por ejemplo las poblaciones de Irak o Irán), es visto como un pequeño
objeto, un modesto hormiguero que puede ser manipulado o exterminado a gusto.
Agreguemos a esto que si bien los candidatos a la presidencia del Partido Demócrata
critican a Bush por el desarrollo de la guerra en Irak no dejan de mostrar sus
colmillos en los casos de Iran o Pakistán-Afganistán (6).
Podríamos también aproximarnos al tema desde la deformación “financiera” de la
percepción de la realidad que genera imágenes fantasiosas donde enormes masas
de fondos derriban todos los muros culturales, morales y políticos. En un caso
(militarismo) la realidad es simplificada al extremo bajo el convencimiento de
que la fuerza bruta lo puede todo, en el otro (visión mercantil del mundo) la
deformación no es menos grosera (“el poder del dinero es irresistible”). A comienzos
del siglo XXI nos encontramos ante la degeneración integral de la elite dominante
(central) del mundo que combina la más alta sofisticación consumista y tecnológica
con el primitivismo intelectual, no es la primera vez que ocurre esto en la historia
humana.
Mi conclusión es que el militarismo imperial-mafioso no tiene porque desaparecer
con Bush, fue gestado durante un prolongado período anterior (marcado durante
la década pasada por la primera Guerra del Golfo, los interminables bombardeos
sobre Irak, la guerra del Kosovo, el desarrollo incesante de burbujas especulativas,
etc.) y tiene sólidas raíces entre los dirigentes de los partidos demócrata y
republicano.
Por otra parte su dependencia energética obliga al capitalismo norteamericano
a presionar cada vez a los países poseedores de dichos recursos. No se trata solo
de su decreciente producción petrolera enfrentada a recursos globales que tenderán
a decrecer en el corto plazo sino también de la “solución” (parcial, efímera)
encontrada: los biocombustibles, cuya expansión significaría de hecho la apropiación
de vastas extensiones territoriales de la periferia, reduciendo drásticamente
los suministros alimentarios de esta última. En ambos casos el Imperio comportándose
como un vampiro “necesita” para sobrevivir depredar cada vez más al mundo subdesarrollado
y disputarle las presas a las otras potencias (Unión Europea, Japón, China). En
realidad la irrupción de los biocombustibles impulsa al Imperio a una recomposición
estratégica enfocando nuevos espacios o más bien reclasificando en su jerarquía
de intereses a ciertas zonas de la periferia. Economías agrícolas subdesarrolladas
antes colocadas en un segundo plano están pasando al primer nivel en la escala
de prioridades, es el caso de las grandes extensiones de tierras fértiles de América
Latina.
¿Otros imperios?
No está de más insistir en que la crisis norteamericana
no puede ser entendida si no la asumimos como parte de un fenómeno más amplio,
mundial. El llamado proceso de “globalización” que se desarrolló desde la década
de los 1970 llegando a su momento de victoria en los años 1990 (bajo hegemonía
financiera y estadounidense), impuso la articulación de una densa red de interdependencias
económicas entre los países centrales que atrapó al conjunto de la periferia.
El desborde financiero que incluyó endeudamientos colosales públicos y privados
tanto en países centrales como periféricos y saqueos de estos últimos fue la resultante
de una crisis crónica de sobreproducción que se prolonga desde hace algo menos
de cuatro décadas (7).
También debe ser señalado que la hegemonía norteamericana, sobre todo en los años
1990 y hasta la actualidad asume un doble aspecto: por una parte es la de una
potencia que opera como mega-sujeto (parásito) de la economía global imponiendo
sus privilegios consumistas al resto del mundo del que extrae bienes y servicios
a cambio de papeles-dólares que se han ido desvalorizando. Pero también se trata
de un enorme basurero mundial hacia donde se dirigen fondos y mercancías que la
crisis de sobreproducción no permitía colocar en ningún otro mercado comparable.
Las burguesías de Japón, Alemania, Sudcorea o China no han hecho otra cosa que
otorgar una suerte de “crédito” muy blando y por tiempo indefinido a su gran cliente.
Los chinos y los japoneses han acumulado gigantescas “reservas” en dólares o bonos
del Tesoro de los Estados Unidos a cambio de sus mercancías, los europeos han
colocado en los Estados Unidos enormes excedentes financieros, también lo han
hecho países petroleros como Arabia Saudita. Dicho de otra manera, los Estados
Unidos son al mismo tiempo parásitos y tabla de salvación del capitalismo mundial
del que absorben toda clase de excedentes financieros y productivos. La deuda
total de los norteamericanos, pública y privada, se acerca a los 50 billones de
dólares (supera al Producto Bruto Mundial) de la misma 10 billones corresponden
a deudas con acreedores externos (8).
Las turbulencias financieras de Agosto de 2007 centradas en los males de la economía
norteamericana arrastraron a bolsas y bancos de Europa y Asia y así seguirá sucediendo
en el futuro. Se trata de un único navío global a la deriva aunque su tripulación
es bastante heterogénea lo que genera una imagen confusa de acuerdos y rivalidades,
zancadillas y acciones concertadas.
Recientemente los chinos amenazaron a los norteamericanos con la llamada “opción
nuclear” (despolarizar sus reservas) si estos últimos llegaran adoptan medidas
comerciales proteccionistas contra la industria china. Pero si esa amenaza se
concreta se produciría un desplome financiero planetario del que nadie quedaría
a salvo (en primer lugar China cuyo sistema depende de su dinámica exportadora).
La Unión Europea (el dúo Francia-Alemania) no simpatiza con la invasión estadounidense
a Irak sin embargo no desea una derrota del Imperio que podría derivar en una
pérdida de control casi completa del Medio Oriente por parte de Occidente. China
ha manifestado su oposición a la aventura irakí pero sus compras masivas de bonos
del Tesoro de los Estados Unidos han servido para financiar esa guerra. Rusia
levanta su puño militar respondiendo a la hostilidad norteamericana y amenaza
a los satélites europeos de la superpotencia (y de tanto en tanto lanza algún
gruñido a los otros estados europeos tratando de condicionarlos) sin embargo el
renacimiento ruso depende de sus exportaciones energéticas dependientes a su vez
de la salud de la economía internacional y sobre todo de sus clientes de Europa.
Aunque si los rusos miran hacia el Este (tratando de diversificar mercados) se
encontrarán con China y Japón dependientes del poder de compra de los Estados
Unidos.
Las grandes potencias están condenadas a pelearse entre ellas y al mismo tiempo
a realizar acuerdos tendientes a la supervivencia común. Dos conclusiones aparecen
de inmediato: primero, la declinación económica y política de los Estados Unidos
afecta negativamente a las otras potencias por consiguiente ese hecho inevitable
terminará por debilitarlos a todos. Segundo, el desarrollo del proceso general
de degradación hará cada vez necesarios y difíciles los acuerdos financieros,
comerciales y políticos entre los países centrales. Es evidente que el futuro
no copiará al siglo XX, cuando la declinación del Imperio inglés le abrió paso
al ascenso de los Estados Unidos y la URSS, sino que propondrá distintos escenarios
de despolarización o multipolaridad floja (más o menos caóticos o efímeros).
La crisis
El tercer interrogante se refiere a la duración e intensidad
de la crisis actual. El pensamiento conservador es tozudo e insiste en negar la
realidad, hacia fines de la década pasada afirmaba que nos encontrábamos en medio
de una gran reconversión positiva del capitalismo cuando la simple observación
de los hechos nos señalaba el desborde de una marea financiera, ahora cuando la
economía mundial se encuentra sumergida en un océano de burbujas especulativas
y bajo la amenaza de una penuria energética grave afirma que solo se trata del
desinfle de la burbuja inmobiliaria norteamericana y sus “daños colaterales” que
pronto (muy pronto) será superada gracias al funcionamiento del “mercado” y a
la sabia intervención de los bancos centrales de las grandes potencias. Pero la
realidad es mucho más tozuda que esa gente; esta crisis no nació en 2007, viene
de lejos. Desde comienzos de la década pasada las burbujas y turbulencias financieras
internacionales se sucedieron una tras otra, al mismo tiempo la masa financiera
global fue creciendo en progresión geométrica. Deudas públicas y privadas, hipertrofias
bursátiles, negocios con “productos derivados” se fueron expandiendo mucho más
allá del ritmo de crecimiento de la economía real. Por ejemplo los negocios con
“productos financieros derivados” representaban hacia el año 2000 cerca de dos
veces el Producto Bruto Mundial, en 2006 eran ocho veces más grandes, si extrapolamos
su tasa de expansión promedio del último lustro en 2010 esa masa especulativa
representaría 16 veces el Producto Bruto Mundial.
Detrás del fenómeno financiero se encuentra la crisis de sobreproducción crónica
que atraviesa a la economía global. Que encontró una “vía de escape” (una droga
milagrosa) en las actividades especulativas como espina dorsal de una sistema
de saqueo que bajo el discurso del “neoliberalismo” destruyó (devoró) a buena
parte de las economías periféricas y reconvirtió al parasitismo a los núcleos
hegemónicos del capitalismo. Pero esa vía no es infinita, la expansión de la masa
financiera puede ser emparchada luego de cada turbulencia, pero finalmente la
metástasis termina por dañar al conjunto del sistema, hacerlo inviable.
Aunque eso no es todo, la crisis crónica de sobreproducción converge con la fase
declinante de un ciclo mucho más largo, el de la explotación de los recursos energéticos
no renovables, pilar decisivo de la dinámica del desarrollo industrial capitalista
que le permite concretar su reproducción ampliada según su propia lógica, autonomizada
de los ritmos de la naturaleza, es decir opuesta a (saqueadora de) la misma. En
resumen: lo que ahora estamos experimentando es la convergencia histórica de dos
grandes crisis: la de sobreproducción (que arriba a su etapa de turbulencia aguda)
y la de subproducción o penuria productiva centrada en una primera fase en el
área energética pero que (biocombustibles mediante) comienza a extenderse al sector
alimentario.
La crisis financiera empuja hacia la recesión y la penuria energética ejerce presiones
inflacionarias. En los años 1970 se produjo un pequeño anticipo del fenómeno,
se lo llamó “estanflación” , el término es demasiado suave para lo que se viene.
(1) John Bolton, “Britain can’t have two best friends”, Financial Times,
July 31 2007.
(2) Sarah Baxter, “US braced for bloody pull-out”, TimesOnline, July 29, 2007
(3)Dan Glaister, “US accused of fuelling arms race with $20bn Arab weapons sale”,
The Guardian, July 30, 2007.
(4) David Walker, “Transforming Government to Meet the Demands of the 21st Century”,
http://www.gao.gov/htext/d071188cg.html
(5) Michael T Klare, “Beware empires in decline”.AsiaTimes, Oct 19, 2006.
(6) Axel Brot, “Germany, the re-engineered ally”, AsiaTimes, Aug 8, 2007.
(7) Algunos autores, por ejemplo Ernest Mandel, colocan su fecha de nacimiento
hacia 1968 (combinando síntomas económicos con rupturas político-culturales),
otros la localizan en 1971 cuando los Estados Unidos renunciaron al patrón dólar-oro
coincidente con el comienzo de la declinación de su producción petrolera y en
fin otros en 1973-1974 cuando estalla la crisis petrolera internacional y se desata
un proceso estanflacionario.
(8) Michael Hodges, “America's Total Debt Report”, http://mwhodges.home.att.net/nat-debt/debt-nat.htm.