ANTECEDENTES
HISTORICOS
Breve introducción a la historia de los comunistas
4.1. Los antecedentes de la
tradición revolucionaria
Los comunistas pertenecemos a una de las culturas políticas más
antiguas de la Argentina. De hecho, desde 1850 en adelante existen periódicos
y esfuerzos organizativos por parte de representantes de la población
negra (El proletario, 1857) y de grupos de inmigrantes europeos con antigua
tradición de lucha (Sección Francesa de la Primera Internacional
en Buenos Aires,1872).
El antecedente directo más antiguo de la tradición política
socialista y comunista se remonta a la Comisión Organizadora de los actos
del Primero de Mayo de 1890 (en simultaneo con la celebración mundial
por vez primera), que se realizaron en Buenos Aires, Rosario, Bahía Blanca
y Chivilcoy, dado que esta acción constituyó el primer intento
por fundir la cultura revolucionaria con el movimiento obrero realmente existente.
Y eso es precisamente el comunismo como movimiento social.
Desde 1857, año en que se funda la Sociedad Tipográfica Bonaerense,
transcurría un proceso de tránsito desde las formas mutualistas
a la de organizaciones de lucha de la clase obrera por sus derechos (en 1877
los mismos gráficos protagonizan la primera huelga proletaria) y contra
el sistema capitalista. Proceso que es el que desemboca en mayo de 1890.
De aquella Comisión Organizadora -conservamos sus nombres: José
Winiger, Nohle Schultz, August Khun y Marcelo Jacqueller-, surgió luego
el intento de organizar una central obrera en la Argentina, que tuvo en el periódico
El obrero de Germán Ave Lallemant su órgano de clara definición
marxista.
Al fracasar la formación de la Federación Obrera Argentina, en
1892 se tomó la decisión de constituir la Agrupación Socialista.
En 1894 se funda el periódico socialista La Vanguardia, y en 1896 ya
se constituye formalmente el Partido Socialista, en cuya fundación participaron
algunos de los más renombrados intelectuales de la época: José
Ingenieros, Roberto Payró y Leopoldo Lugones, entre otros.
Desde su segundo Congreso, el Dr. Juan B. Justo se convirtió en el principal
referente, llevando al Partido Socialista todas las contradicciones, virtudes
y límites que hoy se pueden analizar de quien fue traductor del primer
tomo de El Capital de Carlos Marx, un intelectual de nota que utilizaba, indistintamente
nociones del positivismo y el liberalismo, junto con ideas socialistas, con
el resultado que es de imaginar.
4.2. La Argentina que pretendían
subvertir los fundadores
La generación del '80 es la que consuma la organización del Estado
capitalista en la Argentina, completando las tareas pendientes que la alianza
de comerciantes y herederos de los conquistadores españoles no había
podido resolver luego de la ruptura del dominio colonial (la Revolución
de Mayo de 1810), que recién pudo abordar al finalizar la disputa abierta
entre los distintos grupos de poder regional con la oligarquía porteña
(la guerra civil entre caudillos que duró casi hasta 1880).
Para ello necesitaban:
Transformar la ciudad de Buenos Aires en la Capital Federal;
Disolver (y / o aplastar) los Ejércitos Provinciales y constituir un
único Ejército Nacional;
Estabilizar una relación de subordinación complementaria con el
Imperio Británico que se conoció con el nombre de modelo de desarrollo
capitalista agro/exportador, pero que requirió de endeudamiento externo
(desde aquel primer empréstito de Rivadavia con la Baring Brothers) y
del incentivo de la inmigración europea para poner las tierras a producir
y contando con mano de obra, barata y relativamente calificada, para la industria
naciente.
Para fines del siglo XIX el modo de dominación, orden conservador le
llaman los historiadores profesionales, mostraba sus límites para contener
a los nuevos actores sociales: los trabajadores y las capas medias urbanas y
rurales. La Rebelión del Parque de 1890, de la cual surgiría la
primera Unión Cívica Radical, marcaba la presencia y reclamos
de estos sectores.
La respuesta de la oligarquía sería la ley Sáenz Peña
de 1912, que instauraba el voto masculino obligatorio, y que buscaba la integración
al sistema de los sectores subalternos. La llegada de Irigoyen al gobierno en
1916, si bien lleva al sillón de Rivadavia a la figura no esperada, consuma
la maniobra política y logra estabilizar el dominio burgués, más
allá de las peleas puntuales entre distintos sectores del bloque de poder.
4.3. El nacimiento del Partido
Comunista
El esfuerzo por integrar los reclamos y neutralizar las luchas sociales con
las elecciones, también tiene éxito con los socialistas; entre
quienes los sucesivos avances electorales refuerzan la tendencia a suplantar
el objetivo revolucionario de abolir el capitalismo y construir el socialismo,
por la ilusión de reformarlo sucesivamente hasta que, sin mediar la toma
del poder, se auto transforme en socialismo democrático.
La tendencia al reformismo se articulaba con un corrimiento generalizado a la
derecha en casi todo el movimiento socialista mundial de la época (del
que se salvaban los bolcheviques rusos de Lenin, los seguidores de Rosa Luxemburgo
en Alemania, y no muchos más).
El electoralismo se expresa de un modo muy agudo en los intentos de despolitizar
la labor sindical y juvenil. Y es desde esos sectores que vendrá la resistencia
al reformismo. Resaltan en esos esfuerzos la constitución de la Comisión
de Propaganda Gremial, en 1914 y la fundación de la Federación
Juvenil Socialista, en 1916.
Con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, los debates se agudizan y las
posiciones se separan: la mayoría de la dirección y la totalidad
de los legisladores se deslizan hacia un intervencionismo pro / Entente (Gran
Bretaña, Francia, Rusia, EE.UU., etc.) como un modo de sacar provecho
electoral de la neutralidad asumida por Irigoyen. En abril de 1917 el Partido
Socialista realiza un Congreso Extraordinario e imprevistamente el grupo de
izquierda consigue aprobar un mandato prohibiendo a los legisladores socialistas
convalidar medidas belicistas. En setiembre, con la excusa del ataque por los
alemanes a un barco argentino, los diputados aprueban leyes de tal carácter
desatando una crisis de proporciones en el Partido Socialista. Al advertir la
gravedad de la situación, los diputados apelan a una maniobra oportunista:
amenazan renunciar a las bancas si no se les renueva la confianza cambiando
el eje de la discusión del hecho de haber violado las resoluciones congresales
y llevado al Partido, a una posición seguidista del imperialismo inglés.
La maniobra se abre paso, chantajeados por la perspectiva de perder la representación
parlamentaria, la mayoría de los militantes del partido se pronuncia
por la dirección, y ésta genera una dinámica para expulsar
a los internacionalistas, los que, estimulados por el triunfo de la Revolución
Socialista en Rusia en noviembre de 1917 y la euforia revolucionaria que se
expande por todo el mundo, deciden abandonar el Partido Socialista, realizar
su propio Congreso y fundar un nuevo partido: el Partido Socialista Internacionalista,
más tarde Partido Comunista.
Era el 6 de enero de 1918.
El primer Comité Ejecutivo del nuevo partido estuvo encabezado por Luis
Emilio Recabarren (que fuera años después fundador del partido
chileno), Guido A. Cartey, Juan Ferlini, Arturo Blanco, Aldo Cantoni (más
tarde, uno de los fundadores del bloquismo sanjuanino), Pedro E. Zibechi, Carlos
Pascali, José Alonso, Emilio González Mellén y Alberto
Palcos (luego miembro de la Academia Nacional de Historia).
Difunden un Manifiesto que explica lo sucedido al pueblo: El Partido Socialista,
ha expulsado de su seno, deliberada y concientemente al socialismo. No pertenecemos
más al Partido Socialista. Pero el Partido Socialista no pertenece más
al socialismo. Denunciar esta verdad a los trabajadores y fundar el verdadero
Partido Socialista Internacional son deberes morales imperativos a los cuales
no podremos sustraernos sin traicionar cobardemente al proletariado y a nuestra
conciencia socialista. Lucharemos en defensa de los intereses de los trabajadores.
Pero cuando breguemos por el programa mínimo será a condición
de abonarlo, de empaparlo, por decirlo así, en la levadura revolucionaria
del programa máximo, consistente en la propiedad colectiva, por cuya
implantación, a la mayor brevedad, lucharemos sin descanso y sin temores.
A los pocos meses, en la primera elección del Consejo Deliberante de
la Capital Federal, el nuevo partido consigue elegir un concejal, Juan Ferlini.
En la segunda elección se sumaria como Concejal, José F. Penelón,
acaso el dirigente mas popular en los primeros años.
Los primeros diez años del partido son años de intensos esfuerzos
por aportar a las grandes luchas obreras, estudiantiles y populares: la Semana
Trágica, la Patagonia Rebelde, la Reforma Universitaria, la huelga de
los trabajadores de La Forestal en el norte santafesino, de los portuarios de
Rosario y Buenos Aires, etc. logrando, en general, jugar un buen papel en cada
una de ellas.
Miguel Contreras, desde la dirección de la Federación Obrera Cordobesa,
va al encuentro del movimiento juvenil de la Reforma y contribuye a fundar una
consigna que aún resuena: Obreros y estudiantes, unidos y adelante. El
comunista Albino Argüelles es junto con el gallego Soto, de inspiración
anarquista, organizador y dirigente de las huelgas de la Patagonia Rebelde,
que serán aplastadas por la represión militar asentida por el
gobierno radical de Irigoyen. Argüelles fue fusilado por un oficial de
apellido Anaya. Marcos Kaner, uno de los anarquistas que más aportó
a organizar los mensúes de La Forestal en el Chaco Santafesino, organizador
de huelgas y rebeliones populares en todo el noreste argentino -que llegó
a dirigir el copamiento de la ciudad paraguaya de Encarnación como parte
de un plan para tomar el poder- se afilió más tarde al Partido
Comunista.
4.4. La estrategia del frente
democrático nacional
Durante la primera década de vida del partido se suceden los congresos
(ocho en diez años), las discusiones ardorosas, los cambios de dirección
nacional y regional en un proceso de búsquedas que tiene algunos ejes
de debate: la aceptación o no de las veintiuna condiciones exigidas por
la Internacional Comunista para admitirlos como miembros; la adopción
o no de un programa mínimo (una plataforma reivindicativa de emergencia
diríamos hoy) y la actitud hacia las cuestiones institucionales (participación
en las elecciones, etc.), la cuestión de la organización sindical,
el carácter de la revolución necesaria, las fuerzas motrices y
las alianzas posibles.
Sólo la intervención de la Internacional Comunista saldará
los debates y ayudará a la instalación de un grupo como dirigente;
es el encabezado por Victorio Codovilla, Rodolfo y Orestes Ghioldi, Paulino
González Alberdi que, más allá de los cargos formales,
las incorporaciones y desplazamientos o los cambios de roles, mantendrían
la dirección real del partido en sus manos hasta principios de la década
del '80: más de cincuenta años.
La participación de la Internacional se materializa en dos hechos: la
carta enviada en 1925, previa al VIIº Congreso, en que se toma partido
contra los chispistas de Juan Penelón decidiendo la disputa a favor del
grupo encabezado por Victorio Codovilla; y la designación del suizo Droz
al frente del secretariado latinoamericano de la Internacional Comunista en
1928.
Droz impone una visión sobre la revolución latinoamericana, que
es una mala copia de la estrategia diseñada para las colonias europeas
en Asia y el lejano Oriente: frente con las burguesías nacionales para
cumplir tareas de una revolución democrática burguesa desestimando
el pensamiento de los lideres latinoamericanos como el cubano José Antonio
Mella, el chileno Emilio Recabarren, el mismo Victorio Codovilla y especialmente
a José Carlos Mariátegui que es, entre todos ellos, quien más
lejos llega en pensar la revolución americana desde un marxismo creador,
y con cabeza propia.
José Carlos Mariátegui pensaba que el socialismo tenía
raíces propias en las tradiciones colectivistas de los Incas, que las
burguesías nacionales habían nacido cipayas del Imperio y que
la revolución necesaria era una revolución socialista que requería
de partidos revolucionarios capaces de constituir alianzas populares, pero bajo
su hegemonía, no la de proyectos populistas o democrático burgueses.
Bajo el nombre de Tesis antimperialistas mandó esas ideas a la Conferencia
Comunista de Sud América de junio del '28, pero sus propuestas fueron
derrotadas.
Hay un hilo conductor entre el VIII Congreso partidario de 1928 y la Conferencia
Comunista del Cono Sur de junio de 1929: allí se afirma una concepción
de la revolución por etapas, en acuerdo con la burguesía nacional,
con un proceso de acumulación de fuerzas pacífico, con tareas
antiimperialistas y antilatifundistas que permitan completar lo que se estimaba
era un desarrollo capitalista insuficiente (por el peso del latifundio) y deformado
(por la dependencia del imperialismo).
Y lo más grave, una tendencia a que el pensamiento dogmático se
convierta en hegemónico entre nosotros, tal como venía ocurriendo
en el movimiento comunista internacional a la muerte de Lenin y la instalación
de una nueva dirección estratégica encabezada por Stalin, en el
propio partido bolchevique, que había conducido la Revolución
Rusa y orientado la IIIº Internacional. Un pensamiento dogmático
que limitó al marxismo como herramienta teórica, debilitó
la lucha revolucionaria y que se convirtió en nuestro mayor lastre.
4.5. Los gloriosos treinta
A pesar de estas definiciones estratégicas, en lo táctico se abrió
paso un enfoque de clase contra clase impulsada en esos años por la Internacional
Comunista para todo el mundo, que fortalece la tendencia a la proletarización
de los cuadros y permite lo que -acaso- haya sido el momento de mayor inserción
de los comunistas argentinos en la clase obrera: los nombres de Rufino Gómez,
petrolero de Comodoro Rivadavia y jefe de la huelga general de 1934 a pesar
de que el gobierno del Territorio Nacional era Militar; de José Peter,
trabajador de la carne que desde el Swift de Campana primero, y de Berisso después,
construye la Federación Obrera de la Carne que organiza las heroicas
huelgas de 1932, de Vicente Marishi, organizador de la huelga de los trabajadores
de la madera de 1934, y sobre todo el de los líderes de la construcción
que organizan las grandes huelgas de 1935 y 1936 y que ejemplificamos en Pedro
Chiaranti, Guido Fioravanti y los hermanos Rubens y Normando Iscaro; muestran
de un modo incontrastable la penetración de los comunistas en la clase,
pero resuelta de un modo tal que no podrían luego trasladar dicha representación
social al plano de una política revolucionaria.
La cultura del frente democrático nacional era ya un corsé rígido
que impedía crecer a lo revolucionario que siempre habitó nuestro
partido.
Explicar el surgimiento del peronismo como proyecto político hegemónico
entre los trabajadores, a expensas en buena medida de los comunistas y otros
sectores de izquierda, excede largamente la pretensión de estas palabras
introductorias a la historia de los comunistas argentinos.
Solo quisiéramos decir que no alcanza con señalar que el golpe
de 1943 desató una feroz represión contra los comunistas o que
en el seno del GOU (la logia militar a la que pertenecía Juan Domingo
Perón y que ejecuta el golpe) había simpatizantes del fascismo
, que Perón elabora un plan de captación del movimiento sindical
desde una nueva institución estatal, la Secretaría del Trabajo
que discrimina las organizaciones conducidas por la izquierda y favorece a las
que se subordinan al proyecto en gestación; también hay que decir
que el Perón que asume la Presidencia es muy distinto al que comienza
en la Secretaría de Trabajo, que los trabajadores no son una base de
operaciones pasiva a la que se lleva de aquí para allá con demagogia
y sobre todo, que los comunistas pierden sus posiciones dirigentes en la clase,
desde un erróneo internacionalismo, que los llevó a rebajar la
defensa de los intereses obreros en aras de un supuesto frente antifascista
mundial; igual base tuvo la decisión de unirse a radicales, socialistas
y conservadores en la Unión Democrática que enfrentó a
la alianza de radicales, conservadores, militares y empresarios que encabezaba
Perón; porque no se trataba de votar a uno u otro sino de construir una
alternativa política revolucionaria, pero esa opción estaba descartada
desde la visión del frente democrático nacional adoptada tantos
años antes.
4.6. La larga acumulación de fuerzas
El 29 de mayo de 1969, convocados por un llamado conjunto de las dos regionales
de la C.G.T. de Córdoba (una de ellas dirigida por Agustín Tosco)
los trabajadores, los estudiantes, las mujeres y los habitantes de las barriadas
populares salen a la calle y toman la ciudad por algunas horas en una jornada
que quedó en la historia con nombre propio: el Córdobazo. De allí
en más los azos se repetirían por toda la geografía nacional,
y en creciente nivel de protagonismo. A su influjo crecerían todos los
proyectos políticos transformadores: el del peronismo revolucionario
referenciado en Montoneros, el de la lucha armada del P.R.T./ E.R.P. , también
el del Partido Comunista y muchos más, que de uno u otro modo, soñaban
con lo que en aquellos años se simbolizaba en la juventud se une por
la Patria Socialista.
Pero el Córdobazo, como cualquier acontecimiento histórico, no
se puede explicar por sí mismo sino por una conjunción de procesos
que lo posibilitan.
Por un lado fue el resultado de un proceso de acumulación de fuerzas
de los proyectos políticos revolucionarios, cuyo punto de partida mediato
se puede ubicar en la Resistencia al golpe gorila de 1955, que transcurrió
por los planes de lucha de la CGT. y las movilizaciones antimperialistas de
comienzos de los '60; que creció en las primeras luchas contra el Golpe
del 28 de junio de 1966, el golpe de Onganía, al que el Partido Comunista
denunció como al servicio de los monopolios y convocó a derrotarlo
con un argentinazo, mientras buscaba el famoso frente democrático nacional
con los sectores progresistas del radicalismo y el peronismo, formando el Encuentro
Nacional de los Argentinos (1971) cuyo lema El pueblo unido jamás será
vencido, se convirtió en bandera de combate en toda América Latina..
Un proceso que se vio estimulado por la influencia que tuvieron en toda América
Latina los sucesos habidos el 1º de enero de 1959 en Cuba. La entrada victoriosa
de Fidel, Camilo y el Che a la ciudad de La Habana, dando inicio a la primera
revolución socialista en el hemisferio occidental, rompía con
una serie de verdades indiscutibles de la política latinoamericana, empezando
por aquella que decía que no se podía vencer al imperialismo tan
cerca de la metrópoli y siguiendo por la que establecía que no
se podía enfrentar un Ejército Regular hasta el momento definitivo
de la lucha por el poder.
Y por eso, el Córdobazo, y lo que luego vino, es incomprensible si no
se lo piensa como parte de un movimiento latinoamericano y mundial, que tuvo
en el Mayo Francés de 1968 y en la propia guerrilla del Che en Bolivia
puntos de referencia indispensables. Eran los años de la victoria de
Vietnam sobre el imperialismo yanqui, cuando sus mismos dirigentes pensaban
que estaban perdiendo la batalla por el futuro.
Al influjo de esta oleada revolucionaria mundial, y por las grietas que dejaba
una política comunista que se mantenía fiel a aquella cultura
política reformista del frente democrático nacional impuesta en
el '28, fueron surgiendo nuevas fuerzas de izquierda al interior del peronismo
y al interior de la cultura marxista.
La lista de organizaciones sería interminable por lo que hemos optado
por simbolizarlas en dos: Montoneros y el P.R.T./E.R.P. por su desarrollo y
el impacto de sus acciones en el escenario político, sobre todo luego
del Córdobazo. Gracias a ellas, una nueva generación de revolucionarios
se incorporó a la lucha y, junto -aunque no unidos- a las antiguas organizaciones
de izquierda (empezando por el Partido Comunista) estuvieron a punto de alcanzar
la victoria.
A punto, pero no lo lograron.
4.7. La estrategia del genocidio
Igual que había hecho en 1912 con Roque Sáenz Peña, cuando
la burguesía vio el ascenso de la lucha popular (y esta vez era por cambios
revolucionarios), lo primero que hizo fue apelar al viejo truco de intentar
asimilarlas por el camino electoral. Así nació el Gran Acuerdo
Nacional y el operativo de retorno de Perón (exiliado en la España
de Franco por más de quince años), que desembocó en las
elecciones, aunque -igual que en 1916- con un ganador no querido por el poder.
Los comunistas primero resistieron la maniobra, pero luego intentaron vencer
la legislación anticomunista incorporándose a la Alianza Popular
Revolucionaria que encabezaba el Partido Intransigente de Oscar Alende obteniendo
dos diputados nacionales.
Las elecciones las ganó el peronismo más cercano a la izquierda,
pero rápidamente la derecha recuperó la iniciativa. El 20 de junio
de 1973, día del retorno de Perón, se organizó una provocación
gigantesca que terminó con decenas de muertos, y un clima de terror que
luego siguió creciendo. Aunque aferrados a su política de frente
democrático nacional, los comunistas aportaron a todas las iniciativas
de movilización popular pero sin contribuir al agrupamiento de la izquierda
que hubiera podido disputar la dirección del movimiento de otro modo.
Acaso, la excepción haya sido la formación de la Coordinadora
de Juventudes Políticas Argentinas que articulaba a buena parte de esa
generación revolucionarizada (a excepción del P.R.T./E.R.P.) y
que generó movilizaciones gigantescas, como la de repudio al golpe chileno
de Pinochet contra la Unidad Popular de Salvador Allende, en setiembre de 1973.
El imperialismo, asustado por la pujanza de esa segunda oleada revolucionaria
(la primera había sido la provocada por el triunfo de la Revolución
Cubana en 1959) que se afirmaba en Sud América (el Chile de la Unidad
Popular de Salvador Allende, el Uruguay de los Tupamaros y el Frente Amplio,
y en nuestro propio país) organiza el terrorismo de Estado en escala
continental y empieza a preparar una seguidilla de golpes de estado.
La dictadura surgida del golpe del 24 de marzo de 1976 puso en marcha un complejo
proceso de transformaciones que superan en mucho el aspecto represivo conocido
por sus 30.000 desaparecidos y sus centenares de miles de presos, perseguidos,
exiliados, cesanteados de sus trabajos, etc.. También cambió integralmente
el país, mediante la mayor reestructuración capitalista jamás
habida entre nosotros.
La democracia restringida que sufrimos, el ajuste perpetuo que comenzó
con Martínez de Hoz y hoy continúa Duhalde, la transformación
cultural que antes que nada implicó la coptación para el sistema
de dominación de casi todas las herramientas políticas y sociales
creadas en más de cien años por nuestro pueblo empezando por el
peronismo, el radicalismo, la F.U.A. y la C.G.T., tienen su momento fundacional
en la dictadura militar de Videla y Cía.
4.8. El viraje iniciado en el
XVI Congreso
En noviembre de 1986, en su XVI Congreso, el Partido Comunista dio comienzo
al proceso de autocrítica y reformulación de su política
que se conoce como el viraje del partido: un conjunto de cambios que -en su
conjunto- llevaron a un cambio de estrategia, de concepción organizativa,
de actitud hacia la teoría revolucionaria y hacia el compromiso militante
personal.
Un Viraje imprescindible del reformismo a la revolución, para recuperar
la esencia fundacional de luchar por el poder, pero sobre todo para ser más
eficaces en la lucha política, que lejos de hacerse más fácil
y transparente, se hizo más compleja con el retorno de las instituciones
constitucionales a pesar -o mejor dicho- gracias al discurso alfonsinista del
supuesto tránsito a la democracia.
La discusión comenzó por el análisis autocrítico
de los errores cometidos en la caracterización de la Dictadura de Videla,
errores de sobrevaloración de supuestas diferencias internas en el modo
de reprimir al movimiento revolucionario, que limitaron la capitalización
política del enorme esfuerzo militante desplegado en esos años
por los comunistas, incluida la cuota de presos, perseguidos, asesinados y desaparecidos
que pagamos.
A esos errores se les caracterizó como fruto de una desviación
oportunista de derecha y para encontrar sus raíces nos decidimos a repensar
otros períodos históricos (el 17 de Octubre del '45 y el surgimiento
del peronismo, la ofensiva popular de los '70 y el rol de las otras fuerzas
de izquierda, etc.) y de allí al modo de practicar el marxismo que habíamos
tenido.
La decisión que posibilitó el viraje fue la de abandonar la cultura
del frente democrático nacional, fruto y fuente del continuo reciclamiento
del reformismo, labor en la que aún estamos empeñados.
En este proceso fuimos reencontrándonos con el pensamiento del Che Guevara
y con todas las fuerzas revolucionarias latinoamericanas y caribeñas
que por entonces estaban en plena ofensiva en Nicaragua y El Salvador.
Con estos procesos nos comprometimos hasta el sacrificio de uno de los primeros
mártires del viraje, el joven comunista Marcelo Feito, muerto en combate
en Chalatenango, El Salvador, el 16 de setiembre de 1987.
Con el Che comenzamos un dialogo creador que alumbró una larga serie
de Seminarios latinoamericanos, ayudándonos a comprender los nuevos tiempos,
contribuyendo, en mucho, al surgimiento de un nuevo modo de articulación
de las fuerzas revolucionarias.
A pesar de todos los dolores que trae una mirada tan exigente como la que dimos
a nuestra historia, el viraje nos permitió construir colectivamente un
balance conceptual de cien años de lucha revolucionaria en la Argentina,
y éste, a la convicción de que la tarea pendiente era crear una
izquierda plural revolucionaria y de masas, con la fuerza suficiente como para
instalarse como una alternativa verdadera ante el poder.
Y que para lograrlo era, imprescindible, superar la división de la izquierda
y plantar una estrategia de construcción de poder popular que permitiera
la autonomía de las organizaciones populares en todos los terrenos de
la lucha de clases, empezando por el de la política y llegando al de
la confrontación abierta.
Los diez años de lucha contra el menemismo, volvieron a confirmar que
no alcanza con resistir si no se crea alternativa política desde una
estrategia de poder popular.
Volvió a ocurrir como en la lucha contra la dictadura, en que, a pesar
de que la izquierda fue la que más luchó, fue Alfonsín
el que acumuló en política; o como con las luchas contra la claudicación
radical ante los genocidas y el F.M.I., que capitalizó Menem.
Otra vez consumaron la alternancia de los iguales con nueva máscara;
y la Alianza de radicales y progresistas del Frepaso llegó al gobierno.
Izquierda Unida, fundada en 1988 y relanzada en 1997, materializa el enfoque
de unidad de las izquierdas en que se basa esta estrategia de construcción
de alternativa política, el éxito obtenido en las elecciones de
octubre del 2001 y los amplios espacios de acumulación para la izquierda
que libera la Rebelión Popular de Diciembre, confirman la vitalidad de
una causa que los comunistas seguimos sosteniendo, más allá de
cualquier otra consideración, porque para terminar con el sufrimiento
popular es más necesario que nunca abolir el sistema de explotación
y dominación capitalista contra el que se alzaron aquellos primeros marxistas
de fin del siglo XIX en que reconocemos nuestros orígenes.