El hilo y la soga
escribe Jorge A. Kreyness

Es verdad que entre los presidentes de Venezuela, Brasil y Argentina se han tejido hilos comunes. Precisamente esta nota es escrita en las vísperas del encuentro que los tres prevén realizar en Montevideo, aprovechando la común asistencia a las ceremonias de asunción de Tabaré Vázquez en Uruguay, quien bien podría ser un cuarto en concordancia.
Otro de los invitados a la Banda Oriental es Fidel Castro, con quien Hugo Chávez mantiene una relación personal de alto voltaje. Lula, a su vez, sostiene con el jefe de Estado cubano un vínculo importante. Y Tabaré anunció como una de sus primeras medidas de gobierno la reapertura de las relaciones diplomáticas con Cuba. Kirchner se encuentra bastante más distante del mítico dirigente comunista isleño, habiendo incluso ejercido presión sobre Cuba en el marco de la línea de Washington sobre los "derechos humanos".
Pero los hilos comunes entre Miraflores, el Planalto y la Casa Rosada existen y es necesario analizarlos. Desde ya que hay lógicos intereses comunes de economías naturalmente complementarias: la potencialidad económica brasileña, una de las diez mayores potencias mundiales; la fortaleza petrolera venezolana, hoy beneficiada por el aumento del precio del barril; y la gran producción alimentaria argentina.
Además, las burguesías locales de cada uno de estos países ven con preocupación un avance del "libre comercio" con los EEUU en los marcos del ALCA y, sin confrontarlo, atinan a consultarse y a implementar convenios de cooperación dentro y fuera del MERCOSUR y del Pacto Andino.
Pero conviene no hacer simplificaciones y no confundir un hilo con una soga, especialmente si profundizamos sobre la situación interna de cada uno de los países.
Chávez surgió a la luz como un líder militar rebelado contra un poder político corrupto que, a diferencia de sus colegas de la región no se apoya en las instrucciones pentagonianas, sino en un enfoque nacional. Su liderazgo ha crecido y ha sido palanca para la ciudadanización de millones de pobres que estaban excluidos de la política. Transcurre en su país lo que se denomina Revolución Bolivariana, que se va pronunciando a izquierda cada vez más, llegando Chávez a definirse por el socialismo dado que "con el capitalismo se hacen imposibles la democracia y la justicia social".
El caso de Lula es distinto: se trata del dirigente sindical de una clase obrera ascendente como producto del proceso industrializador vivido en Brasil, que crece políticamente hasta fundar el Partido de los Trabajadores, una impresionante construcción de izquierda plural. En aras de alcanzar el gobierno, el primer obrero metalúrgico ungido presidente realiza fuertes concesiones y alianzas que conducen a una modificación del programa originario del PT, en un proceso que muchos de sus propios compañeros consideran una traición, aunque muchos otros, los más, guardan en un rincón un hálito de esperanza.
Kirchner, en cambio, pertenece al Partido Justicialista, uno de los pilares políticos del orden capitalista en la Argentina. Llegó al gobierno tras un acuerdo con Eduardo Duhalde, uno de los caudillos tradicionales del peronismo, que buscó completar con él, el salvataje del sistema que había entrado en crisis política. El hombre de la Patagonia se autoproclama pingüino, pero se parece más al tero, porque su discurso crítico para con el FMI y de factura progre, apuntado a construir un consenso ante la crisis del neoliberalismo y a las consecuencias de la rebelión popular del 19 y 20 de Diciembre de 2001, no tiene correlato con la realidad: nunca hubo tanta pobreza ni polaridad social, ni nunca se pagó tanta deuda externa como ahora en la Argentina, nunca desde la reparación constitucional hubo tantos presos y procesados políticos, para dar sólo unos datos de la situación real. Cómo vemos, las realidades como los desarrollos, son desiguales. Y es caprichoso unir estos procesos más de la cuenta.
Pero no conviene terminar esta nota sin hacer una consideración: el fin del apogeo neoliberal ha puesto de moda una nueva doctrina dentro del ideario de las clases dominantes: la Tercera Vía. Se trata de la búsqueda de una reasignación de funciones entre el Estado y el mercado apuntada a asegurar la continuidad del dominio de los monopolios sobre el conjunto de la sociedad, cuyas consecuencias no pueden ser distintas a la del neoliberalismo, aunque formalmente se lo cuestione.
Es contra estos enfoques que corresponde dar una pelea ideológica fundamental en este momento, dado que es el carril por donde transitan los principales peligros y limitaciones para los procesos de cambio que anidan profundamente en las sociedades latinoamericanas. Si observamos con atención los procesos políticos que hemos descrito brevemente, veremos que donde mayor influencia tiene la Tercera Vía, menos se desarrollan los cambios que los pueblos necesitan.-

2 de marzo de 2005

Artìculo publicado en la revista 30 días.