Documento de convocatoria al 23 Congreso del Partido Comunista
La alternativa politica del campo popular

En sus sesiones del 6 y 7 de agosto, el Comité Central debatio y aprobó la convocatoria al 23º Congreso partidario. El eje de la discusión: la construcción de la fuerza política alternativa. El Partido Comunista es una fuerza política de larga trayectoria en la historia nacional. Pertenecemos a una tradición política nacida a finales del siglo 19º, que aportó a las luchas obreras y populares durante todo el siglo 20 y nos proponemos hacer de los primeros años del siglo 21, tiempos de construcción de lo que nunca tuvimos en la lucha de clases y más nos afectó al momento de capitalizar tanto esfuerzo: una fuerza política alternativa verdadera y con sustento popular, capaz de superar la dispersión del campo popular y de impedir la más perversa de las impunidades, aquella que permite a los dueños del poder reciclarse una y otra vez. Queremos proponer que ésta, la cuestión de la estrategia y la táctica de la construcción de alternativa política, sea el eje articulador de todos nuestros debates, de los esfuerzos que hagamos en estos meses para avanzar en la acción política y de las decisiones que tomemos en nuestro 23º Congreso. Al proponer esta orientación, somos conscientes de que no es la primera vez que lo hacemos, pero al balancear estos años (no sólo el período que viene del anterior congreso en noviembre de 2001, sino una mirada que abarca desde el 16 Congreso de noviembre de 1986, y ya son 18 años...) junto con la valoración necesaria y justa del sacrificio militante que los comunistas hemos hecho, debemos asumir que nuestros esfuerzos no han fructificado y que la ausencia de alternativa política sigue siendo la debilidad principal del sujeto pueblo, que sufre todas las agresiones que le propina el capitalismo y que las sufre doblemente por la impunidad de que gozan los que detentan el poder ante la ausencia de una fuerza política capaz de provocarle daño a su sistema de dominación. Más allá de todo, ha sido esta carencia la razón principal que les permitió superar situaciones muy graves, como la última de diciembre de 2001; por ello, discutir la cuestión de la construcción de alternativa no es para nada una cuestión interna o de «ajuste de cuentas» entre dirigentes de izquierda, debería ser el primer punto de la agenda del movimiento popular, de los piqueteros, de los activistas sindicales clasistas, de todos y todas los compañeros de izquierda, en su más variada pluralidad.

ORIGENES

Nos sentimos continuadores de todas las acciones de resistencia al colonialismo español, desde las luchas de los pueblos originarios hasta la de quienes a principios del siglo 19 consiguieron derrotarlo uniendo sus esfuerzos a los que desde el Río Grande hasta el Río de la Plata lucharon por la Primera Independencia de Nuestra América, proceso que fuera frustrado rápidamente por los dueños de la tierra y los grandes comerciantes quienes, desde entonces aliados a la potencia imperial de la época, Gran Bretaña, liquidaron el sueño de Bolívar y San Martín de una Patria Grande y pusieron en marcha un capitalismo integrado de un modo subordinado al mercado mundial y las potencias hegemónicas originando la necesidad -cada vez más imperiosa- de aquello que el Che llamaba la Segunda y Definitiva Independencia Nacional por la cual seguimos luchando. Nos reconocemos herederos de aquellos criollos e inmigrantes que en 1890, con motivo de la celebración por vez primera en el mundo del 1º de Mayo como jornada internacionalista de lucha, constituyeron una comisión organizadora donde confluyeron grupos socialistas y sindicales dando nacimiento a la tradición comunista. De ese primer esfuerzo fructificarían luego el periódico La Vanguardia (1894) y el Partido Socialista (1896), a cuyo interior pronto se desplegaron los debates que sacudieron a todo el movimiento obrero y socialista entre reformistas y revolucionarios. Las diferencias se potenciaron con la Primera Guerra Mundial y el triunfo de la Revolución Rusa, la primera revolución socialista, que más allá de sus avatares y triste final, quedará en la historia de la humanidad como uno de los momentos cumbres del largo camino de la humanidad hacia una vida mejor; tal como se recuerda la gesta de Espartaco o la sublevación de Túpac Amaru, a pesar de haber sido en su momento derrotados. De aquellos debates y disensos, el 6 de enero de 1918 se fundó el Partido Socialista Internacionalista, que en 1920 asumió el nombre actual de Partido Comunista.

LA CULTURA DEL FRENTE DEMOCRATICO NACIONAL
Durante una década se sucedieron debates y búsquedas hasta que en 1928, en el 8º Congreso partidario, se adoptó un enfoque estratégico completo, el de la revolución democrática burguesa que, en líneas generales, se mantuvo en la práctica política casi hasta el 16 Congreso de 1986 a pesar de las sucesivas correcciones al discurso que se hicieron (revolución «con vistas al socialismo», hegemonía de la clase obrera en el frente de liberación nacional y social, etcétera). La limitación básica de dicho proyecto era suponer que la Argentina no era un país capitalista «normal», que sufría de la dependencia del imperialismo y de las deformaciones de supuestas rémoras feudales. La idea de «completar» el desarrollo capitalista, para luego pasar a la etapa de lucha por el socialismo, mediante un frente democrático nacional basado en la alianza obrera campesina y con participación de la burguesía nacional, no sólo dificultó la eficacia política de una militancia revolucionaria sacrificada y generosa en la entrega a la lucha, también generó una verdadera cultura política que se desparramó por buena parte de la izquierda argentina, siendo asimilada no pocas veces por el «progresismo» histórico, funcional al peronismo o al radicalismo. Ya sea por los aciertos de la burguesía, que desde muy temprano se enlazó con el poder imperial hegemónico de entonces, el británico, y asimiló su experiencia política proverbial; ya sea por los límites o errores de nuestro lado, el bloque de poder ha tenido capacidad hasta ahora de superar los momentos de crisis política y económica, relanzando una y otra vez el capitalismo argentino por distintos caminos: el irigoyenismo en 1916, para aprovechar la reforma electoral de 1912 (Ley Sáenz Peña) y asimilar al bloque de poder a una fracción de la burguesía urbana, sofocando las luchas obreras con represión militar: Patagonia Rebelde, Semana Trágica, etcétera; el peronismo en 1945, surgido con el claro propósito de impedir el crecimiento de las fuerzas de izquierda y antifascistas que habían resistido el golpe del ´43, y así como el irigoyenismo había significado la ciudadanía política de los argentinos varones, el peronismo representó la ciudadanía económica y social de millones de viejos y nuevos componentes de la clase obrera, en una iniciativa política de ampliación del mercado interno con subsidio estatal que relanzó el capitalismo argentino y dejó a la izquierda casi sin base social por décadas (con consecuencias en el deterioro del enfoque del poder, cuyas secuelas aún sufrimos); a finales de los 60, la falta de unidad de las fuerzas revolucionarias impidió aprovechar a pleno la oportunidad abierta por el Córdobazo y el ciclo de luchas populares que amenazaron al poder y llevaron a la burguesía a cometer el genocidio que todavía sufrimos.

EL VIRAJE DEL 16º CONGRESO
Fue al finalizar la dictadura militar que comenzó a gestarse el viraje del Partido Comunista legitimado en el 16 Congreso de noviembre de 1986 inspirado tanto en la reflexión sobre las oportunidades perdidas como por los cambios en la política nacional que ya se hacían evidentes en el hecho inesperado de que fueran los radicales quienes cumplieran el mandato neoliberal de pagar la deuda externa y ajustar al pueblo; por el lado internacional estábamos fuertemente impactados por los avances de la Revolución Sandinista en Nicaragua y los éxitos del Farabundo Martí en El Salvador, así como preocupados por el estancamiento más que evidente del socialismo soviético y el Este europeo. Así fue, que el 16 Congreso sistematizó un conjunto de reflexiones críticas y autocríticas sobre años de lucha popular con un sentido de aprendizaje y dio fuerza de línea a un conjunto de prácticas políticas de nuevo tipo realizadas en esos años (el retiro de la Plaza de Mayo cuando Alfonsín lanzó la economía de guerra, el rechazo al Plan Austral, la formación del Frente del Pueblo con fuerzas de izquierda que incluían al MAS -de origen trotskista- y otras de la izquierda peronista, el acto de homenaje al Che en Rosario y las brigadas internacionalistas a Nicaragua y El Salvador, etcétera) que nos llevaron a un replanteo global de nuestro proyecto político. El viraje político fue ratificado y precisado en los sucesivos congresos: en el 17 Congreso partidario de noviembre de 1991, que rechazó la propuesta de autodisolución de los que se plegaron al «nuevo pensamiento gorbachoviano» y avanzó en la comprensión de la realidad nacional al profundizar todos los temas relacionados con la crisis de alternativa y del propio movimiento popular «tradicional»: CGT., FUA., etcétera; en el 19 Congreso de noviembre de 1995, que resistió la cooptación que el chachismo realizó hacia una parte de nuestra fuerza y se detuvo en la relación necesaria entre fuerza propia de las izquierdas, y de ahí lo imperioso de su unidad, y la posibilidad de direccionar correctamente amplios agrupamientos antineoliberales y antimperialistas y en el 21 Congreso comunista de noviembre de 2000, que se propuso sistematizar la experiencia de la lucha contra el menemismo y de la construcción de la segunda Izquierda Unida (desde 1997) y alertó sobre la necesidad de apurar el paso en la construcción de alternativa, previendo la oportunidad que se nos presentaría en diciembre de 2001. Ese llamado, casi dramático, a la unidad de las izquierdas, se repitió en el acto de homenaje al 85º aniversario realizado a comienzos del 2003, pero no tuvimos la fuerza o no supimos concretarlo y la dispersión (como veremos más adelante) de la izquierda y la ausencia de alternativa política fue clave en que la burguesía encontrara salida a su laberinto de gobernabilidad deteriorada en diciembre de 2001.

NUESTRA OPCION POR EL SOCIALISMO
Nuestro proyecto político tiene un punto de partida contundente: la crisis que sufre el pueblo argentino es consecuencia del capitalismo; es en realidad, la crisis del capitalismo argentino que fracasado en los sucesivos esfuerzos de relanzamiento (los modelos agroexportador de la Generación del 80, el peronista de relativa distribución, el desarrollismo de Frondizi, el neoliberal de Videla, Alfonsín, Menem, De la Rúa y Duhalde, ha entrado en una etapa de decadencia que se puede medir en los índices de pobreza, de analfabetismo o mortalidad infantil tanto como en el grado alto de espíritu colonial y corrupción mafiosa que anida en las élites dirigentes de la burguesía. El capitalismo ha fracasado históricamente en la Argentina y no puede garantizar ni la supervivencia digna de la mayoría del pueblo. Para superar esta crisis del capitalismo es necesario una revolución socialista de liberación nacional, una revolución que resuelva al mismo tiempo la ruptura de los lazos de subordinación hacia el imperialismo yanqui y practique una verdadera redistribución de la riqueza hasta terminar con la indigencia y la pobreza, la desocupación y la precarización del trabajo; redistribución de la riqueza que para ser tal deberá afectar la propiedad de los grupos más concentrados y trasnacionalizados del capitalismo argentino. Y que para lograrla será necesario el más alto protagonismo popular, organizado desde ya en un proceso de creación de poder popular, de gestación de un movimiento popular realmente autónomo del poder y la compleja red de relaciones e instituciones de dominación política, hegemonía cultural y control social. Luchamos por el socialismo, y pensamos que el socialismo debe ser un modo de organizar la vida de los hombres y las mujeres de manera antagónica al modo en que lo hace el capitalismo; como el comienzo de un largo proceso de sucesivos cambios revolucionarios que nos lleven a alcanzar nuestro objetivo final del comunismo, una sociedad sin explotadores ni dominados. Una sociedad libre de hombres y mujeres libremente asociados. Luchamos por un socialismo que como quería el Che no sólo resuelva una mejor forma de distribuir la riqueza, sino que sea el primer paso en la construcción de una nueva civilización donde el hombre nuevo sea el protagonista de la nueva historia. Un socialismo que se libere de las incrustaciones estatalistas, productivistas, autoritarias y dogmáticas que lo castraron como propuesta revolucionaria en el siglo 20. Un socialismo, y ya lo decía José Carlos Mariátegui en 1929, que no sea ni calco ni copia sino creación heroica de los pueblos. Para avanzar hacia nuestro objetivo socialista nos damos una estrategia que es la de construir poder popular, capacidad del sujeto pueblo (conjunto de clases sociales subalternas y de sectores de modo tal que el sujeto pueblo incluya a todos los sectores agredidos por el capitalismo neoliberal) de romper todos los mecanismos de dominación y control social por el camino de la organización y el desarrollo de una cultura alternativa de rebeldía y solidaridad. Nuestra estrategia de poder popular tiene una dimensión territorial, pero no sólo. Tiene una dimensión cultural, pero tampoco se limita a ello. Construir poder popular implica ganar la hegemonía de un movimiento popular renovado, basado en una lógica distinta de la que sostuvo la CGT durante décadas, la lógica de golpear para negociar mejor; aspiramos a un movimiento popular que confronte con las políticas del sistema, que las resista y las derrote, un movimiento popular que vaya gestando su propia capacidad económica y comunicacional. Pero que, sobre todo, construya autonomía en el plano de la política: Poder popular es sinónimo de apoderamiento de un proyecto revolucionario por parte del sujeto social, y por ello la dimensión cultural de la batalla es decisiva. Para convertirse en sujeto político, para autoconstituirse en un nuevo bloque popular de poder, deberá estar organizado con la forma de un frente de liberación nacional y social e integrado por fuerzas políticas y organizaciones sociales. Un frente que sea capaz de gestar un nuevo bloque histórico en la Argentina, no hegemonizado ya ni por los radicales, ni por los peronistas, ni por ninguna fuerza del mismo tenor, sino por la unidad de las izquierdas de origen marxista, junto a las de la tradición nacional y popular tanto como las provenientes de la teología de la liberación, articuladas entre sí y con todas las fuerzas antimperialistas, democráticas y patriotas que se dispongan a la tarea de liberar el país del capitalismo opresor. El capitalismo ha fracasado en casi todo, menos en construir hegemonía cultural En alguna medida el 16 Congreso tuvo capacidad de anticipación al derrumbe del campo socialista, y en ese sentido fue la mejor iniciativa preventiva que pudiéramos haber tenido, pero hay que decir que fue un congreso tardío. ¡Qué bueno hubiera sido que todas las fuerzas de izquierda hubiéramos hecho nuestro 16 Congreso en los finales de los 60!. Pero no fue así, y cuando nosotros iniciamos el viraje lo hicimos a contrapelo del movimiento general de la sociedad argentina (pleno apogeo del posibilismo alfonsinista) y mundial (en vísperas de la gran derrota estratégica de la URSS, pero también de la frustración de la Revolución Nicaraguense y de la esperanza en triunfos revolucionarios en El Salvador y Guatemala. Por eso, al luchar por hacerlo realidad, lo primero que descubrimos es que la principal característica del modelo neoliberal no era su perversidad económica sino su capacidad de dominación cultural. No se cooptaba a uno que otro militante, sino a organizaciones enteras (pensemos en el que era el partido comunista más grande de occidente: el PC italiano o el Partido Socialista Chileno) y hasta a revoluciones mismas. El fin del socialismo real no vino como consecuencia de una guerra formal, sino de la capacidad de occidente de convencer a una población, despolitizada, sin protagonismo real en los asuntos públicos del socialismo, de que su modelo de vida (el consumismo, el egoísmo, las elecciones pluripartidistas, la «libertad» de prensa, etcétera) era mejor que el en que ellos vivían, identificado con el «socialismo real». No por casualidad, allí donde más se había avanzado en el plano de gestar una nueva cultura, mejor se resistió y se resiste la agresión contrarrevolucionaria: la Cuba del Che y de Fidel. Y eso también era en la Argentina, donde la combinación de una prestigiosa intelectualidad orgánica del neoliberalismo, cuya voz era amplificada por la más formidable red de dominación comunicacional, con partidos políticos de antigua raigambre populista o liberal-democráticos que asumían el nuevo credo con la fuerza de los conversos, en un accionar combinado o cooptando lo fundamental del viejo modelo de organización sindical, social y popular. Desde esa fortaleza político-cultural fue que crearon las condiciones para conquistar el consenso de masas que tuvo en su momento el neoliberalismo y la restricción de la democracia, legitimados ambos en la reforma constitucional de 1994, ya con el aval de una parte sustancial del «progresismo». Fue en la lucha contra el menemismo que profundizamos en la comprensión de la paradoja de la dominación cultural: se construyó desde un acto «extra cultural», el genocidio y la transformación de la estructura social argentina, y se consolidó desde la política y será allí, en el espacio de la lucha política donde se podrá modificar el sentido común de millones de víctimas sociales y políticas del capitalismo que siguen pensando como «ellos» quieren. Cien años atrás, Lenin reflexionaba sobre las dificultades de pasar de ser «clase en sí», definido por su situación en la sociedad y su lugar en el sistema de relaciones sociales, a ser una «clase para sí», con conciencia de sus intereses y claridad sobre la forma de conquistarlos. De pasar de ser agredidos a constituir un bloque popular histórico, de ser un sujeto social a constituirse en un frente de liberación nacional y social. De ser yunque a ser martillo. Por ese camino, avanzamos en una mejor comprensión de la realidad social: había cambiado profundamente la así llamada burguesía nacional, degradada en una burguesía local, subordinada al capital trasnacional y arrinconada en los negocios más sucios como el tráfico de armas, de drogas, de prostitución (incluso infantil); pero también había cambiado la clase obrera, básicamente en el sentido de mayor precarización y heterogeneidad. En las nuevas condiciones del capitalismo global, la lucha por la más elemental reforma se convertía en una gesta durísima, lo que nos llevó a una comprensión actualizada de la dialéctica entre reforma y revolución: programa de cambios reformistas sí, pero con voluntad política y conducta de lucha revolucionaria. De lo contrario, aun los que tuvieran buenas intenciones, naufragarían en las aguas del nuevo mecanismo de dominación mundial tras la desaparición del mundo bipolar y la estructura jurídica internacional que se había generado. La degradación del «progresismo» en el gobierno de la Alianza en la Argentina, o en el gobierno de los socialistas chilenos, confirmó hasta el hartazgo esta previsión teórica. Eso nos llevó a una mirada más realista sobre el peronismo, el radicalismo y las grandes organizaciones de masas por ellos dirigidas, especialmente la CGT y la FUA Desde la nueva hegemonía burguesa, el sector más concentrado, subordinado al imperialismo, financiarizado y mafioso, había transformado a dichas instituciones en instrumentos de aplicación del dogma neoliberal (y esto se hizo bajo el pomposo nombre de la «renovación») ya sea por acción, los que administraban los gobiernos, ya sea por su pasividad en la «oposición», lo que fue generando el verdadero modo de dominación que reemplazó a la dictadura del terrorismo de estado: un cogobierno bipartidista con alternancia de roles, asistido una y otra vez por un «progresismo» degradado al papel de muleta del partido en desgracia y «consentido» con más o menos disgusto por un movimiento popular institucional tradicional que fue alejándose cada vez más de sus bases y que, al perder legitimidad social el modelo que ellos habían avalado, aceleró su crisis de representatividad y legitimidad. De ese modo, fuimos penetrando cada vez más en la indisoluble relación que hay entre la lucha social y la disputa política por ganar la dirección de los movimientos populares y alejarla del alineamiento abierto o el «apoliticismo», que, más allá de algunos ingenuos bien intencionados, es una de las políticas más funcionales al modelo de dominación del capitalismo argentino. Fuimos de los primeros en afirmar que el poder se basaba en un componente cultural y en otro político: para entender la Argentina real, en su contradicción de país rico y pueblo pobre, de crisis capitalista y renovación de los consensos capitalistas, había que pensar la simultaneidad de dos crisis: la de ellos, la del capitalismo y sus dificultades de dominación (van «gastando» una a una herramientas de dominación de larga data: los militares, los radicales, los sindicalistas de la CGT, el peronismo tradicional, etcétera), pero también la nuestra, la de un sujeto social agredido salvajemente, pero desprovisto de los instrumentos sociales y políticos para defenderse. Expropiado de sus organizaciones históricas, que fueron puestas al servicio del bloque de poder de un modo insolente, la impunidad de los administradores de la crisis se hizo más evidente y sólida. El 16 Congreso se esmeró en recuperar la voluntad de poder y rearticular la militancia de los comunistas en un eje claro: construir alternativa política desde la unidad de las izquierdas.

LOS CAMINOS DE LA UNIDAD
Como ya dijimos, la construcción de unidad de las izquierdas, comenzó antes y en parte posibilitó el 16 Congreso. El Frente del Pueblo (1986/1987) se debilitó y desarticuló por la presión de la «renovación peronista» sobre los grupos de izquierda peronista y por la postura del Movimiento al Socialismo que «Alfonsín es Kerensky», que venía una etapa de lucha abierta por el poder y que para jugar su papel de vanguardia, autoproclamada, debían alejarse de los comunistas y sus aliados. Fue por entonces que realizamos propuestas de la más amplia unidad, incluso apoyamos la búsqueda de agrupar fuerzas tras la candidatura de Ricardo Molinas e impulsamos un diario, Sur, cuyo director era Luis Eduardo Duhalde, concebido para impulsar la unidad. Junto con buena parte de las agrupaciones peronistas y otros grupos de izquierda realizamos un acuerdo electoral con el Partido Humanista que se presentó como Frente Amplio de Liberación (1987) que continúo luego de las elecciones, aunque sin la participación del Partido Humanista. En esos años, el Partido Intransigente de la provincia de Santa Fe, encabezado por Lisandro Viale, se incorporó al Fral y arrastró un sector de aquel partido de todo el país. En el Fral participaban un conjunto de fuerzas de izquierda y desprendimientos de los partidos tradicionales: el Partido de la Liberación, el Movimiento los de Abajo dirigido por Luis Bilbao, el Radicalismo de Liberación de Carlos Vicente de Córdoba, la Corriente Patria Libre, el Movimiento 26 de Julio del Negro Soarez y otros grupos. Fue desde el Fral que se impulsó la constitución en 1988 de la primera Izquierda Unida, que generó las primeras internas abiertas en el país para decidir las candidaturas con el protagonismo de la militancia, la Plaza del NO contra el plan de Menem el 1º de Mayo de 1990 y otras iniciativas, pero otra vez el Movimiento al Socialismo rompió los acuerdos convencido de que el desplome del socialismo real era una «revolución democrática popular de relanzamiento de la revolución», «y que era la hora del pasaje de la conducción mundial de los «stalinistas» a los «trotskistas», pronóstico que dañó Izquierda Unida, a nuestro partido y su viraje, y también a ellos mismos que entraron en un proceso de divisiones que parecería no terminar nunca. Aquel resultó uno de los momentos más difíciles para los revolucionarios de todas las épocas en la Argentina: euforia neoliberal con Menem y en el mundo el triunfalismo burgués por el triunfo en la Guerra Fría y la aparente «derrota total» de la causa comunista. En aquellos días difíciles, junto a otros partidos comunistas latinoamericanos, firmamos el documento de los cinco secretarios generales en el que sosteníamos que la esperanza revolucionaria radicaba en la región latinoamericana (conocido como la Carta de los Cinco) y proponíamos una lectura más compleja de la realidad que el simple (aunque comprensible) lamento por la caída del Muro, que una lectura verdadera del proceso mundial debería llevarnos a pensar dos crisis simultáneas: la del socialismo real en proceso de desaparición, sí; pero también la del capitalismo, que aparecía oculta entonces y que no tardaría mucho en desplegarse con furia. Y que las razones para luchar contra el capitalismo, por el socialismo, seguían vigentes entonces, y ahora, agregamos hoy. Buscando salir del aislamiento impulsamos la formación del Frente del Sur, en apoyo de la candidatura del compañero Pino Solanas, en conjunto con otras fuerzas de izquierda al comienzo (el Partido Comunista Revolucionario entre otras). El Frente del Sur (’92) participó de las elecciones legislativas y luego se alió a sectores «progresistas» en el Frente Grande, bajo un programa de clara definición antineoliberal. En diciembre de 1993, en los mismos días de las puebladas regionales, el Riojanazo y el Santiagazo, se firmó el Pacto de Olivos que posibilitó la reelección de Menem y destruyó la credibilidad en el radicalismo. Ante el Frente Grande se abrieron enormes posibilidades y operaron todas las fuerzas del imperio y el bloque de poder para cooptar al grupo de dirigentes encabezados por Chacho y Meijide, que primero echaron a los comunistas y luego a todo aquel que se opusiera a la loca carrera hacia la derecha que los llevaría a compartir la Alianza con la UCR y el gobierno con De la Rúa. Por nuestra parte, sumamente debilitados por el abandono de nuestro partido de un conjunto de dirigentes nacionales y regionales, reanudamos nuestra búsqueda de unidad de izquierda y construcción de alternativa, reconstituyendo Izquierda Unida con el Movimiento Socialista de los Trabajadores, una de las fracciones del viejo MAS que se comprometió con la idea de la unidad de la izquierda. La actual Izquierda Unida tuvo su momento de crecimiento en 1999 y 2001, logrando representación parlamentaria nacional y en los distritos de Capital, Córdoba y provincia de Buenos Aires, donde por dos veces nos arrebataron el diputado nacional con fraude y artilugios legales, pero su atractivo disminuyó en cuanto no pudo mantener la iniciativa en el plano de lo que la identificaba y daba valor: la unidad de las izquierdas y el campo popular. En las presidenciales del 2003, sin ampliación de la alianza Izquierda Unida, sin nueva alianza de izquierda y sin haber logrado nuestro objetivo de articulación de fuerzas de izquierda con otras de centroizquierda, la eficacia electoral de Izquierda Unida se vio disminuida. Claro que nuestro esfuerzo por aplicar la política de creación de alternativa y creación de poder popular no se agotaba en los acuerdos electorales. En todos estos años invertimos muchos esfuerzos en desplegar trabajo territorial (tomas de tierras, asentamientos, radios comunitarias, etcétera), en gestar un pensamiento crítico y contribuir a la renovación del ideario revolucionario con iniciativas que contribuyeron en mucho al contacto y la articulación de fuerzas revolucionarias latinoamericanas (seminarios del Che, de América Libre, de Cuadernos Marxistas), sostuvimos la solidaridad con Cuba, con Nicaragua, con El Salvador, con Colombia y todas las luchas antimperialistas de estos años, en aportar a un nuevo modelo sindical, que para nosotros debe referenciarse en la idea del « sindicalismo de liberación» comprometido con la gestación de alternativa política (participamos en todo el proceso previo y organizativo de la actual Central de Trabajadores Argentinos desde las primeras reuniones del ’92 y luego constituimos el Movimiento Político Sindical Liberación (1995) y promovimos encuentros clasistas latinoamericanos que ahora están legitimados y regularizados), fuimos parte de la lucha de los trabajadores desocupados y sin vivienda desde las primeras experiencias de toma de tierras, censo a los desocupados y ollas populares que desembocaron en la Marcha del Hambre sobre la Plaza de Mayo de 1996, proceso que desembocó en la fundación del Movimiento Territorial Liberación en junio de 2001; aportamos a dotar de nuevos enfoques al movimiento de derechos humanos, al movimiento agrario (donde ya está madura la constitución de un Movimiento Campesino de Liberación), al movimiento cooperativo y de las capas medias, compartimos diversas iniciativas por desplazar a la Franja Morada de la conducción de la Federación Universitaria Argentina. Conviene resaltar que, aun en los momentos más difíciles y de mayor debilidad, no abandonamos jamás nuestro lugar en la lucha popular y al momento de contar los mártires de estos años de «democracia restringida» la lista de comunistas no es menor.

FUIMOS PARTE DE LOS QUE APORTARON A DESGASTAR EL CONSENSO NEOLIBERAL
La lucha contra el menemismo y el gobierno de la Alianza transcurrió por un proceso de ciclos de ascenso y de reflujo: el primer esfuerzo de resistir las privatizaciones en 1991/92, cuyo símbolo sea acaso la huelga ferroviaria de 42 días, derrotada por el menemismo en su momento de gloria; el segundo desde finales de 1993 a principios de 1995, iniciada por las puebladas de La Rioja y Santiago del Estero que se proyectaron en la Marcha Federal de julio de 1994, ciclo que se fue cerrando a medida que se derechizaba el Frente Grande, de gran influencia entonces en lo social; el tercero desde mediados de 1996 a mediados de 1997 cuando emergieron fenómenos sociales originales como el de los piqueteros, cuyas primeras apariciones fueron en aquellos campamentos de YPF desolados por las privatizaciones en el sur y el noroeste argentino: Tartagal, Mosconi, Cutral Có y Plaza Huincul, el de los científicos y técnicos del Malbrán defendiendo la salud pública y el regreso a escena de los obreros industriales con la lucha de la Fiat de Córdoba, luchas todas que se fueron reemplazando en el imaginario del movimiento popular con la ilusión electoral provocada por el «Chau Menem» de la Alianza, y el último ciclo, iniciado en el puente de Corrientes, en el mismo diciembre de 1999 que asumió la Alianza, que creció hasta estallar en diciembre de 2001, que soportó la represión en el puente Pueyrredón, pero que fue decreciendo al ritmo de la instalación del proceso electoral y del accionar del nuevo gobierno, diestro en simular hacerse cargo de sus demandas mientras recomponía la gobernabilidad y los negocios para la burguesía real, no la imaginada como sujeto de un supuesto «capitalismo nacional», que vendría a ser la versión siglo 21 del viejo sueño de un capitalismo «normal», sin corrupción, ni crimen, ni dependencia del imperio. Nunca las luchas fueron en vano. En su momento, cuando no se podía detener la oleada triunfalista, sirvieron para preservar la ética militante y evitaron la verdadera derrota, la que surge de ser vencido sin resistencia; y luego, lentamente y a veces imperceptiblemente, fueron erosionando el consenso neoliberal, sumando al descrédito que el fracaso de sus promesas (Primer Mundo, mercado y libertad para todos, etcétera) le trajo al modelo. Diciembre de 2001 es la reivindicación de todas las luchas de resistencia y de todos los actos de rebeldía, algunos más que solitarios, como cuando protestábamos contra las privatizaciones y la convertibilidad o contra las supuestas «intervenciones humanitarias» en Kosovo. Todavía se seguirá discutiendo mucho sobre el sentido exacto de la crisis de diciembre de 2001, un fenómeno social, que como todo acontecimiento importante, fue el resultado inesperado de múltiples acciones cruzadas: la de los ahorristas expropiados por el gobierno y los bancos, la del peronismo buscando desplazar la Alianza del gobierno, la lucha de los trabajadores desocupados, ocupados y amplios sectores juveniles que trataron de cobrarse los agravios y humillaciones de toda una década. La crisis produjo muy diversas lecturas, y no todos leyeron la parte del mensaje que les tocaba. La derecha sí que entendió que debía recomponer su capacidad de dominación («vengo a recomponer el poder» dijo Duhalde al asumir el 1/01/02) y se empeñó en lograrlo. La izquierda, en cambio, no entendió la exigencia de unidad que la situación requería. Encorsetado entre dos sectarismos: el de la izquierda dogmática autoproclamada y el del «progresismo» posibilista, el proyecto frentista de unidad del campo popular con un centro de gravedad en las izquierdas no pudo abrirse paso y el reflujo abrió paso a la credibilidad en un gobierno de gestos «rupturistas» con el ideario y el ritual neoliberal, pero que no dejó de pagar la deuda, asegurar la cuota monopolista de ganancia y la injusticia en la distribución de la riqueza. El costo de la crisis, volvió a caer sobre las espaldas de los trabajadores y las capas medias que cayeron algunos escalones más en su nivel de vida.

UN CONGRESO AL SERVICIO DE LA CONSTRUCCION DE ALTERNATIVA POLITICA
Los comunistas estamos dispuestos a aportar la parte de esfuerzos y sacrificios que nos reclame el movimiento popular. Nunca nos ha faltado ni valor ni disposición al combate. Hemos aprendido mucho de las luchas revolucionarias latinoamericanas y de las luchas contra el capitalismo argentino por más de un siglo y lo hemos volcado a un proyecto político de gestación de poder popular y construcción de un nuevo bloque histórico popular que creemos acertado. Pero que no se abrirá paso si no tiene una poderosa fuerza política que lo lleve a la práctica, a la vida de cada asentamiento y de cada lugar de trabajo, allí donde nuestro pueblo vive, sufre, trabaja, estudia y se organiza. Hace falta un fuerte Partido Comunista, firme en sus convicciones y flexible en la aplicación de las iniciativas necesarias para poder asestar golpes al bloque de poder. Un Partido Comunista de militantes organizados, que practiquen una disciplina consciente basada en el debate más amplio y el respeto a las decisiones de la mayoría en el debate. Un Partido Comunista que cultive la mística revolucionaria de que somos capaces de transformar la realidad más adversa con nuestra iniciativa política, como nos enseñó el Che y la Revolución Cubana. No estamos convocando a un congreso partidario por simples razones estatutarias o formales, estamos proponiendo un proceso de autotransformación colectiva para hacer de nuestro partido una fuerza política más útil a nuestro pueblo Por eso junto con los debates y las reuniones, nos esforzaremos en estos meses por dar pasos concretos en la construcción de la alternativa política que se requiere para enfrentar con éxito las políticas neoliberales y las acciones del imperialismo contra los pueblos del mundo.

ELEMENTOS PARA LA ESTRATEGIA Y LA TACTICA DEL PROCESO DE CONSTRUCCION DE ALTERNATIVA
1. Socialismo o barbarie.
A comienzos del siglo 21, el dilema planteado ante el estallido de la Primera Guerra Mundial, puja ínter imperialista que duró treinta años y finalizó con los EE.UU. como principal potencia del mundo, tiene más vigencia que nunca: Socialismo o Barbarie. El capitalismo, como civilización, ha entrado en su etapa de decadencia y ello arrastra a la humanidad y el planeta, la sociedad humana y el medio ambiente, a una crisis sin precedentes donde la contradicción esencial de la época entre la propiedad privada capitalista y la producción social, entre el capital y el trabajo, entre la burguesía y los proletarios, entre los ricos y los pobres, se expresa en la paradoja de que al llegar a tan alta capacidad cientifíco-técnica en todos los terrenos, no se pueden resolver ni mitigar el hambre, la miseria ni las enfermedades de miles de millones de seres humanos que ven deteriorarse su misma condición humana. El capitalismo amenaza el futuro de todos y todas con las guerras sin fin y la superexplotación de los pueblos. El comunismo como movimiento de lucha por la superación del capitalismo y la construcción de una sociedad basada en otra lógica que la que generan las relaciones de explotación y dominación capitalista tiene más vigencia que nunca. En la periferia del mundo contemporáneo, el socialismo, para cortar la dominación imperialista debe asumir tareas de liberación nacional que implican confrontaciones progresivas con el capitalismo real; para frenar la catástrofe social es necesario redistribuir drásticamente la riqueza, y ello exige la conformación de un fuerte sector social de la economía formado por las empresas que dominan lo principal de la producción agropecuaria, industrial, los servicios y las finanzas actualmente en manos del capital internacional más concentrado; para terminar con los agravios, la discriminación y las humillaciones que sufren millones hay que reorganizar desde el estado, los servicios públicos, la educación, la cultura y todos los aspectos de la vida tendiendo a poner la dignidad humana en el centro de las preocupaciones de un poder popular basado en el protagonismo organizado del pueblo; para defender las conquistas sociales hará falta un fuerte poder popular, capacitado para defenderse de las agresiones imperialistas que no cesarán por un largo periodo. Liberación nacional y anticapitalismo consecuente o continuismo neoliberal con una u otra máscara. Socialismo o barbarie.
2. El fracaso de los vencedores de la Guerra Fría.
En setiembre de 2001, so pretexto del atentado a las torres de New York, el gobierno de los EE.UU. lanzó una contraofensiva global y mundial tendiente a frenar el proceso de crisis que desde 1997 recorrió una a una las regiones del planeta (y se le dio nombres pintorescos: la crisis de los Tigres Asiáticos, del Vodka, de la Caipirinha, del Tango, etcétera). En estos tres años, invadió Afganistán e Irak, implantó el terrorismo de estado como doctrina de dominación universal y reformuló la estructura del poder mundial a sus necesidades. Soñaban con aplastar los intentos de resistencia y las experiencias de construcción socialista o antimperialista empezando por Cuba y Venezuela, domesticar a los socios europeos y asiáticos que cada tanto intentan competirle en el plano de la economía o desobedecer así sea parcialmente sus designios políticos, pero la guerra de Irak ha agravado todos los problemas empezando por los del gobierno de Bush y sus aliados cercanos como Tony Blair y José Aznar (que ya fue desplazado del gobierno). La ilusión imperialista de que una combinación de keynessianismo militar (mayor gasto estatal en pedidos a las corporaciones del complejo bélico/industrial) y de una sobredosis de neoliberalismo: baja de impuestos a los ricos y de las tasas de interés financiero y más recortes al gasto social en los propios EE.UU. relanzarían su economía ha fracasado. Y la palabra fracaso se repite: fracaso de la estrategia de Bush de salir de la crisis por medio de las guerras preventivas y el terrorismo de estado para «disciplinar» a los pueblos y los gobiernos, fracaso del «nuevo orden mundial» impuesto tras la caída de la bipolaridad mundial que imponía la presencia de la Unión Soviética y el llamado «campo socialista», fracaso del neoliberalismo como estrategia global de superación de la crisis del «capitalismo de bienestar» que se puso de manifiesto por las grandes luchas antimperialistas victoriosas simbolizadas en la de Vietnam, en la caída de las dictaduras europeas de España, Grecia y Portugal y también, por los desafíos al capitalismo que se dieron en América Latina: Chile y Argentina en los 70, Nicaragua y El Salvador en los 80. El fracaso del neoliberalismo en relanzar el capitalismo no es otra cosa que el fracaso del capitalismo y nos indica que la superación del neoliberalismo no podrá ser por vías capitalistas que, en las condiciones de entrelazamiento y subordinación hacia el imperialismo yanqui o europeo, terminará reproduciendo la lógica que administran el FMI, el Banco Mundial, la Otan y las Naciones Unidas.
3. La Tercera Vía, y sus variantes latinoamericanas, pueden frustrar la lucha popular por salir del neoliberalismo.
Como una prueba de su dominio cultural, las usinas ideológicas del imperialismo, pretenden imponernos hasta el modo de luchar contra ellos y los caminos permitidos para salir de su dominio. La Tercera Vía, proyecto acunado por el ala «demócrata» del imperialismo yanqui, Bill Clinton, la corriente más neoliberal de la Internacional Socialista, Tony Blair y un sector de ex comunistas reciclados al capitalismo, D´Alemma, ha pretendido encontrar un lugar (inexistente) entre el capitalismo global modelado por el neoliberalismo por dos décadas y el viejo capitalismo distributivo presentado algunas veces como si fuera un estado de bienestar, inseparable e impensado al margen del mundo bipolar y la competencia por la conciencia de los pueblos con el «socialismo real». América Latina, donde las luchas de resistencia, unidas a los fracasos estruendosos de las políticas dictadas por el Fondo Monetario Internacional, han expuesto la crisis de un modo límite y posibilitado el acceso al gobierno de fuerzas que se proclaman antineoliberales, sigue siendo el Continente de la Esperanza Revolucionaria tal como lo proclamamos a principios de la década del 90. El capitalismo no sólo ha capturado y transformado a los viejos partidos de la burguesía nacional, un poco populistas, un poco progresistas, un poco nacionalistas, para transformarlos en máquinas de organizar el consenso al orden vigente y administrar la crisis resultante de dicho orden con una única premisa: asegurar la eficacia del modelo capitalista, que es lo mismo que decir valorizar el capital asegurando las ganancias que los grupos más poderosos esperan; sino que ha capturado a vastos sectores de la vieja centroizquierda, de sectores arrepentidos de la vieja izquierda roja (de todas sus corrientes: ex stalinistas, troskistas, maoístas, etcétera) o de lo que aparecía como la nueva izquierda surgida tras los regímenes dictatoriales, para una variante muy perversa del posibilismo que procuran sistematizar en encuentros y seminarios como el inicial del Consenso de Buenos Aires de finales de 1997 o el último realizado también en Buenos Aires en junio de 2004 y presididos por Marco Aurelio, del PT y el gobierno de Brasil y Chacho Alvarez de Argentina. La búsqueda de posturas y políticas que interpreten el nuevo sentido común predominante en vastos sectores populares, en el doble sentido de hartazgo del neoliberalismo y subjetividad modelada por el terrorismo de estado y el posibilismo, los lleva una y otra vez a concesiones tras concesiones que terminan en la aplicación lisa y llana de los programas de ajuste y represión. Sin perder de vista que nuestros enemigos políticos e ideológicos siempre están a la derecha, no se puede dejar de marcar el daño que estos sectores son capaces de hacer al ser partes del mismo campo popular donde actúa la izquierda y la centroizquierda.
4. El gobierno de Kirchner tiene un carácter de clase burgués, un proyecto de país que se encuadra en el horizonte del capitalismo y una creciente subordinación a la estrategia imperialista para la región.
El gobierno encabezado por Kirchner es el resultado de la búsqueda, por parte del bloque de poder, de una salida, a su favor, de la crisis de gobernabilidad que estalló con virulencia en diciembre de 2001. Es un gobierno que ha practicado como pocos el cinismo de decir una cosa y hacer lo contrario (por ejemplo en el caso del pago de la deuda, de las relaciones con el FMI y las empresas privatizadas), aunque desde su asunción en mayo de 2003 dejó en claro que, en el mejor de los casos, su horizonte sería un «capitalismo nacional», supuesto regreso al primer peronismo y a alguna forma relativamente distributiva, autónoma y soberana del capitalismo argentino. Si alguna vez fue posible, desde la derrota popular de 1976 y los cambios estructurales que el genocidio introdujo, en las condiciones del capitalismo global de nuestros días aun ese modesto sueño es imposible. Si es capitalismo, funciona bajo la supervisión y subordinación del imperialismo; y si se busca autonomía, soberanía y redistribución de la riqueza, el rumbo lleva a una ruptura con el imperio y el capitalismo. Los acuerdos con el FMI, los pagos puntuales de los vencimientos de la deuda externa, las condiciones creadas para un reciclado de los negocios en la Argentina desde el negocio financiero y el saqueo de las empresas estatales del periodo menemista al negocio exportador de cereales (soja) y petróleo, el mantenimiento de la estructura de propiedad y, por ende, de las relaciones de distribución de la riqueza y la pobreza (relación cada vez más injusta, más polarizada), el mantenimiento del sistema impositivo regresivo (solo pagan los pobres mediante el consumo) demuestran el carácter de clase burgués del gobierno de Kirchner. La judicialización de la protesta, la repugnante campaña mediática en pro de generar condiciones para «sacar la protesta social de la calle», espacio que se ganó por 1996 y no han podido recuperarlo del todo desde entonces, la modificación del Código Penal y la batería de leyes aprobadas o en debate impulsadas por la Campaña Blumberg, confirman que la injusticia en la distribución de la riqueza requiere de la represión como un complemento casi «natural». El envío de tropas a Haití, en clara violación del principio de autodeterminación de los pueblos, en ayuda de un gobierno surgido de un golpe de estado perpetrado groseramente por la CIA, e ignorando el supuesto compromiso democrático de la OEA de no reconocer jamás a un gobierno surgido del derrocamiento de otro electo por vías constitucionales, son la ejecución práctica de los compromisos públicos de apoyar la «guerra contra el terrorismo», eufemismo que esconde la estrategia imperialista de dominación mundial desde setiembre de 2001. Que toda esta política continuista del neoliberalismo y subordinada a la estrategia imperialista se haga bajo la cobertura de un discurso «progresista», haya capturado a sectores del centroizquierda y grupos nacionalistas, realice gestos de «mejora institucional» y de señales de amistad latinoamericanas, son fenómenos políticos derivados del objetivo fundamental de reconstruir la gobernabilidad y recuperar credibilidad para el Partido Justicialista. Que hayan conseguido éxito en ese empeño es la dificultad política principal de la etapa, muestra los límites de la ruptura cultural del dominio neoliberal y se apoya principalmente en nuestra propia crisis de alternativa. En la ausencia de una fuerza política verdaderamente alternativa y con arraigo popular (y eso tiene mucho que ver en la falta de unidad de las izquierdas que tuvieron a principios de 2002 una gran oportunidad para unirse, crecer y crear las bases de una alternativa popular que atraiga a sectores de centroizquierda) está radicada lo principal de la razón para que un gobierno continuista como el de Kirchner tenga consenso popular.
5. La construcción de un frente opositor y alternativo al continuismo neoliberal y el imperialismo, es la tarea política principal de la etapa.
Hace falta más resistencia a las políticas neoliberales posconvertibilidad. Es altamente valorable todo lo que se hizo en este primer año de gobierno: la lucha de los trabajadores desocupados del movimiento piquetero, el retorno de luchas salariales de los trabajadores ocupados, las acciones de protesta al Alca y otras acciones imperialistas, la labor parlamentaria de un grupo de legisladores que regularmente actúan como real bloque opositor (la derecha critica por derecha y luego apoya con el voto), pero debemos reconocer abiertamente que es claramente insuficiente. Es más, debemos decir que con este nivel de resistencia, y en las condiciones de dispersión que se realizan, difícilmente podamos parar las políticas que causan pobreza, desocupación, hambre, analfabetismo, enfermedad y muerte a nuestro pueblo. Queremos decir que por encima de toda otra consideración la construcción de un frente opositor y alternativo es una cuestión ética, y que para los revolucionarios es un compromiso ineludible. La construcción de un frente opositor y alternativo no es algo que pueda surgir de un único acto y con todos los atributos desde el comienzo; es más probable que surja de un proceso de múltiples iniciativas de confluencia social y política de resistencia a las políticas continuistas, de iniciativas nuestras y ajenas, en la base y nacionales, con eje en reivindicaciones económico-sociales o políticas, con mayores o menores niveles de confrontación y que incluya a fuerzas con distinta perspectiva sobre cada lucha puntual y aun sobre el propio gobierno de Kirchner. Dicho frente opositor y alternativo deberá contar a la izquierda como uno de sus actores principales, pero está visto que no se puede esperar la unidad de las izquierdas para comenzar a construir el frente, que es altamente posible que haya un ida y vuelta entre los grados de unidad de izquierda y los niveles de frente opositor y alternativo que vayamos conquistando, donde no siempre la unidad de las izquierdas será primero y el frente opositor y alternativo después, sino que puede ser a la inversa: que avancemos en la construcción de frente opositor y alternativo y en ese proceso generemos unidad de las izquierdas, que siempre serán indispensables para bregar por la continuidad, amplitud y profundidad del frente dado que si de sectarismo y vanguardismo se trata, la centroizquierda compite por igual con la izquierda dogmática que practica la autoproclamación de vanguardia y genera el aislamiento de los que luchan. La construcción del frente opositor y alternativo condensa hoy todos los debates que hacen a un proyecto político revolucionario: sobre el sujeto social, sobre la estrategia de poder, sobre la relación entre reforma y revolución, entre lo nacional y lo internacional, entre el partido y el movimiento popular, sobre el tipo de partido necesario, etcétera, y no porque su construcción sea la solución a todos los problemas de la construcción de alternativa política, sino porque sería el primer paso y como todo paso primero es imprescindible y uno de los mas difíciles de concretar dado que requiere vencer la inercia, la falta de «masa crítica» de instalación de nuestro proyecto político y las maniobras del enemigo que busca agresivamente impedir que se concrete. Una vez más, reafirmamos que no hay estrategia fuera de la táctica, que no hay un tiempo para construir lo estratégico y otro para responder a la coyuntura. Que somos lo que somos en la lucha de clases real, es decir, en la política, y que nuestra conducta cotidiana es nuestro proyecto político verdadero.
6. Frente opositor alternativo y sujeto social.
Una de las características distintivas del capitalismo del siglo 21 es su fortaleza cultural, otra, es la capacidad de fragmentación de la sociedad. Cuando se reproduce en la conciencia popular la fragmentación social, la dispersión es la regla y el aislamiento de cada lucha y sector la consecuencia segura. La lucha por articular fuerzas sociales y políticas en un único combate contra los responsables de la tragedia social argentina es una lucha decisiva contra el control ideológico y cultural construido desde el genocidio para acá desde el más riguroso monopolio de los medios de formación de opinión, comúnmente llamados multimedios. Si tomamos como punto de referencia la Argentina previa al golpe de estado de Videla, la Argentina de 1974 digamos, los cambios habidos en la estructura social son enormes. De uno y otro lado de las clases antagónicas, del lado de la burguesía y del lado de la clase obrera. Tomar conciencia de dichos cambios, y tener capacidad de descubrirlos en cada una de nuestras realidades regionales, es un paso práctico para la construcción del frente opositor y alternativo. Del lado de la burguesía se ha producido un formidable proceso de concentración de la propiedad y la riqueza, que fue acompañado por la extranjerización del capital, que redujo a la vieja «burguesía nacional» a una prestadora de servicios, socia menor del capital trasnacional o reducida a ocupar la parte de los negocios más sucia y mafiosa. Una parte importante de la vieja burguesía nacional perdió su carácter de clase y se ha empobrecido de un modo tal que por el modo en que resuelve sus ingresos (trabajo personal en buena medida) como en el monto de los ingresos se ha acercado considerablemente al sujeto social pueblo, tal como lo mostró diciembre de 2001. Hay allí espacio para una propuesta de resistencia y construcción. Este proceso es particularmente visible en el campo y explica en buena medida el reposicionamiento de ciertas organizaciones agrarias que han vuelto a poner en la agenda nacional de debates nada menos que el tema de la propiedad de la tierra. Del lado de la clase obrera, los cambios no son menos importantes y el signo distintivo de dichos cambios es la precarización del trabajo. La flexibilización laboral abarcó todas las dimensiones: la jurídica y hoy son más los trabajadores en «negro» que los estables; la salarial, y hoy la dispersión salarial tiene en los 150 pesos de los Planes para Jefes y Jefas de Hogar el punto real de referencia; la funcional y hoy un trabajador realiza el trabajo que antes realizaban tres o cuatro constituyendo una de las causas de la desocupación; la horaria que hace que los que trabajan sean de los que más horas trabajan en el mundo mientras millones de trabajadores no encuentran empleo retribuido y sobreviven por medio de changas o miniemprendimientos de muy baja rentabilidad. La heterogeneidad es el signo de la clase obrera contemporánea, y esto en relación con una situación de relativa homogeneidad de los años 60 y 70, refrendada jurídicamente en la Ley de Contratos de Trabajo y en los convenios colectivos por gremio que de algún modo, retaceado, formalmente, etcétera, reflejaban y aseguraban aquel nivel de homogeneidad que daba base a un modelo sindical, el burocrático peronista, cuya continuidad a pesar de la crisis de funciones y de representatividad que arrastra desde hace dos décadas es sólo atribuible a las dificultades en generar un nuevo modelo sindical, democrático, combativo, representativo de la clase obrera real (y, por lo tanto, capaz de agrupar a los estables y a los en negro, pero también a los desocupados y los jubilados) y comprometido con la gestión de una alternativa política de cambio. Hemos intentado gestar ese modelo sindical desde la Central de Trabajadores Argentinos, pero sea por los límites políticos que actuaron en la dirección de ésta, como por nuestras propias limitaciones, la tarea está casi por comenzar y no será volviendo a la CGT unificada que se facilitará la tarea, todo lo contrario, se trata de perseverar en los esfuerzos por dejar atrás el modelo sindical burocrático que encarna y perseverar por dotar a la CTA de una metodología de lucha y de organización que sea compatible con sus propias definiciones congresales y el objetivo de un «sindicalismo de liberación», como gustaba denominar Agustín Tosco al llamado a superar al burocrático. En todo el movimiento social, desde el sindical hasta el de las capas medias pasando por el de derechos humanos o los ámbitos de articulación contra el Alca, se libra una intensa lucha de proyectos políticos. Nuestros principales oponentes son las fuerzas que se referencian en la Tercera Vía y propugnan la integración de las luchas a los límites del gobierno y el neoliberalismo. Para actuar en defensa de nuestro proyecto político en el movimiento social hemos constituido nuestras propias herramientas políticosociales, que no deben ser confundidas con el movimiento mismo (son sólo una parte), pero que tampoco pueden actuar como el partido, deben tener un funcionamiento propio, democrático, donde los comunistas llevemos nuestras ideas y propuestas en busca de convencer a todos sus participantes de la justeza de éstas, pero sin confundir el instrumento con el movimiento real, la corriente político-sindical con el sindicato mismo, el centro de estudiantes o el movimiento territorial. El Movimiento Sindical Liberación, el Movimiento Territorial Liberación y el Movimiento Universitario de Izquierda son las herramientas que hemos podido poner en marcha hasta ahora, es necesario en los próximos meses crear una en el movimiento agrario, bregar en primer lugar por una labor armónica de todos ellos entre sí y hacia el movimiento popular, fortalecerlos en su dimensión política (que se puede resumir en aquella frase de Tosco de que es necesario luchar por las reivindicaciones tanto como por la construcción de la alternativa política) y darles una fuerte identidad de renovación del movimiento popular tomando como punto de referencia lo que diciembre de 2001 esbozó como una posibilidad: democracia de base, autonomía del poder, capacidad de confrontación, atributos a los que habrá que sumarles capacidad de gestión de las instituciones populares evitando las continuas trampas que se tienden desde el gobierno para atraparnos en sus redes de clientelismo político-social y de generación de una cultura popular refractaria a la dominante, tanto en el trabajo como en la lucha. Al pensar en el sujeto social y la construcción de alternativa resalta nuestro retraso en recuperar el terreno perdido en estos años en nuestra labor con las mujeres, tanto en el movimiento específico como en general en considerar la problemática de la mujer como una de las cuestiones claves en la construcción de un movimiento popular alternativo que se deberá proponer superar la herencia discriminatoria del capitalismo y construir nuevas relaciones de respeto e igualdad entre los compañeros y las compañeras para comenzar en nuestras propias organizaciones a superar el machismo y la discriminación por genero u opción sexual. La experiencia nos ha mostrado la conveniencia de trabajar en todos los espacios que se generen, pero manteniendo un centro de gravedad desde aquel que consideramos más propicio, en las condiciones concretas, para nuestra batalla por un movimiento popular de nuevo tipo. En el movimiento sindical no es la CGT sino la Central de Trabajadores Argentinos por su definición de búsqueda de una central distinta a la tradicional que nosotros aspiramos a que sea alternativa, en el movimiento agrario es la Federación Agraria Argentina por su definición de cuestionar la propiedad de la tierra y en el estudiantil universitario, sigue siendo la FUA a pesar del vaciamiento que la Franja le impuso y el peligro de una un «nueva» FUA oficialista que el kirchnerismo y sus aliados de Patria Libre intentaron con la fractura propuesta en el último congreso estudiantil de Mar del Plata
7. La juventud argentina. escenario de disputa por el futuro.
Nunca como en estos días más valida la enseñanza leninista que cada generación se incorpora de un modo nuevo a la lucha revolucionaria. Es esta la primera generación de revolucionarios incorporados a la lucha en las condiciones de un mundo unipolar surgido de la derrota de las experiencias que creíamos de «socialismo real». El capitalismo del siglo 21 no sólo explota a los trabajadores y expolia a los pueblos, ha incorporado una nueva lógica que es la lógica de la exclusión y son los jóvenes los primeros excluidos de todo: del trabajo, del estudio, del acceso a una vivienda digna y confortable. En la juventud se concentran y cruzan todas las contradicciones del capitalismo: han modelado un ideario de vida basado en el consumismo, pero no pueden garantizar el acceso al mercado de siquiera una mínima parte de ella, han creado un mundo virtual basado en la más alta tecnología pero a ese mundo sólo acceden unos pocos y los que acceden al poco tiempo descubren que es un sitio vacío. Por primera vez en mucho tiempo, la burguesía no tiene un futuro que prometer a la juventud y sólo apuestan a que se consuma en el consumismo y a que transforme el desencanto en indiferencia a todo asunto público y toda causa colectiva. Al tiempo que reconocemos el enorme dominio cultural que han logrado sobre amplios sectores juveniles, que aspiran a una vida como la que muestran las películas de Hollywood, nos alienta la certeza de que ha surgido una nueva generación de luchadores, de contundente definición antimperialista y cierta idea de tradición histórica de combate por los cambios revolucionarios. El «somos los hijos del Córdobazo» y el odio a los yanquis son algunos de los elementos comunes a una generación que creció bajo el menemismo (y eso afecta su subjetividad de un modo muy concreto), pero que ha vivido, con entusiasmo, las oleadas de lucha popular que desembocaron en diciembre de 2001. La juventud militante se encuentra cruzada por convicciones y sentimientos muy contradictorios: tiene un fuerte rechazo a todo lo que represente burocratización y formalidad, pero tiene dificultades en gestar nuevas formas organizativas, aspira a golpear fuerte al poder, pero le cuesta sostener proyectos a largo plazo que la involucren de manera personal. Sin embargo, creemos no equivocarnos al pensar que está en condiciones de asumir una tarea histórica, que sólo la joven generación puede asumir como tarea práctica: romper el ciclo de las divisiones y la dispersión de los revolucionarios argentinos para construir un nuevo proyecto revolucionario en la Argentina. La gran tarea de la Federación Juvenil Comunista debería ser apuntar a que la joven generación militante asuma como tarea propia la de unir a las izquierdas y el campo popular, para no sólo asumir la continuidad histórica de la lucha, sino resolver lo que nunca pudo resolver la revolución en la Argentina
8. Fortalecer el Partido Comunista para hacer realidad el proyecto de poder popular.
El diagnóstico trazado en el comité central de octubre pasado ha sido confirmado plenamente por las reuniones regionales, muchas de ellas con presencia de dirigentes nacionales del partido, y el debate de una parte considerable del partido que ha recibido con beneplácito la discusión allí propuesta. Se verifica plenamente la distancia que hay entre las exigencias que nuestro proyecto político nos demanda y las posibilidades prácticas de llevarlo adelante por una fuerza que sufre de diversas y complejas dificultades: de dispersión política y organizativa, de debilidad en sus direcciones intermedias y de escasa organización celular, de deterioro de los principios básicos de una fuerza revolucionaria: actitud militante con los medios propagandísticos, disposición al autofinanciamiento, política de reclutamiento, formación política y organización permanente, etcétera. Este conjunto de dificultades, en un partido que se esfuerza por actuar en la coyuntura (valoración de lo hecho el 20 de diciembre, consulta contra el Alca, 24 de marzo, 1º de Mayo, etcétera) deriva en una insuficiente vida colectiva de la militancia, cuestión vital para el despliegue de una línea política que requiere de la autonomía y la iniciativa creadora de la organización y los militantes, autonomía y creatividad que sólo es posible desde el funcionamiento colectivo y la discusión política. El diagnóstico es duro, pero necesitamos partir de la realidad para modificarla. En situaciones como estas, el papel de los colectivos de dirección es encabezar los debates y la lucha por aplicar los acuerdos de un modo tal que los problemas a superar nos templen y no nos desgarren y dividan. Proponemos como puntos básicos del accionar de los colectivos de dirección desde la célula al Comité Central los siguientes: * La iniciativa política debe presidir toda la labor de fortalecimiento del partido. * Son momentos para potenciar el estudio, los debates, los procesos de formación política de toda la militancia. Todos nos debemos proponer autosuperarnos y asumir la responsabilidad de materializar el proceso de fortalecimiento partidario, que venimos realizando y que podrá tener éxito gracias a un esfuerzo perseverante. * Sólo superando la dispersión política y concentrando todas las fuerzas en los puntos vitales de nuestro proyecto podremos avanzar en la dirección correcta. La persistencia de la dispersión política, el desarme ideológico y la feudalización orgánica nos condenan a la impotencia política, en esta cuestión el papel de los cuadros es decisiva. Hoy son cuadros aquellos militantes capaces de construir colectivos que luchen por aplicar creadoramente el proyecto político comunista en su lugar, pero con una perspectiva nacional y latinoamericana. * Se trata de tener una mirada comprensiva, tolerante y fraternal ante los problemas de un partido en el estado en que nos encontramos y al mismo tiempo de una actitud enérgica de compromiso verdadero con la superación de aquellos; no somos «analistas de lujo» de la situación política nacional y regional, sino militantes de una fuerza articulada por su propuesta política. * La construcción de la Juventud Comunista como una organización juvenil revolucionaria de carácter nacional, autonomía organizativa y voluntad política de desplegar nuestro proyecto entre el sector más agredido por el capitalismo en todas sus instancias sigue siendo nuestra principal orientación estrátegica en el proceso de fortalecimiento del partido. Superar toda forma de paternalismo es un paso imprescindible para completar el proceso abierto ya hace unos años, que ha dado pasos importantes, pero que no termina de alcanzar los objetivos definidos en común por la dirección nacional del partido y de la Fede. * El tema de los trabajadores ocupados tiene que volver a ser central en todo el partido, no se trata de subestimar ningún componente del sujeto social pueblo, pero sí de concentrarnos en áquel que pensamos central. * La construcción de atributos organizativos, ideológicos, culturales, financieros, logísticos es un proceso que debemos transitar ahora; no existen dos tiempos: uno para la política concreta y otro para la construcción del partido ideal.
9. Habrá una nueva oportunidad, de nosotros depende que podamos aprovecharla.
En octubre de 2003, en medio de una oleada posibilista de apoyo al gobierno de Kirchner nos afirmamos en un enfoque a futuro de turbulencias para el mundo, la región latinoamericana y la Argentina. Dicho pronóstico se viene cumpliendo y así como algunos en el campo de la izquierda fantasearon con la revolución cuando vieron al pueblo en la calle, también los intelectuales del poder fantasean ahora con que nunca ocurrió nada y que el capitalismo argentino ha superado todas sus crisis. Antes de lo pensado por muchos, se abrirá en la Argentina una nueva oportunidad para construir alternativa: será cuando las ilusiones en el gobierno de Kirchner se desgasten por las gravísimas consecuencias que sus políticas nos traerán, como pueblo y como Nación. Así como la crisis del capitalismo, como civilización mundial, ha relegitimado el debate posneoliberal, y la opción poscapitalista aparece como una de las alternativas, también la frustración causada por las políticas que abren paso a una nueva fase del neoliberalismo y un nuevo modo de relaciones subordinadas con el imperialismo y sus planes de dominación mundial, relegitima la discusión sobre la alternativa. Sobre la vieja deuda pendiente del campo popular, los revolucionarios de todas las tradiciones y las izquierdas. Sobre la pregunta que sigue sin respuesta: ¿cómo construir una fuerza política que nos represente, nos fortalezca y contribuya a dotar de una estrategia de liberación a los que sufren? Se trata de asumir ese debate con espíritu guevarista: con la convicción de que hay debates que se resuelven con la práctica política, con el esfuerzo militante, con la voluntad de transformar la realidad, en este caso nuestra realidad como izquierda y movimento popular. Si hemos sido capaces de remontar la derrota y el genocidio, si fuimos capaces de resistir las oleadas posibilistas y/o triunfalistas del alfonsinismo, el menemismo y el frentregrandismo; si no nos sedujeron las ilusiones, una y otra vez renovadas, de un capitalismo nacional o humanizado de la mano de la Tercera Vía; si hemos sido parte de todos y cada uno de los combates que debilitaron el menemismo y tumbaron la Alianza, ¿por qué razón no podremos al fin romper el bloqueo cultural de la izquierda, unir fuerzas y construir el frente de oposición que abra un proceso de luchas y construcción de alternativa que al fin nos permita crecer ante el pueblo como una fuerza capaz de conquistar el gobierno y construir poder popular. La respuesta está en nosotros, y el congreso de los comunistas tratará de construirla de un modo colectivo. La próxima oportunidad deberá ser la nuestra, la de los revolucionarios, la de los luchadores contra el neoliberalismo y el imperialismo, la del pueblo.

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