Escribe Roberto Mero
Corresponsal de Nuestra Propuesta en París


CHIRAC SUFRE EN FRANCIA

PERFUME DE VICTORIA


El retroceso del gobierno francés ante la ofensiva popular crea un antecedente político que va más allá de la ley contra la precarización de los jóvenes

Hay poderes que nacen de una revolución. Y hay revoluciones que nacen del poder, sin que ni el mismo poder se dé cuenta. La ola popular que sacudió Francia durante los últimos dos meses será recordada por la historia con estas últimas características. Un total de ocho millones de manifestantes encabezados por los sindicatos y las organizaciones estudiantiles mandaron a la lona la arrogancia del gobierno Chirac-Villepin-Sarkozy. Algo que no se había visto desde Mayo de 1968. En suma, el rechazo masivo a la ley por el Contrato Primer Empleo, que castigaba a los menores de 26 años, permitiendo el despido sin justificación, consolidó un frente unido en el plano social y estratégico. Allí donde la izquierda del sistema, y especialmente el Partido Socialista, había perdido toda capacidad de ofensiva.
Groggy y contra las cuerdas, basureado por sus partidarios y abandonado por Chirac, el primer ministro Dominique de Villepin, que se sonaba con laureles y pétalos de flores, podría terminar como tantos otros: mecetazo certero en la cabeza y lugar de privilegio en los olvidos de la memoria.


¡NERÓN, NERÓN, QUE GRANDE SOS!

Fue el mismo Villepin (entonces secretario de Chirac) quien propuso en 1997 la disolución de la Asamblea Nacional dominada por la derecha. Consejo que permitió...la victoria de la izquierda. Es este mismo Villepin quien, para imponerse como paladín de los patrones, impulsó un decreto ley abominable, más difícil de tragar que coca-cola con sal. Resultado: una unidad sindical impensable, el nacimiento de una nueva generación de militantes estudiantiles y la absoluta perdida de confianza hacia el capitalismo salvaje que la derecha defendía a rajatablas.
El sobrenombre de Nerón, con el que Bernardette Chirac (mujer de Jacques, se entiende) bautizó a Villepin ha caído como de perlas. La brutalidad de un gobierno ha salpicado todo el sistema: sesenta por ciento de la opinión pública francesa rechazó la ley al mismo tiempo que repudió el capitalismo a ultranza. El definitiva, la intentona de la derecha barrió con un lento trabajo ideológico sostenido por la prensa y los defensores del pensamiento único. A saber: que toda movilización es absurda ante las decisiones del poder y que el poder capitalista es el único que puede trazar un futuro.


POLÍTICAMENTE INCORRECTO

Tres elementos claves surgen como síntesis. Primero, el sistema político no se corresponde en absoluto con la opinión pública, ni por la derecha en el poder ni por el Partido Socialista en la (llamémoslo así) oposición. Segundo, las organizaciones sindicales y estudiantiles mantuvieron una política de fuerza masiva y una escalada constante y sin retroceso.
Tercero, la radicalización de posiciones de la derecha fascistizante y de la izquierda revolucionaria.
El gobierno se quedó colgado del pincel hablando de su situación mayoritaria (Asamblea, Senado, gobierno, presidencia) sin poder llamar ni a una mísera manifestación en su apoyo. Cuando lo hizo, aliado con los estudiantes fascistas, termino en un sórdido papelón ante Notre Dame. La querella entre el pretendiente Sarkozy y Villepin, que comenzó en las altas esferas, terminó por barrer toda legitimidad: los sindicatos y los patrones fueron convocados por la UMP para discutir el retiro de la ley. Los diputados de derecha tuvieron que comérsela.
Jugando la carta del ninguneo, el gobierno cerró la puerta a toda aspiración reformista de los sindicatos patronales. Estos últimos trataron de explicarle a Villepin que era políticamente incorrecto el ignorar a los sindicatos. Villepin se hizo el sordo, abriendo un boulevard a la movilización callejera y a la reafiliación sindical masiva. Situación explosiva en un país donde uno de los principales objetivos del poder es, desde hace veinte años, destruir todo tipo de organización coherente de los trabajadores.
La radicalización de la izquierda revolucionaria sobrepasó ampliamente a los partidos representativos (Comunista, Liga Comunista, Lutte Ouvrière). El tono anticapitalista de los debates universitarios barrió también con ciertos tonitos flower power de movilizaciones recientes. Y dentro del nuevo cuadro un elemento hasta ahora ausente: la resistencia al poder y al capitalismo por la vía de la acción directa de masas.
Banderas rojas, banderas negrirojas, slogans y pintadas en las universidades. Por cierto. Pero también barras de fierro y cascos para aguantar una represión que nada tuvo de picnic: más de 2500 arrestos y más de trescientas condenas.
Precio a pagar por una lucha a la cual nadie garantizaba un futuro promisorio.

ODIOS VISCERALES

Caída la careta de la democracia maquillada, la derecha empleó métodos abiertos y secretos que tenía guardados en el cajón. Hacia la opinión pública la vocinglería acusando a los trabajadores y a los jóvenes de "impedir la reforma" y de "sustituir a los representantes del sistema democrático". De nada sirvió. Como de nada sirvieron tampoco los medios de comunicación lameculos y otros llantos de cocodrilo ante la "dictadura de la calle". Es decir, el pueblo en las avenidas.
Un punto más oscuro y aun incierto: la utilización, por parte del poder, de bandas de lúmpenes reclutados en el conurbano parisino para participar de las manifestaciones...y saquear a los jóvenes manifestantes. Elemento significativo: esas bandas que entre octubre y noviembre del 2005 quemaban jardines de infantes y coches de pobres en el conurbano de París, sin tocar una sola propiedad del poder, se dedicaron a asaltar a los manifestantes aislados. Sin que la policía haya actuado ni una sola vez.
Como en los años 30, cuando el fascismo proclamaba que "mejor Hitler que el Frente Popular", la tensión de las últimas semanas y el "parfum" de victoria de la calle sobre el poder, abre un nuevo capitulo allí, donde nadie lo pensaba. El de las calles cubiertas de pueblo y banderas.

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