EDITORIAL
EL OTRO SEÑOR "K"
Pocos niegan ya que los EE.UU. sufren una crisis de
dominación, dado que a pesar de su poderío militar, mayor al del resto de las
potencias de la Tierra juntas, no logran establecer un control estable sobre
las regiones donde están los recursos naturales que el gran capital demanda
para su reproducción.
Las estrategias de Washington fracasan particularmente donde más ha invertido,
como se produce en Irak, donde el gobierno títere no logra establecerse, pero
no sólo allí. Todo Medio Oriente se ha convulsionado: el antiyanquismo de Irán,
la continuación de las acciones rebeldes en Afganistán, la mirada torva del
gobierno sirio, el histórico fracaso del intervencionismo israelí en el Líbano,
con su secuela de crecimiento de Hezbollah y de la izquierda y el consiguiente
debilitamiento del gobierno occidentalista. En los territorios palestinos, la
situación se vuelve incontrolable ante la confrontación de las dos principales
fuerzas políticas, a causa del fracaso de las "hojas de ruta" y otros inventos.
En Asia, solo mencionaremos ahora el determinante crecimiento del poderío económico
y político global de China y en América Latina los procesos de Venezuela, Bolivia,
Ecuador y Nicaragua, que se suman a la Cuba revolucionaria en la incorporación
de cambios profundos de sentido popular y antimperialista.
Resulta trascendente el curso de Venezuela al socialismo de este siglo y la
normalización paulatina y firme de la economía cubana, unida al crecimiento
de su prestigio internacional.
A contrario sensu, los norteamericanos perdieron la bandera de los derechos
humanos y son cuestionados tanto por sus actos criminales en Guantánamo como
por los bestiales ahorcamientos de los ex gobernantes de Bagdad, entre otros
delitos de lesa humanidad por los que Bush y sus secuaces deberían ser condenados.
Internamente, los republicanos perdieron las elecciones y la mayoría parlamentaria,
y el descontento es creciente por las guerras y por las falencias de la economía.
Este cuadro no le quita a EE.UU. el carácter de única superpotencia global,
pero limita seriamente, como decimos, su capacidad para el ejercicio de una
dominación estabilizada. No desconoce que se implementa un plan de militarización
de Sudamérica, de agresión a la biodiversidad amazónica, o de despliegue de
estrategias que vienen a relevar al fracasado Alca, pero pone de manifiesto
la debilidad aquiliana de los talones del gran dominador.
En el debate en EE.UU. sobre la situación en Irak, se han registrado posiciones
como la de la Comisión Especial del Congreso, que reconoce el fracaso y recomienda
una paulatina retirada, o la de los miles de participantes de la gran movilización
antibélica cuyas figuras principales fueron Jean Fonda, Susan Sarandon y Sean
Penn, para solo mencionar algunas expresiones.
Ahora, la reacción de los acorralados "halcones" se produce mediante la posición
del tristemente célebre Henry Kissinger.
Este nefasto personaje, viejo agente del negocio armamentista, sobrepasa los
propios dichos de Bush. Ya no se trata de estar en Irak para colmar de "democracia
y libertad" a su pueblo, sino que desde una peligrosa sinceridad el nuevo discurso
justifica el envío de veinte mil soldados más "como expresión del interés nacional
de los EE.UU.", dado que se trata de una región "de cuyas reservas de energía
dependen las democracias industriales". A confesión de parte, relevo de prueba.
Como engendro horrible del salvajismo capitalista el ex secretario de Estado
propone una "diplomacia" basada en el poder de las armas, para atemorizar a
Teherán y Damasco con una opción de hierro: una "pax americana" o los bombardeos
indiscriminados, como sufrieran los Balcanes o más recientemente las poblaciones
civiles y los centros neurálgicos de Irak o Afganistán.
Queda claro que esta es la expresión descarnada de la crisis civilizatoria que
afecta al capitalismo, cuya condiciones actuales de reproducción necesitan inexorablemente
de la guerra y la agresión.
Pero también se evidencia que crece el espacio para impulsar una lucha antimperialista
y por la paz, donde tienen lugar relevante los pueblos del mundo -incluido en
un lugar crucial el de los EE.UU.- que pueden y deben hacerse oír para frenar
la barbarie anunciada.
Esas voces seguramente confluirán con el nuevo torrente de humanidad que expresa
el proyecto de socialismo del siglo 21 cuya vanguardia reside hoy en las entrañas
mismas de nuestro América Latina.
Nuestro deber es impulsar un gran movimiento de paz y solidaridad, por el derecho
de los pueblos a ser dueños de sus recursos naturales y de la autodeterminación
de su destino, por un planeta habitable donde no haya lugar para productos despreciables
del capitalismo, como Bush, Kissinger y todas las alimañas de ese tenor que
todavía cuentan con el poder de expoliación y de muerte.