POLITICA
NACIONAL
HABIA SUBIDO LA FIEBRE (LA INFLACION)
ROMPIERON EL TERMÓMETRO
Por Fabián Amico
La inflación "K" -como se llamará de ahora en adelante- fue en enero del 1,1
por ciento, una minucia si se piensa en todo el alboroto que le precedió. Eso
sí, significa cierto cambio drástico en los "usos y costumbres". Antes, la metáfora
al uso siempre había sido la misma: presentar a la inflación resultante de un
"recalentamiento" de la economía, como si fuera la fiebre que padece un enfermo.
La derecha más recalcitrante sugirió invariablemente la misma receta: "ajustar"
la dieta, el agua, poner mucho hielo, "detener la actividad" (inducir recesión)
del "paciente" hasta que el tipo inevitablemente... fallece. "Sí, pero la fiebre
baja", respondían con brutalidad frente al cadáver efectivamente frío. La receta
de Kirchner es una insólita salida para la tradicional metáfora: "Subió la fiebre
(la inflación)...¡rompamos el termómetro!". Aun así, la cifra informada por
el Indec (Instituto Nacional de Estadísticas de Cristina), tuvo que computar
ciertas subas en alimentos, prepagas y turismo. Uno de los aumentos más fuertes
se registró en la Canasta Básica Alimentaria (CBA), que subió 2,6 por ciento.
El año pasado, el turismo había explicado 17 por ciento del aumento de precios,
pero ahora, con el índice "adecuado" apenas midió 3,7 por ciento. "El resultado
despertó dudas entre los economistas", dijo con infinita piedad el diario Clarín.
LA HISTORIA OFICIAL
La versión oficial es que el Ministerio de Economía separó de su cargo a Graciela
Bevacqua, la funcionaria encargada de medir la inflación en el Indec, porque
se habría negado a implementar "cambios metodológicos". Ahora todo el mundo
sabe que Bevacqua fue desplazada por negarse a informar a la Secretaría de Comercio
Interior la lista de los locales y comercios que los encuestadores visitan para
relevar los precios. Desde el año pasado, y en sucesivas oportunidades, la funcionaria
fue presionada para que informara los nombres de empresas y los puntos donde
se toman los precios. Luego, los funcionarios oficiales visitarían esos comercios
para "sugerirles" que no aumenten. De ese modo, se lograrían datos más "alentadores"
sobre la marcha de la inflación. Beatriz Paglieri, la funcionaria designada
para reemplazar a Bevacqua, se presentó como "delegada de la ministra de Economía",
cargo inexistente en el organigrama del Indec. Fue un verdadero "golpe de Estado"
al IPC (Indice de Precios al Consumidor). Así, Bevacqua fue desplazada por defender
técnicamente la validez de los índices y por negarse, amparándose en la ley
del secreto estadístico, a darle a Comercio Interior la lista de locales y comercios
que los encuestadores visitan para relevar los precios. La maniobra es tan torpe
que ni siquiera se tomaron el trabajo de poner a alguien con experiencia en
el tema: Bevacqua (una funcionaria con treinta años de carrera) será reemplazada
por Paglieri, ex directora de Gestión Comercial Externa del gobierno de De la
Rúa que más tarde tuvo un paso fugaz en el gobierno bonaerense de Solá como
subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales.
Así salió el benévolo índice "K": con el personal dedicado a elaborar el índice
trabajando "escoltado" por policías de civil y patrulleros estacionándose en
la puerta del organismo junto a una veintena de policías uniformados. Los trabajadores
igual protestaron. El ministro del Interior, Aníbal Fernández les salió al cruce:
los trató de "mafiosos" y "forajidos" porque los técnicos del Indec advirtieron
que divulgarían el índice "real" de precios si el gobierno intentaba alterar
los resultados. "Me molesta que una banda o una mafia intime al presidente.
No aceptamos aprietes de mafias", dijo el ministro que del tema sabe.
El gobierno no cuestiona los indicadores económicos del Indec que son positivos
o muy positivos. No son cifras "dibujadas": surgen de procedimientos y metodologías
usuales a nivel internacional. Esas cifras reflejan verazmente el actual ciclo
favorable de la economía argentina. Pero a los funcionarios les resulta insoportable
que la inflación no exhiba los mismos alentadores resultados (y con ella los
niveles de pobreza y los salarios), aun medida con los mismos incuestionables
procedimientos.
En una Argentina con una estructura social extremadamente sensible al alza de
precios, el gobierno instala así una inflación "real" y otra "oficial" y "ensucia"
el terreno, desdibujando la todavía grave realidad social que el modelo en vigencia
no alcanza a remediar. Por supuesto, el índice de inflación seguirá siendo un
problema en el actual modelo de dólar alto, pero el gobierno ha logrado que,
de aquí en adelante, nadie sepa en verdad cuál es su magnitud real y, por tanto,
cuáles serán sus efectos sobre la dinámica económica, social y política.
UNA VARIABLE CRUCIAL
Dentro del actual modelo económico, una inflación creciente tiene efectos devastadores
en varios planos. En primer lugar, cuando la inflación minorista sube, automáticamente
aumenta el número de argentinos que caen debajo de la línea de pobreza e indigencia.
Esto tiene el agravante de que para estudiar la inflación es necesario previamente
estudiar los gastos de las familias para saber cómo llenar la canasta. Pero
la canasta de la inflación minorista se basa en una encuesta de gastos de los
hogares del año 1996, con lo cual la inflación que difunde el Indec refleja
las pautas de consumo vigentes hace una década. Y no hace falta ser un genio
para darse cuenta que el gasto en alimentos de las familias, como proporción
del ingreso, es hoy muy superior al de 1996. En conclusión, con estas correcciones
los niveles reales de pobreza, aunque menores a los de 2001, serían superiores
a lo que indican las estadísticas actuales: se ubicarían en un mínimo de 16
millones de pobres en lugar de los 12 millones que registran los organismos
oficiales.
En segundo lugar, una inflación creciente en un contexto de salarios reales
bajos encamina al país hacia un agudo conflicto social, lo que, además, prueba
que el alza de precios no es causada por la "presión" salarial. Una inflación
baja permite combinar "armoniosamente" las diversas articulaciones del modelo
actual: facilita el mantenimiento de un dólar alto y competitivo, estimula la
creación de empleo y torna manejable el control del salario. Una inflación persistente,
en cambio, deteriora la competitividad y provoca retraso cambiario, obstaculiza
el crecimiento, deteriora aun más el salario real y propicia pujas por la recuperación
de ingresos.
Por otro lado, la necesidad de "dibujar" una inflación baja también responde
a la necesidad de reducir la indexación de los bonos de la deuda externa mediante
el CER (un coeficiente que sigue a la inflación interna), ajuste que ante el
aumento de un punto porcentual del IPC cada mes genera un aumento de 500 millones
dólares de intereses. Y lo que es peor: la inflación desata todas estas contradicciones
en un año electoral. Sin embargo, nada de esto justifica la grotesca acción
oficial. El gobierno resolvió abolir el derecho popular a la plena disponibilidad
de información demográfica, económica y social confiable. No casualmente, el
ente estadístico podría perder el aval internacional, ya que los titulares de
las oficinas de estadísticas de varios países -como Canadá, Francia y EE.UU.-
empezaron a considerar la posibilidad de retirar la colaboración externa y el
"sello de calidad" que recibe el Indec. "Aca no estamos midiendo solo la inflación
-dijo un viejo funcionario del Indec-, estamos midiendo cuanto puede o no Kirchner
hacer las cosas bien. En este pequeño cuarto se puede definir una elección".
Aun así, este grosero golpe de mano sobre el Indec, no solo daña el principal
capital que debe tener un instituto de estadísticas, como es su credibilidad,
sino que daña mortalmente la credibilidad del propio gobierno.
SE DISPARAN LOS PRECIOS DE LOS ALIMENTOS
UNA MIRADITA AL MUNDO REAL
Además de los taxis, las prepagas, los cigarrillos y los servicios turísticos,
en los primeros días del año los encuestadores del Indec hallaron aumentos de
entre 34 y 165 por ciento en productos de la canasta básica y el dato alarmante
reside en que comienza a consolidarse una tendencia de sostenidas alzas en bienes
de consumo masivo. Ya desde noviembre y diciembre, los alimentos escalaron más
que la inflación. Por caso, la lechuga aumentó 165 por ciento, limón: 96 por
ciento, zanahoria: 51 por ciento y tomate: 34 por ciento, entre otros.