EDITORIAL
LOS NERVIOS DEL IMPERIO
El imperio está nervioso y, según todo parece indicar, también está decidido
a correr hacia adelante en un momento en el que su estructura comienza a exhibir
significativas grietas. Empantanado en Irak y Afganistán, con un liderazgo mundial
seriamente cuestionado y con cada vez menos aliados, el presidente George W.
Bush persevera en el intento de terminar su gestión al frente de la Casa Blanca
con una nueva cruzada. Esta vez la bravuconada es contra Irán, pero a diferencia
de otras invasiones que caracterizaron su mandato, ahora no logra encontrar
muchos adherentes adentro ni fuera de las fronteras de EE.UU.
En este contexto, los funcionarios del Departamento de Estado yanqui no dejan
de vociferar y rasgarse las vestiduras por las reiteradas muestras antimperialistas
que rodearon la reciente visita de su presidente a Latinoamérica. El periplo
en el que Bush pretendió promocionar su nueva estrategia para las Américas,
no escondió el intento de promover acuerdos que permitan destinar áreas de la
región donde se cultivan materias primas alimenticias a la producción de biocombustibles.
Con esto no solo espera reemplazar el petróleo que EE.UU. tiene que importar
hoy desde Venezuela, sino reducir el peso que la República Bolivariana ganó
en Nuestra América.
Pero la movilización popular y la presencia del presidente Hugo Chávez en la
Argentina con el importante acto celebrado en el estadio de Ferro opacó la devaluada
gira de Bush, al tiempo que se convirtió, una vez más, en un elocuente ejemplo
que manifestó la voluntad unitaria y antimperialista de nuestros pueblos.
No es novedad que cuando alguien estornuda en Washington, hay algunos que se
resfrían en nuestro país. No resulta sorprendente, entonces, advertir como,
con la gripe que aqueja por estos días a la Casa Blanca, esos mismos promotores
de las relaciones carnales terminen padeciendo una neumonía que los pone al
borde de la internación o al menos del delirio.
Muestras de ello recorrieron los editoriales de medios de información preocupados
por el camino que parecen recorrer las relaciones internacionales de la Argentina,
que no se ruborizaron a la hora de hablar de las implicaciones negativas que
lo ocurrido durante la vista de Chávez puede acarrearle a nuestro país. Pero
eso no fue todo, ya que sin exhibir al menos un dejo de pudor, esos mismos voceros
gastaron ríos de tinta para poner como punto de referencia de esta situación
calamitosa a la queja planteada por el número tres del escalafón del Departamento
de Estado yanqui, el inefable Nicholas Burns. No se trata de otros que aquellos
que, abroquelados en lo más insultante de la derecha vernácula, apelan a los
argumentos más descabellados para pretender justificar las atrocidades cometidas
por la dictadura instaurada en 1976 y su plan de exterminio destinado a imponer
el neoliberalismo como modelo económico social en la región. Son los mismos
que aún permanecen enquistados en el Poder Judicial para obstaculizar que la
justicia alcance a los genocidas y para garantizar hoy la impunidad que gozan
desde hace tres décadas.
Contra eso marchamos nuevamente el 24 de marzo, pero también por la vigencia
de los derechos humanos de ayer y hoy, porque desde nuestro Programa y con un
espíritu unitario, reafirmamos nuestra férrea voluntad de continuar en la tarea
por aportar a la construcción de una alternativa política basada en la amplitud
y profundidad, porque pese al nerviosismo del imperio, el pueblo unido nunca
va a ser vencido.