EDITORIAL
LA DERECHA INTENTA
Tras dos años de pontificado en los que casi no dejó
Europa, Benedicto XVI realiza un viaje pastoral a Brasil, su primera visita
a un continente que tuvo como huésped en reiteradas ocasiones a su antecesor,
el mediático Juan Pablo II.
No tan afecto a la exposición, pero no menos ortodoxo que el papa polaco, Joseph
Ratzinger escoge meticulosamente dónde ir cada vez que abandona el Vaticano.
En todos los casos, la decisión se vincula con una singular cruzada contra la
descristianización, prioritaria en la agenda del Sumo Pontífice. Aunque en esta
oportunidad el objetivo formal es la inauguración de la 5ª Conferencia del Episcopado
de Latinoamérica y Caribe (Celam), a nadie escapa que Benedicto XVI cruzó por
primera vez el Atlántico, para disciplinar -tal como lo hizo tres décadas antes
su antecesor- cualquier atisbo de resistencia a la línea ultraortodoxa que plantea
su pontificado y para alentar la revitalización de los sectores más tradicionales
de la Iglesia que, en algunos países de la región comienzan cada vez más abiertamente
a ser protagonistas del debate político.
En este marco, no llama la atención que la 93 Asamblea de la Conferencia Episcopal
Argentina realice una exhortación pastoral sobre el compromiso ciudadano y las
próximas elecciones, en la que además de arremeter con sus viejas banderas contrarias
a la despenalización del aborto y homofóbicas, la Iglesia insiste en que está
pendiente la deuda de la reconciliación, basada según el propio Benedicto, al
que cita, en el perdón. Así, la incidencia del Episcopado porteño en la puja
electoral de la Ciudad de Buenos Aires se presenta como la consecuencia necesaria
de una estrategia de intervención directa. Los sectores del poder culturalmente
más conservadores de la Argentina toleraron el menemato de los 90 porque se
presentaba como el actor más idóneo a la hora de garantizar la puesta en marcha
de las medidas que terminaron de imponer el neoliberalismo. Hoy pretenden jugar
a ganador en la Ciudad, propiciando la posibilidad de una segunda vuelta entre
dos claras manifestaciones de la derecha, las fórmulas Telerman-Olivera y Macri-Michetti,
pero también redoblan su apuesta y parecen dispuestos a poner todas sus fichas
al espacio que se construya de aquí a octubre en torno de Elisa Carrió.
Se trata, entonces, no solo de la pretensión de recuperar el terreno que la
lucha popular le arrancó al neoliberalismo durante los últimos años, sino también
de avanzar en una suerte de restauración cultural claramente funcional a la
estrategia capitalista y profundamente reaccionaria: un capitalismo del nuevo
siglo, al estilo de la restauración encabezada en Francia por Nicolás Sarkozy.
De este modo, de lo que se trata es de la instauración, en los albores del Bicentenario
de la Revolución de Mayo, de una sociedad de base neoliberal, como en los 90,
y una superestructura fundamentada en valores conservadores. Una restauración
cuya herramienta es preciso desarticular a partir de una propuesta política
amplia que no carezca de profundidad; que tienda a la construcción de unidad
de los sectores populares.