EDITORIAL
BLANCO Y NEGRO Y LOS MATICES
"En América Latina, la derecha nos ha perdido el respeto
y la izquierda nos ha perdido el miedo (…) yo trataría de restaurar un poquito
de ambas cosas haciendo cumplir nuestras políticas". La frase dicha no hace
mucho por el ex jefe de asesores para América Latina de George W. Bush, el genuino
producto de la gusanera de Miami, Otto Reich, puede ser cualquier cosa menos
azarosa.
La reciente desclasificación de parte de los archivos que la CIA guardó celosamente
durante décadas, que asépticamente dan cuenta de una horrible nómina de atentados,
crímenes, invasiones, violaciones a lo derechos humanos y aun a los derechos
civiles de los propios ciudadanos estadounidenses, se inscriben en una lógica
a la que el imperio no echa mano por primera vez: evidencia y amenaza.
Con meridiana lucidez, el comandante Fidel Castro no tardó en salir al cruce
de esta nueva maniobra, y en su minucioso análisis, puso blanco sobre negro
la impunidad con que se movió y continúa haciéndolo EE.UU. Fidel denunció el
carácter sistemático, inescrupuloso y funcional a la dominación global que tuvo
y tiene el accionar de este brazo institucional de Washington.
Tal como ocurrió en aquellos años, hoy nuestro país y su región, no están exentos
del alcance del estas estrategias. La imposición de la Ley Antiterrorista como
condición para que se habilite la posibilidad de inversiones es un ejemplo más
que elocuente de que, más allá de todo, el zorro no pierde sus mañas.
En los antípodas, las políticas de integración de Nuestra América que tanto
asustan a Otto Reich postulan políticas solidarias a partir de la creación de
herramientas novedosas y concretas como el Banco del Sur. Pese a las contradicciones,
se trata de búsquedas válidas que no hacen otra cosa que transitar el camino
de una construcción alternativa a las instituciones y mecanismos de dominación
económica, política y cultural de las que el imperio se vale desde hace décadas
para someter a nuestros pueblos.
En la Argentina, embarcadas en un proceso de recomposición de su propia crisis
de representación política, las clases dominantes apuestan fuerte a la configuración
de una alianza en la que, superando atávicas desconfianzas, se encuentran la
Iglesia, la industria massmediática y la derecha de los negocios.
Mientras tanto, pese a valorables experiencias que se desarrollan en distintos
puntos del país, en la izquierda continuamos padeciendo una grave crisis estratégica
que nos lleva a favorecer la irrupción de expresiones de la derecha, tal como
ocurrió en la reciente elección porteña. No se trata de un dato menor, en los
días posteriores a la segunda vuelta, la prensa estadounidense se alborozó de
la grieta abierta en la Argentina que viabilizaría una eventual ruptura de nuestro
país con los nuevos aires de liberación que recorren la región.
Es verdad que la derecha vernácula tiene en su agenda trabajar por la recomposición
del respeto hacia EE.UU. que reclamó Otto Reich. En esa dirección se inscribe
la conceptuosa carta de Mauricio Macri le envió al titular del Ejército, general
Roberto Bendini, durante la semana previa al balotaje. Pero no es menos cierto
que en una gestión gubernamental encabezada por cualquiera de los matices de
esa misma derecha, el juicio al genocida Von Wernich sería impensable.
Así las cosas, la izquierda tiene sus desafíos: la gran tarea es reunir fuerzas
incansablemente para generar el programa y la propuesta que desde el campo popular
pueda frenar a la derecha y avanzar en la construcción de una masa crítica que,
desde la mayor amplitud y profundidad, definitivamente ponga a nuestro país
a tono con el proceso que se consolida en Nuestra América.