EDITORIAL
LA FIESTA DE ELLOS
En medio de un clima entusiasta, la derecha vernácula
celebró su Día de la Independencia, el lugar de la fiesta fue la embajada de
los EE.UU. y el anfitrión Earl Anthony Wayne, el homónimo del recio cowboy que
en el celuloide y hasta el hartazgo asesinó a cuanto piel roja se le cruzó por
el camino.
El caso es que este Wayne, el de carne y hueso, eternamente más peligroso que
aquel, cumplió al pie de la letra con su tarea de custodio de esta parte del
patio trasero, y en el día de su independencia se dedicó a contarles las costillas
a sus acólitos locales, que solícitos y exhibiendo amplias sonrisas, concurrieron
a la sede diplomática para rendir pleitesía al imperio.
Nada de esto debe sorprender, quienes desfilaron bajo la bandera de barras y
estrellas que simboliza la garantía de los privilegios de que gozan a expensas
del pueblo, no son otros que aquellos que, día a día, desarrollan desde distintos
papeles una tarea funcional a esa política. Pero no son solo eso. También son
los mismos que se alarmaron cuando ante un amplio arco del campo popular que
colmó el mundialista de Mar del Plata, el presidente Hugo Chávez anunció el
socialismo del siglo 21, o cuando más tarde, denunció la ingerencia de EE.UU.
en la región desde la cancha de Ferro. Washington tiene una postura muy clara
que hace unos días hizo pública Condolezza Rice: Latinoamérica tiene su propio
Eje del Mal integrado por Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, y nuestro
país se ubica en el límite, en un inestable equilibrio. En todo caso, cada quien
elige dónde estar y ellos optan por la embajada. Un poco más lejos del terreno
de lo simbólico, en cuestiones de agenda, los invitados a la embajada y el pueblo,
nos encontramos en la misma mesa, aunque sentados en distintos lugares. El Consejo
del Salario pone nuevamente en puja al capital y el trabajo, ya que a la luz
de que los logros obtenidos en negociación paritaria son devorados día a día
por la creciente carestía, el centro de gravedad del debate se profundiza en
la recomposición salarial, pero también en la persistencia de un alarmante porcentaje
de trabajadores que perciben ingresos en negro. Se trata de un debate de fondo
que necesariamente va de la mano con otros que están a la orden del día, como
lo insostenible que es mantener el esquema planteado en los 90 con la privatización
de las empresas del Estado, que con el correr de los años demostró que solo
trajo ineficiencia, corrupción y, por sobre todo, una inaceptable pérdida del
patrimonio y el fruto del trabajo de los argentinos.
No es un debate menor y está atravesado por todo lo que conlleva un año electoral
en el que, cebada con la victoria que obtuvo en la Ciudad de Buenos Aires y
con el superlativo poder que le brinda la industria massmediática dispuesta
a su servicio, la derecha como manifestación política de las clases dominantes
practica una abierta tarea con la que pretende horadar la conciencia popular,
aun vaciando de contenido categorías que son exclusivamente propiedad del pueblo
y su lucha.
De este lado, la izquierda y el conjunto de los sectores populares, avanzamos
en la formidable tarea de superar la crisis estratégica que padecemos. En el
camino de aportar en tal dirección se inscriben distintas y ricas experiencias
desarrolladas durante los últimos meses en diferentes puntos del país, y también
el encuentro celebrado el martes 10 entre los secretarios regionales del Partido
Comunista y la dirección nacional de la FJC, donde no estuvo ausente el debate
en torno del posicionamiento electoral del Partido de cara a octubre, momento
que sin duda, nos va a encontrar codo a codo con quienes no asistieron a la
fiesta.