EDITORIAL
VALIJA NEGRA
Queda claro que habrá muchos más gatos negros que se crucen en el camino de
la construcción del proceso liberador en América Latina. Del mismo modo que
no es menos cierto que de las entrañas mismas de ese proceso deberán nacer las
recetas que arranquen de cuajo cualquier práctica cultural que pueda interferir
u opacar su desarrollo.
El episodio de la valija que involucró a funcionarios argentinos y venezolanos
es un ejemplo que abona con suficiente contundencia estos postulados, y también
persigue interferir en la relación entre ambos países. Si se rasca un poco la
superficie de los titulares que con singular cinismo depositaron en las primeras
planas de sus matutinos las principales empresas informativas del país, se podrá
encontrar la mano negra de los servicios de inteligencia yanqui, pero también
una pesada rémora de lo viejo que la Revolución Bolivariana trabaja desde hace
más de una década por demoler.
La corrupción es un fenómeno inherente al modo de producción capitalista desde
su propia génesis y forma parte medular en la maximización constante de la ronda
de negocios que es indispensable para la expansión del capitalismo globalizado.
Es falso que la esencia de esta etapa del capitalismo esté en la negociación,
ésta reside solo en la imposición a cualquier precio. De este sencillo, pero
contundente, dato de la realidad se desprende entonces que no es desde la cultura
del capitalismo desde donde se podrá censurar y menos combatir, al menos honestamente,
la corrupción.
La teoría neoliberal reconoce las crisis que provoca, pero a ello contrapone
una pueril tesis: la existencia invisible de la mano del mercado, rectora de
la sociedad por medio de sus fuerzas autorreguladoras, que traerá finalmente
la armonía. Con un carácter poco menos que religioso, demanda fe y sumisión
a sus imposiciones, y así la corrupción, una mercancía más, también será disciplinada
por el omnisciente mercado. Un principio válido para cualquier variante del
capitalismo, aun en su expresión de Tercera Vía.
Los pueblos latinoamericanos conocemos cabalmente cuáles son los resultados
de esta receta, pero también sabemos que los anticuerpos necesarios para derrotar
las consecuencias de su aplicación están en el tuétano mismo de los propios
procesos revolucionarios, que por medio de la generación de poder popular y
una nueva institucionalidad, verdaderamente democrática, deben profundizarse
hasta borrar toda rémora de la cultura capitalista.
Pero también tenemos claro que, hoy como nunca, habrá que estar muy atentos
para curar en sano cualquier maniobra desestabilizadora del imperio, que está
dispuesto a arrojar no solo gatos negros en el irrenunciable camino de liberación
emprendido en Nuestra América.