HOMENAJES
SILVIA BLEICHMAR, su fallecimiento
No habrá ninguna...
Por Alfredo Grande,
especial para Nuestra Propuesta.
Si
la vida es eso que pasa mientras pensamos en otra cosa, podemos decir que a
Silvia Bleichmar la vida le pasó siempre pensando en varias cosas. Siempre aquellas
que hacían ruptura con las formas convencionales de pensar la realidad. A mi
criterio, ella no difundió el sicoanálisis, sino que su especial concepción
del sicoanálisis la obligaba, dulcemente obligaba, a difundirlo. Si bien era
rigurosa al extremo, por momentos de una lectura difícil por lo comprometida,
su mayor interés era que sus escritos pudieran llegar a los que hacen del pensamiento
la aventura más preciada. Esta democracia parida de nalgas nos devolvió a Silvia,
junto con muchos otros intelectuales a los cuales el exilio les brindó aquello
que el desarraigo podría haber eliminado. El coraje de cuestionar desde las
herramientas que la ciencia construye. Pensamiento duro, pero no obstinado.
Podía cuestionar lo básico, sin que por eso desapareciera lo esencial. El sicoanálisis,
denigrado hasta el extremo por los sicarios de las diferentes formas del adaptacionismo
político y social, encontró en Silvia un hueso imposible de roer. Su complejidad
conceptual avanzó sin desmayos, y siguió escribiendo y enseñando hasta que su
mente dijo basta. Pero solamente por un intervalo, no mucho más que eso. Intervalo
que será el tiempo necesario para retomar sus textos, sus charlas, sus dedicatorias,
sus prólogos, o directamente para seguir navegando-asociando libremente por
su página web.
En mi relación con ella, debo destacar su generosidad. Intelectual y afectiva.
Leyó mi primer libro, con la curiosidad entusiasta de los sabios. Y decidió
presentarlo, en una memorable noche de 1996 en Liberarte. Hizo lo propio con
el tercero, en la sede de Atico. Comparto dos situaciones que dan una semblanza
de porqué no habrá ninguna igual. En mi texto, hay un aforismo implicado: «el
extremo es el punto medio de una serie infinita», Silvia lo leyó diciendo que
era extraordinario. Con un reflejo instantáneo, le pregunté: «¿podés explicarme
que quiere decir? La carcajada del público y la de Silvia también fueron el
preámbulo de una explicación contundente sobre lo que yo había escrito. La segunda
es en este momento, particularmente emotiva. Lo recordamos con la presidenta
de Atico, la licenciada Susana Gerszenzon, cuando fuimos a despedirla a Silvia
y darle un abrazo a Carlos, su compañero de siempre. Terminando una de las actividades
en la cooperativa, Silvia dice: «cada vez que vengo a Atico, en mi casa me dicen
que llego más joven». Así nos sentíamos cuando teníamos una charla o, en este
presente sin escucharla, leemos algo de Silvia: más jóvenes. Muchos más jóvenes
de espíritu, de pensamiento, de deseos. Por eso pienso que no habrá ninguna
igual. Y algo de nosotros albergará por siempre su incansable espíritu de militante
del pensamiento revolucionario. Porque cada paradigma que Silvia demolía era
una batalla ganada a la cultura represora. Y por ella y gracias a ella, seguiremos
el combate hasta la victoria sin final.