EDITORIAL

 

DILEMAS Y ALTERNATIVA

La reconstrucción del Estado constitucional democrático y el desarrollo de lo que definió como un modelo de construcción económica y social, que en oposición a las recetas de los 90 se caracterizaría por la acumulación y la inclusión social y no por la transferencia de recursos, son dos de los ejes centrales del mensaje electoral de Cristina Fernández.
De acuerdo a sus propios postulados la estrategia consiste en apuntalar estas iniciativas en un acuerdo entre capital y trabajo en el que el Estado tendría el papel de mediador, en algo que la candidata oficialista define como un pacto social.
Así las cosas, el cambio recién comienza postulado por la senadora Fernández, alude a un modelo de gestión que, aunque alejado de la liturgia peronista, pretende actualizar el perfil keynesiano que Juan Domingo Perón desarrolló, sobre todo, en 1945 y durante los primeros meses de su tercera presidencia.
Vale preguntarse si esta actualización es viable en momentos en que quizá no existan, al menos como tales, los principales actores que otrora le dieron sustento. La actual gestión sigue priorizando como interlocutor al aparato empresarial sindical de la CGT en detrimento de la CTA, al tiempo que organismos de pequeños y medianos empresarios como, entre otros, Apyme y Federación Agraria Argentina ni siquiera son tenidos en cuenta y mucho menos aquellas organizaciones que reúnen al cooperativismo.
De todas maneras, el discurso de la candidata connota puntualmente la clara formulación de una suerte de nuevo mito fundacional de un peronismo sin su iconografía clásica, fundamentado en nuevas verdades como la alianza entre mercado interno y sector exportador o desarrollo agropecuario, pero también industrial. Ganar dinero no debe ser considerado pecado, dijo recientemente la senadora ante seiscientos empresarios en el Encuentro de Idea, pero aún no especifica cómo puede hacer para ganarlo el grueso de una sociedad en la que, pese al innegable descenso de la tasa de desocupación, son una verdad aun más contundente la mala calidad de las condiciones laborales caracterizadas por un 48 por ciento de trabajo en negro y el salario agredido constantemente por la carestía.
La clave, y esto no está incluido en el glosario de campaña de Cristina Fernández, sigue siendo la distribución de la riqueza, algo para lo que, sin dudas, es necesario afectar intereses.
Así, este momento fundacional insinuado por la candidata tiene, según ella, su génesis en un modelo económico de autonomía razonable que nos permita la menor vulnerabilidad posible. Es entonces que cobra relevancia el encuentro que sostuvo con el postulante a titular del FMI Strass Kahn, un hombre honesto que puede reformular el organismo. Pero también la agenda que desarrolló días pasados en Austria y Alemania, donde estuvo en el orden del día la pendiente renegociación de la deuda con el Club de París que obliga a rendir cuentas ante el Fondo. Así, el dilema de la próxima gestión, será negociar con o sin el FMI.
Pero la estrategia K para los próximos cuatro años tiene también otra prioridad. Le va a corresponder entonces al actual presidente la labor de disciplinar un frente interno atravesado por caudillazgos reacios a la hora de conformar una fuerza política homogénea, una tarea compleja en la que deberá enfrentar nuevamente a quien sigue considerándose su traicionado mentor, Eduardo Duhalde.
Queda claro entonces que una probable gestión gubernamental de Cristina Fernández va a presentar similares limitaciones que aquellas que atravesaron a la de su predecesor. Se trata de aspectos medulares de la concepción política de una Tercera Vía a la criolla sobre cuyas contradicciones se puede avanzar, pero para ello, es imperioso construir una fuerza lo suficientemente amplia y profunda, que desde la política plantee una verdadera alternativa.

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