Tareas y desafíos de la hora

Sindicales y Territorio
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El autor de esta columna, el secretario Sindical del Partido Comunista, Mario Alderete, analiza el momento que atraviesa la región y nuestro país, al tiempo que reflexiona sobre la necesidad y posibilidad de avanzar en la construcción de una propuesta política alternativa de carácter post-capitalista, popular, de liberación nacional y de integración latinoamericana.

Una realidad incontrastable recorre el subcontinente latinoamericano y caribeño, cuyos pueblos han reconocido y comprobado, con avances y conquistas, la instauración  de gobiernos progresistas alejados del llamado Consenso de Washington y enfrentados al dominio imperial del Alca.

Se comenzó a vivir en la región casi al final del siglo 20 y comienzo del 21, un cambio de época que no ha llegado a su término definitivo a pesar del avance que en estos últimos años logró la derecha cipaya, nacional e internacional, a través de diversos caminos, formas y métodos, cuyas consecuencias debemos analizar con una mirada crítica y autocrítica, no solo  para frenar la ofensiva cruel y nefasta neoliberal sino para construir una alternativa de gobierno basado en el poder popular de carácter anticapitalista y de integración latinoamericana y caribeña.

No resulta sencillo tratar de comprender la trascendencia de un tema que cuenta con aristas complejas: los límites que se imponen los gobiernos de carácter reformista o “progresista” cuando, en lugar de radicalizar propuestas de cambio, a fin de superar las consecuencias nefastas que sufren los pueblos latinoamericanos producto del accionar superexplotador del capitalismo en crisis y globalizado, quedan sometidos a los planes desestabilizadores de la derecha nacional e internacional.

De todos modos, cualquier balance tiene que darse a partir del éxito sin precedentes de esos gobiernos objetivamente  anti neoliberales ya que, en el continente más desigual del mundo y en un marco internacional de generalización de  gobiernos neoliberales que aumentaban las desigualdades y la exclusión social, los gobiernos de Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador, lograron disminuir sensiblemente las desigualdades y la exclusión social, a contramano de la tendencia global.

La primera autocrítica tiene que ser hecha por los que no creyeron que esos gobiernos fueran posibles, incluidas algunas fuerzas promocionadas como de izquierda  sustentadas en el trotskismo.

Todos esos sectores que sostenían, por ejemplo, que el gobierno de Lula sería una continuidad del de Cardoso o que el de los Kirchner repetiría el de Menem, se han equivocado profundamente.

Las trasformaciones en esos países fueron las más importantes que han vivido en mucho tiempo y, en consecuencia, los errores que pueden haber cometido los gobiernos anti-neoliberales, tienen que ser enmarcados en ese escenario.

Los triunfos de las fuerzas nacional-populares en alianza con las izquierdas, particularmente comunistas, fueron posibles cuando lograron convencer a la mayoría de la sociedad de que nuestros problemas fundamentales son los de carácter social y que existían posibilidades reales de gobernar teniendo presente, en primer término, las necesidades insatisfechas y agravadas que duramente golpeaban a los sectores sociales desguarnecidos.

Fue así que lograron conquistar el apoyo de la mayoría de la población, ser elegidos y reelegidos sucesivamente.

Cuando la derecha logró desarticular ese consenso e imponer los suyos (echándole la culpa de los gastos excesivos del Estado, la supuesta desorganización de la economía, más el tema de la corrupción), consiguió  obtener victorias políticas.

Pero resulta imprescindible sostener que, en lo fundamental, no fueron las políticas gubernamentales las que han fracasado, sino la incapacidad y la falta de  convencimiento acerca de la necesaria organización de masas por abajo, en cada barrio, en cada centro productivo, en cada escuela o universidad con capacidad de tomar en sus manos la defensa de derechos y conquistas constituyendo de tal forma un verdadero poder popular en aptitud de defender los logros alcanzados y exigir la radicalización de las medidas que aseguraran un futuro superador de la desigualdad e injusticia que impone el capitalismo.

De esa manera, la derecha y todo su poderoso aparato propagandístico -modelador de conciencias- incidió para que se haya perdido el apoyo de gran cantidad de gente beneficiaria de las políticas sociales de los gobiernos y que lograron ascenso social, en particular de aquellas pertenecientes a la mal llamada “clase media”.

 

Pregunta clave

 

Se pueden observar distintos acontecimientos que han tenido lugar en los últimos dos años. En primer lugar, ver a Luiz Inacio Lula da Silva en la cárcel de Curitiba,  escuchar la acusación contra Rafael Correa, las falsas y promocionadas acusaciones contra Cristina Fernández, las amenazas de la oposición nicaragüense, la intensificación de la presión contra el gobierno de Bolivia y el de Venezuela junto a las intenciones de llevar a Maduro ante un tribunal internacional.

Pero asimismo debemos presenciar que, a diferencia de las experiencias antes mencionadas, Cuba mantiene su proceso revolucionario incólume, sin pasar por los avatares de la judicialización de la vida política, que se erigió en parte importante de la política imperial vigente en nuestro subcontinente.

Frente a esta realidad, pensamos que correspondería interpelarnos: ¿resultan válidas las viejas formas y límites de la democracia liberal burguesa para acceder y mantener el poder por parte de la izquierda y los movimientos populares en América Latina?

Después del derrumbe del campo socialista, los partidos de izquierda marxistas-leninistas del continente se vieron obligados, por una cuestión de insuficiente desarrollo de la organización de las masas obreras y populares y de la ideología revolucionaria en la conciencia de las mismas, a someterse a las reglas del juego de la democracia liberal.

En tanto, contemporáneamente, surgieron movimientos de masas de nuevo tipo después de una década de desesperanza del movimiento popular, sobre todo a partir del triunfo de Hugo Chávez -en 1998 en Venezuela- levantando una nueva y justa consigna: Socialismo del Siglo 21, a partir de lo cual se produjo una oleada de gobiernos progresistas.

Luego vino un paulatino declive de esta tendencia, con el consiguiente avance de posiciones de derecha, que se han caracterizado por la actitud revanchista contra los dirigentes de estos movimientos nacional-populares que son perseguidos judicialmente, muchos con acusaciones ridículas prácticamente sin sustento.

Es decir, se trata de verdaderos montajes orquestados por jueces que no tienen empacho en dictar las más drásticas medidas contra los acusados, aunque no cuenten con el respaldo legal necesario: la actuación patética y ridícula del juez Bonadío y las escenas tragicómicas de los famosos “cuadernos” y “arrepentidos”, son pruebas contundentes.

Pareciera evidente que los mecanismos del llamado estado de derecho se encuentran  aceitados para reprimir, no por la vía de instauración de dictadura  militar como era antes, sino por la vía “legal democrático-burguesa”.

 

Cuestión de poder

 

Las seguras formas ideadas por los ideólogos de las grandes corporaciones y los servicios de Inteligencia -hace ya varias décadas- para prevenir la llegada de la verdadera  izquierda al poder, van apurando sus pasos y cerrando sus tenazas: adoctrinan y ganan para sus posturas al aparato judicial, tratan de invisibilizar la acción y las propuestas de la organización partidaria sustentada en la concepción ideológica del marxismo-leninismo y controlan las mentes y corazones de la gente por medio de los medios de comunicación de masas y redes sociales.

Estas son algunas de las formas reaccionarias que se ponen en vigencia, además de las amenazas bélicas del imperialismo norteamericano con la instalación de bases militares.

Debemos tener siempre presente que el escenario que aseguró el ascenso de la pasada ola progresista, fue el de las inconformidades sociales agravadas por la aplicación de las políticas neoliberales en cada uno de los países que conforman Nuestramérica.

Como era de preverse, la reacción no demoró en organizar su contraofensiva y en menos de cinco lustros reactualizó métodos y estilos a fin de implantar el neoliberalismo duro. Las actuaciones de Temer, Macri y el triunfo de Bolsonaro así lo exhiben.

Sin embargo, los nuevos gobiernos representantes de la restauración conservadora, al aplicar sus planes de hambre, desocupación, entrega de riquezas naturales, corrupción, fuga de capitales y represión, van construyendo su propio fracaso y ya comienza a manifestarse un contraste: la votación obtenida por Petro en Colombia y la masiva victoria alcanzada por López Obrador en México, así lo advierten.

De todos modos, la contraofensiva de la derecha –que cuenta con la coordinación y sustento de los gobiernos temporales de EE.UU.‑ también muestra que sus éxitos se dieron donde las debilidades de la izquierda, la dispersión de los movimientos populares o la insuficiente movilización de la clase trabajadora se los permitieron.

Han ocurrido cuando los errores, la insuficiente claridad en los manejos de la cosa pública, la ausencia de radicalización de medidas y cambios estructurales, subestimaciones del enemigo o pérdida de visión estratégica revolucionaria, entre otras cuestiones,  las hicieron vulnerables.

La derecha siempre convivió con las diversas formas de corrupción, pública y privada, lo cual no debe resultarnos novedoso toda vez que la corrupción es parte del capitalismo, lo acompaña como la sombra al cuerpo y aún más en esta etapa de concentración del capital no productivo sino financiero.

En consecuencia, lo que adquiere primacía sobre todas las cuestiones político-sociales en danza, es el tema de quien detenta el poder y no sólo el gobierno, es decir, el poder necesario para emprender transformaciones sostenibles y perdurables, superador del capitalismo, con la comprensión y soporte organizado de la gente. En otras palabras: poder popular.

Sin duda, es bien larga y meritoria la lista de éxitos de la pasada ola progresista, la de los millones de latinoamericanos que ganaron ciudadanía, que lograron comer todos los días, obtuvieron trabajo, salud, educación y vivienda, la de las naciones que recuperaron autodeterminación y desarrollaron solidaridad.

Como también es larga, lamentablemente, la lista de los progresos y la soberanía ‑popular y nacional‑ que después hemos dejado revertir. Por lo tanto, resulta imprescindible evitar que tales fallas puedan repetirse.

 

Lo urgente

 

Entendemos que deben estudiarse, en primer término, las variantes desplegadas por la contraofensiva de las derechas y aprender a superarlas, evitando que la atención puesta en enumerar autocríticamente las fallas que nos hicieron vulnerables, nos impida ver con absoluta claridad dónde está el enemigo principal que debemos derrotar.

Para el campo obrero y popular, debe estar cada vez más claro que, ante esta brutal contraofensiva desatada por la restauración del neoliberalismo colonizador, debemos  construir la poderosa unidad del campo popular, sobre la base de un programa elaborado y debatido en común.

Pero también que es preciso que intensifiquemos la batalla con las masas en las calles: contra el hambre, los despidos, los tarifazos y la represión, y en defensa de la educación, la universidad, la salud pública, el pleno empleo y la producción nacional.

Y, desde el combate, armar la alternativa de poder popular, echando abajo desde ahora mismo al gobierno de Macri y poniendo en debate la vigencia de una nueva Constitución propia de un Estado moderno post-capitalista, soberano, independiente, latinoamericanista respetuoso de los derechos y conquistas del pueblo argentino.

Estamos convencidos que urge la necesidad de desarrollar las condiciones objetivas y subjetivas imprescindibles para superar, definitivamente, el difícil período que ahora transitamos.