LA MENTIRA COMO PRINCIPIO DE POLÍTICA EXTERIOR DE
ESTADOS UNIDOS HACIA AMÉRICA LATINA
Atilio A. Borón
Foreign Affairs (en español) enero-marzo 2006
http://www.foreignaffairs-esp.org/
Este trabajo se propone analizar el papel de América
Latina en la política exterior estadounidense. El derrumbe del orden bipolar
fue acompañado por el vigoroso renacimiento de añejas teorizaciones que, en
síntesis, plantean la tesis de la irrelevancia de nuestros países. Esto obedecería
a su escaso interés estratégico y económico, sobre todo si se les compara con
Medio Oriente, Asia Central o el Sureste Asiático, para no hablar de Europa.
Una de sus variantes, tal vez la más radical, subraya que nuestra irrelevancia
responde a una dolorosa realidad: América Latina ha sido, en verdad, una construcción
mítica, una imagen fantástica huérfana de todo sustento real. Como no existimos,
mal podría haber una política hacia nosotros. La tesis de este trabajo es que
sí existimos, que por eso Washington tiene una política muy definida y relativamente
invariante hacia América Latina, y que la tiene porque nuestra región le importa,
y mucho.
LA PERNICIOSA HERENCIA DEL COLONIALISMO
Que el tema de nuestra supuesta irrelevancia -- o de
la "irrealidad de la realidad" latinoamericana -- no es nuevo lo demuestra sobradamente
y con una infrecuente combinación de elegancia estilística y profundidad de
razonamiento un notable ensayo de Roberto Fernández Retamar, Calibán, originalmente
aparecido en el año 1971 como respuesta a una insidiosa pregunta que se le formulara
acerca de este mismo tema: "¿Existen ustedes, existe América Latina?"
Las reflexiones de Fernández Retamar evidencian, a partir de un minucioso recorrido
histórico, la excepcionalidad del proceso de construcción de las sociedades
latinoamericanas -- simbiosis única entre los mundos precolombinos, europeos
y africanos -- y la definida identidad resultante de ella. Identidad que, al
igual que la europea o la estadounidense, no implica uniformidad sino una fecunda
diversidad dentro de un espacio histórico-cultural común. No obstante, una de
las desafortunadas consecuencias de esta creación civilizatoria ha sido la persistencia
-- abonada por más de tres siglos de dominación colonial, y casi cuatro en Cuba
y Puerto Rico -- de arraigadas actitudes de subordinación cultural e ideológica
entre los grupos dirigentes y amplios sectores de la intelectualidad latinoamericana.
Precisamente, una de las manifestaciones de esa "colonialidad" es la pertinaz
negación de la existencia misma de América Latina, de la historia común de sus
países, de su rica y variada cultura también común y de su futuro inevitablemente
compartido. El pasado, el presente y el futuro, amén de la geografía, nos confieren
esa identidad. El intelectual colonizado, fiel a la tradición imperial de "ninguneo"
a las colonias -- invariablemente percibidas como pueblos bárbaros y justos
merecedores del sistemático pillaje al que se ven sometidos -- asume como propia
la visión del mundo de los amos. Todos los imperios consideraron a sus dominados
como inferiores, bárbaros, despreciables, a tal punto que su propia condición
humana, tanto ayer como hoy, aparecía frecuentemente en cuestión. Así pensaban
los romanos de la Galia e Iberia, las actuales Francia y España; Inglaterra
nada menos que de India, una de las civilizaciones más antiguas y exuberantes
del planeta; y así piensa hoy la clase dirigente de Estados Unidos en relación
con casi todo el resto del mundo, incluyendo como una de sus más recientes incorporaciones
a la así llamada "vieja Europa".
En el campo de la política exterior esto se traduce en la famosa tesis de la
irrelevancia de América Latina, alentada tradicionalmente por Washington, tal
como antes lo hiciera la Inglaterra victoriana respecto de India. En ambos casos
se entiende muy fácilmente la lógica que preside ese razonamiento: convencer
al otro de su insignificancia y de su inferioridad otorga al dominador una ventaja
prácticamente decisiva en cualquier controversia. Se comprende entonces la insistencia
de algunos oscuros ocupantes del Departamento de Estado o del Consejo Nacional
de Seguridad en señalar nuestra irremediable inferioridad, en decirnos que ocupamos
un quinto o sexto lugar en sus prioridades y en pedirnos que no pretendamos
que se nos preste más atención de la que compasivamente se nos otorga, casi
como de favor. Como decía antes, lo grave no es que tesis como ésta la expresen
voceros de Washington; lo realmente lastimoso y deplorable es que la misma sea
tenida como válida por supuestos expertos en asuntos internacionales y por gobernantes
resignados y claudicantes de nuestros países. En casos extremos, como en mi
país, esta actitud fue la justificación esgrimida para adoptar como principio
cardinal de la agenda exterior de Argentina la política de las "relaciones carnales"
con Estados Unidos, esto es, el más absoluto e incondicional alineamiento con
Washington en todos y cada uno de los temas internacionales. Hemos pagado carísimo
semejante desatino.
Para resumir: la doctrina de la "negligencia benigna" no es otra cosa que una
burda mentira, una actitud hipócrita que busca por medio de este artilugio desalentar
cualquier tentativa de cuestionar las relaciones de subordinación establecidas
entre la potencia dominante y nuestros países. Condición previa de tal impugnación
es tomar conciencia de nuestra verdadera importancia para Estados Unidos y,
seguidamente, desarrollar una estrategia colectiva para redefinir, en concordancia
con lo anterior, nuestras relaciones con la Roma americana.
¿IRRELEVANTES?
La tesis de la irrelevancia, que sería "políticamente
incorrecto" justificar sobre bases racistas, aduce que América Latina no pesa
en el escenario internacional, que sus países no son "jugadores centrales" en
la arena mundial y sus economías no gravitan en los mercados globales. Pero
esta tesis se derrumba ante el peso de numerosas paradojas. Si América Latina
fuese tan irrelevante, ¿cómo se explica que Estados Unidos haya incurrido en
una secuencia interminable de intervenciones militares (más de 100 a lo largo
del siglo XX), invasiones, golpes de mercado, asesinatos políticos, sobornos,
campañas de desestabilización y desquiciamiento de procesos democráticos y reformistas
perpetrados contra una región carente por completo de importancia? ¿No hubiese
sido más razonable una política de indiferencia ante vecinos revoltosos pero
insignificantes? Si no existimos, o si somos tan irrelevantes, ¿cómo explicar
que haya sido precisamente ésta la primera región del mundo para la cual Estados
Unidos elabora, tan precozmente como en 1823, una postura específica en su agenda
de política exterior, la Doctrina Monroe? Si somos tan poca cosa, ¿por qué Washington
persiste durante más de 40 años con su bloqueo contra Cuba, condenado hasta
por Juan Pablo II? Si poco y nada valemos, ¿por qué tanto empecinamiento por
crear el ALCA? ¿Y si no existiera América Latina, cómo se explica entonces el
naufragio de ese proyecto de consolidación imperial?
Como vemos, la idea de nuestra supuesta irrelevancia no resiste la menor prueba
empírica. En realidad, América Latina tiene una importancia estratégica fundamental
para Estados Unidos, y es la región que le plantea mayores desafíos en el largo
plazo. En los años ochenta, en el apogeo de la "guerra de las galaxias" de Ronald
Reagan, había quienes decían que la URSS era un problema transitorio para Estados
Unidos, pero que América Latina constituía un desafío permanente, arraigado
en las inconmovibles razones de la geografía. Tanto era así que en esos mismos
años el personal diplomático adscrito a la embajada de Estados Unidos en México
era superior al que se hallaba estacionado en todo el territorio de la Unión
Soviética. Es que América Latina es la frontera caliente de Estados Unidos,
su inevitable contacto con la periferia imperial, misma que somete y saquea,
generando una vasta zona de perpetuas turbulencias políticas que brotan de su
condición, nada casual, de ser la región con la peor y más injusta distribución
de ingresos y riquezas del planeta.
Si la Casa Blanca miente descaradamente al pueblo estadounidense -- recordemos
la historia de las famosas "armas de destrucción masiva" que supuestamente había
en Irak y las recientes declaraciones de Colin Powell que exhiben su arrepentimiento
por haberla avalado -- , ¿por qué no habría de mentir a los latinoamericanos?
La excepcional relevancia de nuestra región fue adecuadamente subrayada por
Colin Powell cuando dijera, en relación con las expectativas depositadas por
Washington en el ALCA, que: "nuestro objetivo es garantizar a las empresas estadounidenses
el control de un territorio que se extiende desde el Ártico hasta la Antártica
y el libre acceso sin ninguna clase de obstáculo de nuestros productos, servicios,
tecnologías y capitales por todo el hemisferio". ¿Irrelevantes? Nótese la importancia
de nuestra región como un gigantesco mercado para las inversiones estadounidenses,
grandes oportunidades de inversión, fabulosas expectativas de rentabilidad posibilitadas
por el control político que Washington ejerce sobre casi todos los gobiernos
de la región, y todo esto en un territorio que alberga un repertorio casi infinito
de recursos naturales de todo tipo.
América Latina podría ser, en función de probables desarrollos tecnológicos,
la región que cuente con las mayores reservas petroleras del mundo. No lo es
hoy, pero podría serlo mañana. En todo caso, aun en las condiciones actuales,
es la que puede ofrecer un suministro más cercano y seguro a Estados Unidos,
dato harto significativo cuando sus reservas no alcanzan para más de 10 años
y las fuentes alternativas de aprovisionamiento son mucho más lejanas y han
entrado en una zona de creciente inestabilidad política a causa de la tradicional
torpeza con que Washington maneja estos asuntos. Medio Oriente se ha convertido
en un polvorín que puede estallar en cualquier momento, donde el resentimiento
antiestadounidense alcanza proporciones impresionantes aun en los "Estados-cliente"
como Egipto, Arabia Saudita y Turquía. Y las cuencas petroleras de África Occidental
y Asia Central carecen de las más elementales condiciones políticas requeridas
para garantizar un flujo estable y previsible de petróleo hacia Estados Unidos.
La obscena presión ejercida sobre el gobierno venezolano desde la Casa Blanca
tiene que ser vista a la luz de estas realidades.
América Latina tiene asimismo grandes reservas de gas, dispone de algo más de
la tercera parte del total de agua potable del planeta, y es el territorio donde
se encuentran los ríos más caudalosos del mundo y algunas de sus mayores cuencas
acuíferas. Una de ellas, la de Chiapas, ya ha sido considerada como posible
solución para enfrentar el inexorable agotamiento del suministro de agua que
afecta el Suroeste de Estados Unidos y que compromete el acceso al vital liquido
de poblaciones como Los Angeles y San Diego. Y si se trata de biodiversidad,
¿cómo podría ser irrelevante una región que cuenta con 40% de todas las especies
animales y vegetales existentes en el planeta? Esta riqueza constituye un imán
poderosísimo para las grandes transnacionales estadounidenses, dispuestas a
imprimir el sello de su copyright a todas las formas de vida animal o vegetal
existentes y, a partir de ello, dominar por entero la economía mundial. Por
algo el tema de los derechos de propiedad intelectual tiene tanta prioridad
para Washington, como lo atestiguan las negociaciones en el seno de la Organización
Mundial del Comercio.
Por último, desde el punto de vista territorial, América Latina es una retaguardia
militar de crucial importancia. Por supuesto, los funcionarios del Departamento
de Estado lo niegan rotundamente, pero los expertos del Pentágono saben que
esto es así. Por eso el empecinamiento de Washington por saturar nuestra geografía
con bases y misiones militares y su obstinación en garantizar la inmunidad del
personal involucrado en las mismas. Si fuéramos tan poco importantes como se
nos dice, ¿por qué la Casa Blanca se desvive proponiendo políticas que suscitan
el repudio casi universal en la región?
CONCLUSIONES
La importancia de América Latina no ha hecho sino acrecentarse
en los últimos tiempos. El fracaso de los experimentos neoliberales, que ni
encaminaron nuestras economías por la senda del crecimiento, ni redistribuyeron
la renta ni consolidaron nuestras frágiles democracias, ha sumido a la región
en una de sus más profundas crisis. Desde México, en la frontera con Estados
Unidos, hasta Argentina, pasando por América Central y el Caribe, todo el mundo
andino y Brasil, el signo de los tiempos es el desencanto con la democracia,
una creciente activación de la protesta social y un resentimiento cada vez más
extenso y profundo en relación con Estados Unidos.
Hay una vieja tradición de la política exterior estadounidense hacia América
Latina: mientras ésta se encuentre firmemente bajo el control de Washington,
la respuesta oficial es la "negligencia benigna", y entonces la región queda
relegada a un segundo plano. Sin embargo, en cuanto despuntan algunos síntomas
de rebeldía o de insubordinación, esta "irrelevante" región del planeta asciende
al primer plano de las preocupaciones de Washington, desplazando rápidamente
a otras supuestamente más importantes. Pruebas al canto: bastó que un gobierno
socialista moderado fuese democráticamente electo en Chile, en 1970, para que
esa misma noche la Casa Blanca emitiese la orden de "hacer chirriar y gritar
la economía chilena" y destinase ingentes sumas de dinero para conjurar la amenaza
representada por Salvador Allende. En los años ochenta, el triunfo del sandinismo
convirtió a Nicaragua en una gravísima amenaza para la seguridad nacional estadounidense,
y desencadenó una respuesta de Washington violatoria de las más elementales
normas del derecho internacional. Lo mismo ocurriría con Granada, que pese a
sus 344 kilómetros cuadrados y sus 60000 habitantes también fue considerada
por la administración Reagan un peligro tan grande como para justificar la grotesca
intervención militar de 1983. A mediados de los sesenta, la posibilidad de un
eventual retorno de Juan Bosch al gobierno de República Dominicana había provocado
el desembarco de más de 40000 infantes de Marina y el aplastamiento de las fuerzas
insurgentes. A finales de los noventa y, en una progresión que ha llegado a
extremos sumamente preocupantes en los últimos años, Washington ha reaccionado
con virulencia inusitada ante la consolidación del gobierno de Hugo Chávez en
Venezuela, cuyas credenciales democráticas -- monitoreadas y supervisadas por
la OEA y la Fundación Carter -- superan con creces las exhibidas por el presidente
George W. Bush en las elecciones de 2000. Casi medio siglo de bloqueo contra
Cuba, desencadenado cuando la Isla comenzó a adoptar algunas medidas reformistas,
es otra prueba concluyente de la prepotencia imperial. En síntesis: si nuestros
países se someten mansamente y obedecen los mandatos de Washington, la región
no es prioritaria; pero en cuanto algún gobierno pretende tomar el destino en
sus manos, ese país latinoamericano, no importa cuán pequeño sea, es catapultado
al primer nivel de las preocupaciones de Washington.
La nueva doctrina estratégica estadounidense -- según Noam Chomsky, un plan
de dominación mundial como no se conocía desde la época de Hitler -- , anunciada
en septiembre de 2002, acentúa las ominosas perspectivas que se abren en el
campo de las relaciones hemisféricas. Un Estados Unidos ya abiertamente asumido
por sus dirigentes y por sus principales intelectuales orgánicos como un imperio,
que se ha arrogado la absurda -- y peligrosísima -- misión de sembrar la democracia
y la libertad por todo el mundo, y que ha militarizado las relaciones internacionales
y acrecentado sus gastos militares a un nivel sin precedentes en la historia,
difícilmente podrá ser considerado un elemento positivo para fortalecer la presencia
de América Latina en el sistema internacional. La decadencia de la clase dirigente
de Estados Unidos, ejemplificada de manera inigualable por el ascenso a la presidencia
de personajes tan mediocres como Ronald Reagan y George W. Bush, no es una buena
noticia para el mundo. Todo hace presumir que la política seguida hacia América
Latina en estos años, acentuada luego de los atentados de 2001, difícilmente
cambiará. Nada permite prever que la premonitoria sentencia de Bolívar: "Estados
Unidos parece destinado por la Providencia a plagar a la América española de
miserias en nombre de la libertad", pueda llegar a ser desmentida por un gobierno
como el de Bush Jr. que, al decir de eminentes intelectuales estadounidenses,
ha sido secuestrado por las grandes empresas y que, con increíble miopía, piensa
que lo que es bueno para Halliburton es bueno para Estados Unidos y, por añadidura,
para todo el mundo.