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Mié, Jun
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Política
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Acaba el Gobierno Cambiemos. Los comunistas ante la etapa que se abre con el gobierno que encabezará Alberto Fernández.

El gobierno que comenzará la semana que viene, se propone arreglar el berenjenal que deja su antecesor y quiere hacerlo a partir de acuerdos que logren una reorganización de la hegemonía social, capaz de reacomodar a las diferentes facciones del capital para que –además- armonicen con el universo del trabajo.

Detrás de esa mirada subyace la creencia de que capitalismo y democracia son una sola cosa e indisoluble. Entonces sería imposible la democracia sin capitalismo y, por eso, sería preciso apuntalar a la institucionalidad del Estado Liberal Burgués (ELB). Pero todo esto persigue la búsqueda de equilibrio del sistema capitalista.

Desde esas perspectivas, a la hora de encontrar al culpable de lo que está pasando, se apunta al capitalismo financiero o el neoliberalismo, pero jamás al capitalismo en sí como sistema que lleva la explotación en su ADN, y que se expresa desde una relación especifica entre los universos del capital y el trabajo.

Así, la administración virtuosa del ELB, permitiría establecer un límite a la financierización, a la que se interpreta como un exceso que las propias herramientas del ELB pueden -al menos- morigerar.

Con esa mirada, la propuesta del acuerdo social policlasista se ve como un pedestal apto para construir legislación capaz de neutralizar el carácter criminógeno del capitalismo.

Pero aquí es donde vale preguntarse si es posible que la democracia liberal burguesa se profundice para atacar los criterios de la dominación del capital. Aceptarlo, sería dar por cierto que el capitalismo bueno no es un mito.

¿Entonces será posible que, esta vez, el acuerdo policlasista sea una fórmula eficaz para volver a la edad dorada del Estado de Bienestar o torcer el rumbo desastroso que –en este caso- deja la Presidencia Macri?

¿Acaso no volverá a ser –como sucedió otras veces- un instrumento que, con paliativos y reformas, busque descomprimir la lucha y toma de consciencia de la clase obrera?

¿Será que –ahora sí- esta fórmula no sea sólo una herramienta para facilitar la recuperación del capitalismo, tras otro momento de crisis que el mismo sistema provocó?

La crisis del sistema de representación política que estalló en 2001, se estabilizó a partir de dos grandes bloques, pero se resolvió por el camino de la armonización de las elites, es decir, con un eje que se corre hacia la derecha.

Sobre esto habla la capacidad que tuvo el Gobierno Cambiemos para dejar su legado en medidas concretas que cercenan derechos adquiridos de los trabajadores y en aspectos más profundos vinculados a la construcción de subjetividad (Ver NP 1354 págs. 8 a 10).

Pero aunque el pacto social que postula Fernández como uno de los pilares de su gobierno esté absolutamente ligado a ese corrimiento del eje, hay razones éticas y políticas que imponen que –como Partido- los comunistas estemos donde estamos.

El imperativo ético se puede sintetizar en que es intolerable que transcurra un día más en que haya miles de personas que pasen hambre. Si el acuerdo social viene a paliar esto, bienvenido sea.

Y el político se vincula a la necesidad de construir un espacio de resistencia al avance del putsch protofascista que, vinculado a expresiones populistas de derecha y exacerbación del militarismo avanza por la región y nuestro país (Ver NP, 1356, págs. 8 y 9).

Entonces, se vuelve a poner de relieve qué se corresponde a la necesidad de la coyuntura, qué tiene que ver con un movimiento táctico y qué con la mirada estratégica. Esto es definir qué es lo importante, qué lo necesario y qué lo urgente.

Así, porque fue importante aportar a que acabe el Gobierno Cambiemos, es que desde una mirada táctica sumamos a la construcción de unidad y acción en el territorio, lo sindical y lo político con el aporte al FdeT.

Y, ahora, es preciso hacer lo necesario para neutralizar al bloque cuya representación política y corporativa sigue siendo encabezada por ese espacio que, antes de que Mauricio Macri deje La Rosada, ya amenaza con desestabilizar al gobierno que asumirá el 10 de diciembre.

Pero estos movimientos de coyuntura y tácticos que protagonizamos como Partido, incluso de cara al intento de acuerdo que tienda a conciliar sectores, en nuestro caso deben ser episodios de aquello que es permanente, esto es, la lucha de clases.

Es que, más allá de acuerdos policlasistas, el límite a la dinámica de expansión del capital siguen siendo los propios explotados y, por eso, nunca se detiene la lucha de clases.

De ahí que lo importante y lo necesario, jamás tienen que ir en desmedro de lo urgente, que es la formación de fuerza propia que hable y actúe sobre lo que es evidente, que continúa siendo la dinámica de explotación que sustenta a la revalorización y acumulación del capital.

 

Racionalidad

 

Entonces, a una racionalidad que postula que mercado y capitalismo –en cualquiera de sus variantes- es la única forma de organización social, se le debe oponer otra mucho más sensata a la hora de la constatación empírica.

Porque, además, es seguro que existe otra forma de democracia –la verdadera- que se construye por afuera de las relaciones que establece el capital.

Es que el capitalismo es, además de un sistema económico, una forma vincular que como tal impregna todos los aspectos de las relaciones humanas.

Entonces, en el camino de construcción de la verdadera democracia, los que no aceptamos las relaciones capitalistas, debemos esforzarnos para diseñar y llevar a la práctica formas que generen –a escala- trabajo y riqueza de carácter social, reproduzcan esa riqueza en capital social y transformen todo esto en formas de relación social que se establezcan por afuera del corsé que impone la relación del capital.

La semana que viene, Daniel Arroyo va a ser ministro de Desarrollo Social. Una de sus principales definiciones es que cuando asuma los movimientos sociales “formarán parte de la gestión institucional de la política social, sobre todo en lo que tiene que ver con economía popular y redes de comercialización para convertir a los planes sociales en trabajo en sectores clave como la construcción, producción de alimentos, textil y reciclados”.

Lo que propone Arroyo plantea un desafío vinculado a impulsar desde nuestra propia organización propuestas autogestionarias de ese tipo, pero que avancen -en la escala posible- hacia experiencias de gestión profundamente democráticas y formas de socialización de los medios de producción disponibles.

Esto es, que cada proyecto productivo que podamos desarrollar a partir del capital inicial y las condiciones que aporte el Estado, se construya en un espacio que eluda –todo lo posible- la órbita del mercado.

Y esto tiene que ver con aquello de hablar sobre lo evidente y actuar sobre lo evidente, ya que exhibiría en la acción concreta que existe otra forma de construir trabajo y riqueza.

Pero también actuar sobre lo evidente con actitud pedagógica, algo que tiene que ver con la organización y lucha colectiva, es decir la construcción de poder popular en espacios que conjuguen formas de democracia política y económica.

La clave es la capacidad de transformar un recurso que suministra el ELB, en posibilidad de respuesta laboral concreta para personas que la necesitan, a partir de recursos que son económicamente compartidos. Y también por eso, en herramienta de construcción de masa crítica.

 

Alternativa

 

Sobre todo lo dicho, el PC tiene vasta experiencia e historia y mucha de ella es reciente con protagonismo destacado del MTL y el MCL. Por eso, quizás como pocos, estemos en condiciones de transformar lo que ofrece este momento, en alternativa que esquive el corsé del ELB.

Y hacerlo desde la consciencia de clase y la práctica de democracia económica que permite participación de los trabajadores en la producción de riqueza social, así como en las etapas de distribución y comercialización.

Esto es, un circuito que cambia radicalmente aquel que establece el capital. Y no sólo eso. Este tipo de práctica puede permitir poner en acto formas de relación extrañas a las que impone el capital.

Una de las principales contradicciones a las que lleva la locura por la maximización de tasa de ganancia inscripta en el ADN capitalista, es la sobreproducción y su correlato en la exacerbación del consumo de bienes y servicios inútiles, lo que además profundiza la explotación y agrede letalmente al planeta.

La perspectiva de trabajar a escala a partir de mecanismos como los planteados, proponen también la posibilidad de decisión por parte de los trabajadores asociados en esos núcleos, de avanzar en formas de economía autocentrada a partir de las necesidades inmediatas y reales, en este caso, de las familias que compondrían el núcleo.

Y aquí es donde todo esto toma también un sentido pedagógico, ya que reafirma que aunque la búsqueda de mejorar el ELB es infructuosa, se puede utilizar –a escala y con sabiduría- aquello que la propia crisis que provoca el capitalismo le imposibilita controlar.

La cosa tiene que ver con que formar parte de una experiencia de este tipo es mejor que empujar el carrito para cartonear, pero con esta mecánica también es un espacio para reflexionar y comprender colectivamente de qué va esto de la abundancia y la desigualdad. Pero también acerca de que es mentira que no exista algo más allá del ELB, que es falso que –indefectiblemente- a un ciclo en el que el capitalismo exhibe in-extremis su ADN criminógeno, le deba suceder otro que busca acomodar las cosas.

Porque si algo hay que profundizar, es la actuación desde nuestro propio ADN, para construir desde ahí formas socioeconómicas diferentes que contacten con aquellas que forman parte de lo que será un momento de transición hacia una sociedad diametralmente distinta, sustentada en profunda democracia económica y política, que después de todo, de esto va el comunismo.