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Política
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La Rosada prepara una reforma impositiva y dice que sigue impulsando el proyecto de tributo extraordinario para las grandes fortunas ¡Multimillonarios del mundo, uníos!…¿para salvar a la humanidad?

Durante el fin de semana, Alberto Fernández admitió que el proyecto de tributo extraordinario para las grandes fortunas, sigue vigente y podría ser presentado junto a la moratoria que permitiría reestructurar el pago de deudas impositivas y previsionales, de modo tal de cancelar en hasta 120 pagos, incumplimientos existentes hasta el 30 de junio.
En esto el presidente resume dos de las claves que –aquí y ahora- tiene su gobierno: como hacer frente a las restricciones que impone la pandemia y de qué manera ir delineando el día después.
Y lo hace en medio de un escenario atravesado por tres años de recesión, una caída significativa de la actividad económica para este año y la negociación de una deuda que mayormente contrajo su antecesor, pero cuyo resultado condiciona a su propio gobierno.
La adopción de una táctica basada en la aplicación de políticas proactivas, es una marca registrada para el actual ejecutivo, pero está claro que la fuerte inversión que viene haciendo en políticas sociales y de estímulo a diferentes sectores productivos, pone todavía más en tensión a unas finanzas que la Presidencia Macri dejó muy comprometidas.
¿Pero será que sólo en Argentina se intenta ir en la dirección de gravar a quienes tienen más capacidad contributiva? Esto no tiene nada de nuevo ni de exclusivo, pero tampoco garantiza nada.
Metido en su esfuerzo bélico, durante 1943, EE.UU. llevó el impuesto a la renta por arriba del noventa por ciento. Pero nada es eteno y, a casi ocho décadas, la distorsión es tal que hasta el propio Warren Buffet advierte que mientras paga un 17,7 por ciento de sus ingresos entre el impuesto sobre la renta y cotizaciones sociales, el promedio del personal de sus empresas tributa un 33.
Por su parte, en Alemania el impuesto a la riqueza se extendió durante cuarenta años, desde los 50 del siglo pasado. Y, ahora, el impuesto a las ganancias alcanza el 45 por ciento, esto es, diez puntos más que en Argentina.
En España, el gobierno busca establecer un impuesto extraordinario que recaiga sobre las personas con grandes patrimonios: del dos por ciento a partir del millón de euros, 2,5 desde diez millones, tres desde cincuenta millones y 3,5 a partir de cien millones.
En este contexto, los autoproclamados “Multimillonarios para la Humanidad”, un grupo de 83 ultrarricos cuyo patrimonio personal supera los treinta millones de dólares, firmaron una carta en la que piden a sus gobiernos que les suban los impuestos para contribuir en la implementación de programas destinados a reactivar la economía en el contexto de la pandemia.
Esto tampoco es la primera vez que pasa. Esta moda comenzó en Alemania -durante 2011- cuando en el semanario político Die Zeitexigiendo, un grupo de millonarios pidió que el gobierno aumente la tributación de las grandes fortunas.
Y, ese mismo año, en Francia, los propietarios de dieciséis de las mayores fortunas de aquel país, pidieron que se les imponga un impuesto especial que definieron como “una ‘contribución excepcional’ que afectaría a los contribuyentes franceses más favorecidos”.
No fue casual que estos llamamientos tuvieran lugar ese año, cuando ya todo evidenciaba que -lejos estaba de ser una excepcionalidad- el estallido de 2009 respondía a un momento de la crisis sistémica del capitalismo que había llegado para quedarse.

Luces de alarma

Las luces de alarma se vienen encendiendo hace rato. A mitad de camino entre el estallido de 2009 y hoy, el estimado del producto mundial bruto ascendía a alrededor de 75 billones, en un escenario en el que -diariamente- la especulación en monedas llegaba superaba los cinco billones y el mercado global de derivados movía unos 1,2 trillones.
Pero lo que venía sobreviviendo, parche sobre parche, recibió un golpe duro con la pandemia (Ver Para pensar el día después y otros artículos).
Es que las condiciones estructurales que provocaron el estallido de 2008 nunca se solucionaron. Lejos de eso, se fueron profundizando en un vertiginoso camino que trajo cada vez más endeudamiento público y privado, desigualdad social e interestatal y especulación financiera sin precedentes.
En este contexto, la crisis de sobreproducción que el consumismo ya no logra mitigar, vuelve a poner en un callejón sin salida a un sistema que cada vez fabrica menos capital, y cada vez más dinero ficticio.
Esto explica parte de la puja entre facciones que se produce hacia adentro mismo del sistema, donde se disputa qué mirada prevalecerá para el orden capitalista global del siglo 21.
Como si estuvieran en la antesala de un agujero negro, estas facciones se imbrican y pugnan en su intento por resignificar al sistema capitalista, en una lucha en la que se superponen aspectos geopolíticos, geoeconómicos y geoestratégicos.
¿De qué va entonces todo esto? Todo esto habla de los límites que tiene el capital, para seguir con sus ciclos de acumulación y maximización de su tasa de rentabilidad.
Pero también de la escasa posibilidad de dar respuestas a esta crisis, que se puede tener con las herramientas que dispone el reformismo institucional, en el marco del Estado Liberal Burgués.
Y es que de esto va la crisis civilizatoria que plantea esta etapa del desarrollo de un capitalismo que va dejando de resultar viable, por lo que desde su propio ADN, echa mano a lo peor de su carácter criminógeno.
¿Será entonces que todo esto responde a la codicia del sistema financiero y que, por lo tanto es algo que una gestión eficiente y reformas adecuadas pueden solucionar?
Sería lindo, pero el capital es algo más que el dinero, el sistema bancario o incuso la especulación financiera.
Es una relación social concreta basada en el trabajo asalariado y, por lo tanto, no es sólo acumulación de dinero, sino eminentemente reproducción de la sociedad. Esto es lo que está en crisis y, quizás, sea esto lo que vienen advirtiendo desde hace algunos años algunos estos preocupados “Multimillonarios para la Humanidad”.