Análisis
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¿De dónde sacó la plata Cambiemos para financiar las campañas? ¿Puede sorprender que se lave dinero por medio de la política? ¿Habrá llegado la hora de denunciar la corrupción, pero también cuestionar cuáles son los determinantes -últimos y sistémicos- que la motorizan y vuelven inexorable su existencia dentro de los límites del Estado Liberal Burgués?

En consonancia con las “dos pizzas” de Prat Gay, el presidente del bloque de Cambiemos del Senado bonaerense, Roberto Costa, relativizó la denuncia sobre lavado de dinero y falsificación de documento público -por parte de esa alianza- durante las campañas electorales 2015 y 2017.

“Son menos de un millón de pesos” señaló sin advertir que, al menos hasta ahora, la imputación involucra alrededor de 1.800.000 pesos. Y es prudente recalcar que este es el panorama hasta ahora, porque cada día aparecen testimonios -incluso desde adentro de las filas oficialistas- que permiten engrosar el monto.

Es que -y en esto tampoco repara Costa- el problema es cuánto, pero también de dónde salió ese dinero ¿Lo proveyó la AFI que por el decreto 656 el mayo de 2016 no tiene que rendir cuentas sobre cuánto y en qué utiliza el dinero del Estado que dispone?

¿Acaso será parte de lo que aportaron fondos buitre como el que preside Paul Singer que -tal como se reconoció ante el parlamento británico- financió a Cambridge Analytica para apuntalar el putsch contra el gobierno Cristina Fernández, que aportó a generar condiciones propicias para el desembarco del Gobierno Cambiemos?

¿Es dinero narco que se blanquea como el que, según la imputación penal del proceso que en Paraná encabeza el juez federal Leandro Ríos, se aportó a la campaña de esta misma fuerza en Entre Ríos? ¿Pueden ser fondos provenientes de personajes como Raúl Martins, el ex agente de la Side que lideraba una red de trata de personas que, según su hija Lorena -autoexiliada en Europa- aportaba a las campañas políticas de Macri?

¿Salió ese dinero de una caja donde fue a parar lo acumulado por la subejecución presupuestaria que atravesó a toda la Gestión Macri en la Ciudad? ¿Es plata que pusieron empresarios a cambio de prebendas?

Todas estas hipótesis resultan plausibles, cuando la fuerza que se impuso en las dos últimas elecciones no puede explicar de dónde sacó el dinero ni por qué lo enmascaró de una forma tan burda como sistemática.

Pero si lo de Costa suena escaso, más aún lo es la respuesta que dio ayer María Eugenia Vidal cuando la consultaron públicamente por el caso.

El acto reflejo la llevó a escudarse en la presunta existencia de una suerte de campaña kirchnerista, algo que ofende la inteligencia pero que se sustenta en el éxito electoral logrado, apenas anteayer, con postulados similares.

Pero si esta respuesta es rocambolesca, la otra es peor. Ayer la gobernadora ratificó la postulación para la Contaduría General de la Provincia de María Fernanda Insua, una de las principales denunciadas por el financiamiento ilegal.

¿Pero una arquitectura financiera de este tipo, pudo depender exclusivamente de la tesorera de la campaña de Cambiemos?

Suponer que esto es así, resulta tan ingenuo como la calificación de “escándalo”, con que se denomina este episodio desde algunas miradas opositoras al Gobierno Cambiemos. Lo que es crimen, es crimen, escándalo es otra cosa.

Apurada por la requisitoria periodística, Vidal pateó la pelota afuera, le echó la culpa a la Ley de Financiamiento de Partidos Políticos que “tiene lagunas” y sugirió que se cambie la norma por otra “que contemple que los aportes sean bancarizados”.

Durante la campaña 2017, el noventa por ciento de lo que recaudó la gobernadora fue en efectivo, pero las cosas se pudieron hacer de otra manera. Por citar un ejemplo, Unidad Ciudadana sólo recibió un 2,87 por ciento de los aportes en efectivo.

Cuestión de miradas

Reiteradamente desde NP diario de noticias se señaló que pocas veces como con el Gobierno Cambiemos, el Estado Liberal Burgués (ELB) exhibió tan impunemente su carácter simbiótico con el poder corporativo, pero también y como consecuencia de esto, su capacidad criminógena.

Es que, como sistema histórico, el capitalismo vive en permanente amenaza derivada de sus contradicciones internas que -entre otras cosas- lo llevan a transitar su segunda crisis de larga duración. Y si consiguió sobrevivir es -fundamentalmente- por la capacidad que posee para mutar y reequilibrarse de acuerdo a las necesidades que le propone cada periodo histórico.

Es en este camino, en su actual momento de desarrollo y cuando su lógica de acumulación del capital le pone serios limites, que echa mano al rediseño de los procesos políticos y culturales que necesita para su propia legitimación.

Esto es algo que antes que nadie, en Argentina, comprendió el tándem de poder que construyó Cambiemos, pero también es una dinámica que transita el que se pretende conformar como bloque de alternancia.

En la génesis de este proceso está el ciudadanismo, que encuentra en Cambiemos un ejemplo claro de la legitimidad social que puede construir desde esta ideología difusa que refuerza la concepción de que democracia es sólo asimilable a ELB y todavía más: a capitalismo.

El ciudadanismo se presenta como un mecanismo eficaz para lograr representación nacional, influencia territorial y social, pero por sobre todo, para transformar masa de maniobra en masa crítica que relegitime al ELB.

¿Pero de qué va todo esto? Desde esta perspectiva transitamos la hora de la post-política y, por eso, sería preciso vaciar de contenido a la política para reducirla sólo a la administración de lo que ya está. Y así, fundamentalmente, reforzar la idea de que no hay nada más allá del capitalismo porque, desde esa mirada, las relaciones que impone el capital responderían a una determinación natural.

Por eso, desde su particular mirada, el ciudadanismo plantea con fuerza de verdad canónica aquello de que -mediante una suerte de mágica suma de voluntades- los individuos seríamos capaces de reforzar y mejorar las instituciones del ELB y, así, las convertiríamos en virtuosas.

Desde esta perspectiva, la corrupción y las asimetrías sociales que se profundizan, lejos estarían de ser consecuencia de fenómenos sistémicos del capitalismo como la financiarización, la deslocalización y el precariado, sino que aparecerían como producto de excesos y deslices éticos o morales que -por supuesto- podría corregir la voluntad ciudadana.

Pero esta ideología que reconoce entre sus orígenes a reformistas liberales, socialdemócratas y otros esperanzados con el advenimiento de un “capitalismo bueno”, tiene un problema esencial: soslaya las contradicciones de todo tipo, especialmente las de clase.

Y tampoco reflexiona sobre cuáles son los mecanismos básicos de dominación que motorizan la dinámica social. Por eso -queda claro- forma parte del esquema de dominación del siglo 21, al que echa mano el sistema capitalista.

¿Pero puede ser de otra forma? De ninguna manera, porque lo que pretende es ocultar que el capitalismo “de ahora” no es ni mejor ni peor que otros, sino sólo una fase específica del capitalismo en su conjunto que -da vergüenza tener que reiterarlo- es malo.

Es que para el ciudadanismo existe una especie de unidad ontológica entre democracia y capitalismo. Pero también se basa en el mito que pone al ELB en un lugar virtuoso y, por eso, en el peor de los casos sólo sería factible de correcciones, pero nunca de transformaciones que lo conviertan en un factor cuestionador de lo existente.

Entonces, aquí es donde no puede sorprender que se lave dinero por medio de la política, pero tampoco que la respuesta que -mayoritariamente- se ofrece desde el espacio de oposición, circunscriba la cuestión a la corrupción sin cuestionar cuáles son los determinantes -últimos y sistémicos- que motorizan y vuelven inexorable la existencia de la corrupción.

Y esto es así, porque rascando un poco la superficie, se podrá advertir que lo que aparece es la mismísima relación que impone el capital, que en su momento de realización, no reconoce dinero blanco o negro, pero tampoco capitalismo bueno o malo.

Por eso nada como tamizar por la propia subjetividad de clase a esto del fenómeno de la corrupción y sin que esto implique que haya que tolerarla, es preciso volver a recalcar que hay vida más allá del ELB y las relaciones que impone el capitalismo.