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Vie, May
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Política
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El acaparamiento de las vacunas y las desigualdades económicas internacionales no pueden secuenciarse en un laboratorio. Sin embargo explican las causas de nuevas mutaciones que ponen en peligro la lucha mundial contra la pandemia. El correlato: el mundo es cada vez más desigual. ¿Qué normalidad es la que se añora?

Desde la irrupción de la pandemia, en febrero y marzo de 2020, el mundo y la vida cotidiana de las personas presenta continuidades y rupturas que, en definitiva, contribuyen a que el capital aumente aún más sus ganancias mientras una porción cada vez más grande de la población mundial se hunde en la pobreza.

Desde entonces la clase trabajadora y los países del denominado “tercer mundo” intentan hacer equilibrios entre la supervivencia y la catástrofe, escenario que cada tanto se ve amenazado por el colapso inminente cuando se descubre una nueva mutación del virus. Fetichismo biológico, las mutaciones del virus que pueden ser secuenciadas genéticamente en los laboratorios, llevan inscritas en sus geografías las inequidades geopolíticas y económicas propias del capitalismo.

Durante las últimas horas el descubrimiento de una nueva variante, Omicron, en Sudáfrica encendió nuevamente todas las alarmas. La variante —que contiene más de treinta mutaciones— fue reportada por las autoridades sudafricanas a la Organización Mundial de la Salud (OMS) el pasado miércoles y declarada variante de preocupación el viernes por el organismo internacional. Desde entonces se volvió a poner en foco la problemática del acceso mundial a las vacunas.

Todavía es muy poco el tiempo que transcurrió desde que irrumpió la pandemia. Sin embargo se sabe que la gran capacidad de contagio que tiene el virus del Covid-19 redunda en una circulación siempre en ascenso y que eso significa, entre otras cosas, mayores probabilidades de mutación. Las mutaciones son riesgosas porque una simple variación genética en el virus podría volver obsoletas o disminuir los efectos de las vacunas. Y otra de las certezas con las cuentan en la actualidad las autoridades políticas y sanitarias del mundo es que las vacunas son el instrumento más importante para detener la pandemia.

Sin embargo, las vacunas por sí solas no nos van a salvar. Creerlo sería caer en un reduccionismo tecnológico. Sin una política mundial de acceso realmente universal a las vacunas, la pandemia llegó para quedarse. La situación de África es ilustrativa por sí sola. Ayoade Alakija, directora de la Alianza Africana para la Entrega de Vacunas, hizo hincapié en las últimas horas en que “Ómicron es el resultado inevitable de acaparar vacunas y dejar a África por fuera”. Y añadió: “si el Covid-19 que apareció en China hubiera aparecido primero en África, no quedan dudas de que el mundo nos habría encerrado y hubiera tirado la llave muy lejos”.

Si bien todavía es muy pronto para determinar el grado de peligrosidad de esta nueva variante —contagiosidad, gravedad de la enfermedad y capacidad para sortear la inmunidad de las vacunas—, Omicrón es un llamado de atención para el mundo entero: mientras no haya un acceso universal a las vacunas, la nueva normalidad incluso para los países de Europa y EE.UU., será vivir bajo la amenaza de una nueva variante que acentúe la recesión mundial.

Si la primera ola de la pandemia provocó, según datos del Banco Mundial, la recesión económica más grande desde la Segunda Guerra, es claro que todavía no es posible establecer dónde hacer el corte para medir el impacto del Covid en la economía mundial. La pandemia aún no terminó.

Por el contrario, Europa está hundida en una nueva ola de contagios y algunos países atraviesan horas particularmente sensibles. En los últimos días Alemania superó los cien mil muertos por el Covid y el umbral de los setenta mil contagios diarios, récord mundial desde que comenzó la pandemia. En España la incidencia del virus cada cien mil habitantes lleva más de un mes en ascenso y Austria dictó uno de los confinamientos más severos de los que se tenga registro.

Mientras, en Argentina el impacto de Delta ha sido por lo menos hasta el momento retenido. La política de compra de vacunas del gobierno nacional puede ser considerada como uno de los grandes aciertos de la gestión. Más allá de algunos retrasos al principio del año, inherentes a la competencia internacional por el acceso a un  bien escaso, la campaña de vacunación se desarrolló con éxito, a tal punto que Argentina es uno de los primeros países en aplicar terceras dosis y dosis de refuerzos para reforzar la inmunidad.

No obstante, en las últimas tres semanas los contagios se duplicaron pero hay que señalar enfáticamente que todavía no redundaron en un incremento de las hospitalizaciones y de la mortalidad, tal como sucede asimismo en los países con altas tasas de vacunación. El silogismo se explica solo: las vacunas sirven y muchísimo.

Lo que no sirve es el capitalismo. El derrotero de la pandemia deja en claro que hasta que no se liberen las patentes de las vacunas la “nueva normalidad” estará determinada por la aparición periódica de una nueva variante, para la que las farmacéuticas diseñarán un parche que refuerce la inmunidad de las vacunas que, a este ritmo, llegaron para quedarse quizá como la de gripe pero a una escala mucho más grande.

¿Por qué estarían interesadas farmacéuticas como Pfizer, Moderna, BioNTech y Jonhson & Jonhson en compartir un negocio que durante el 2020 permitió que el valor de capitalización bursátil de las 25 firmas líderes de la industria creciera 194,360 millones de dólares?

El capitalismo tiene su razón de ser en la propiedad privada y en la escasez de los productos. Allí donde hay una necesidad hay una oportunidad de negocios. Por eso sería sensato que la clase trabajadora incluya en sus programas de acción y lucha no solo el reclamo por la liberación de las patentes, sino también la demanda de que los Estados inviertan en infraestructura porque luego de la liberación de las patentes se viene el problema, nada menor, de las escalas de producción. Mientras tanto vivimos en medio de una paradoja: la “nueva normalidad” es la misma que la vieja y a su vez peor.