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 Avanza la precarización del universo laboral. Vaca Muerta picó otra vez en punta ¿Qué hay detrás de la falacia de “modernización del mercado laboral”?

“Los petroleros no somos agitadores sociales y queremos trabajar”, dijo ayer el secretario general del Sindicato del Petróleo y Gas Privado de Neuquén, Río Negro y La Pampa, Guillermo Pereyra, al firmar junto a representantes de cámaras empresarias y al gobernador neuquino, Omar Gutiérrez, un compromiso para limitar el derecho de huelga en el yacimiento no convencional Vaca Muerta.

Lo de Gutiérrez no es nuevo. En los albores de la Presidencia Macri, el senador nacional por el Movimiento Popular Neuquino fue un abierto socio, en el intento del gobierno de llevarse puestas las normas que rigen la relación -a priori desigual- entre los universos del trabajo y el capital, plasmadas en convenios y legislación que, entre otras cosas, garantiza la celebración de paritarias.

Un intento que fue frenado por la movilización popular cuando, tras ganar en las elecciones de medio término, Cambiemos quiso que el Congreso sancione un nuevo cuerpo legal al que bautizó “reforma laboral”.

Antes, con el mascarón de proa de lo que el staff gobernante y sus propaladoras denominan “modernización del mercado laboral”, Vaca Muerta se convirtió en prueba piloto de lo que quieren extender a toda la relación trabajo-capital.

Y, con la promesa de la reactivación del mercado laboral petrolero en la cuenca neuquina, Gutiérrez arregló -en 2017-  un acuerdo a la medida de las pretensiones del gobierno, que flexibilizó la actividad y dejó sin efecto muchos derechos que tenían los trabajadores.

Pero, además, Vaca Muerta es la joya de la abuela que el Gobierno Cambiemos reserva para llevar a la casa de empeños cuando, tal como ya le dijo Wall Street, el FMI le diga basta. Y cuantos menos derechos tengan sus trabajadores, más rápido la van a poder liquidar.

Pero no sólo esto. Con algunas variantes, el Modelo Vaca Muerta fue replicado –entre otros- por la Uocra de Gerardo Martínez y por uno de los sindicatos que ahora está en la vereda de enfrente del ejecutivo: el Smata que preside Ricardo Pignanelli.

Asimismo, se avanzó por medio de expresiones de la relación capital-trabajo basadas en nuevas tecnologías, como  los casos de Uber, y los repartidores de Glovo y Rappi.

Es que, de lo que se trata, es decidir qué se hace con la riqueza que produce el trabajo y, en un diseño donde lo que importa es la maximización de ganancias por parte de los grandes jugadores empresariales y –sobre todo- el capital financiero, los que siempre pierden son los trabajadores.

Y lo hacen incluso cuando conservan su trabajo, porque en una relación desigual como la de trabajo-capital, la regulación estatal es definitoria.

Pero más relevante que la regulación que pudiera establecer el Estado Liberal Burgués, es la capacidad de los trabajadores para desmitificar ideas que el capitalismo pretende presentar como atributo sacralizado, tales como esto de la “modernización del mercado laboral”. Y, desde ahí señalar cada elemento del impacto negativo –y para muchos terrible- que provoca la política gubernamental a los trabajadores y sectores medios.

Pero, sobre todo, la capacidad de resistir y reconstruir un imaginario social de clase de la mano de espacios que articulen y unifiquen la lucha, aún en la diversidad.

“Nos prometieron ser nuestros propios jefes pero nos tratan como esclavos”, recalca la declaración fundacional del sindicato que agrupa a trabajadores de las plataformas de pedidos como Glovo y Rappi, que acaba de presentar su solicitud de reconocimiento ante la Secretaria de Trabajo.

 

Círculo vicioso

 

Queda claro que si –tal como varias veces explicó NP diario de noticias- el precariado es la situación paradigmática que este momento de desarrollo capitalista tiene para la relación trabajo-capital, resulta saludable que desde el universo del trabajo exista una reacción rápida que le salga al cruce.

Es que, uno de los principales fines que persigue el precariado, es la destrucción de la sindicalización como parte de su empeño por destrozar la conciencia de clase, tarea que se presenta como medular para el “cambio cultural” que propicia el Gobierno Cambiemos, algo que también sería su legado.

Aniquilar la conciencia de clase permitiría avanzar en formas que, como el precariado, consolidarían y profundizarían la preeminencia del capital sobre el trabajo.

Pero, además, la conciencia de clase es la principal herramienta cuestionadora de las relaciones que establece el capital. Algo así como la punta de hilo de un ovillo del que  -con sólo tirar un poco- permite advertir una construcción y un desarrollo histórico basados en la solidaridad como mecanismo organizativo de resistencia contra las injusticias. Una especie de instructivo de prácticas de apoyo mutuo y acción colectiva construido por las clases subalternas para enfrentar el ataque de aquellas dominantes. Esto es, que permite modificar, positivamente, la percepción entre pares y respecto a otras clases antagónicas.

Va quedando claro, entonces, por qué los ganadores del capitalismo ponen tanto énfasis a la hora de intentar transformar al proletariado en precariado que naturaliza el desempleo, la flexibilización y la precariedad prolongada en el tiempo, al tiempo que baja en el nivel salarial y aumenta la incertidumbre, porque el trabajo deja de ser un elemento organizador de la vida y la familia.

¿Pero por qué todo esto? Sencillo, porque más allá de factores externos que actúan sobre la dinámica económica, la génesis de las crisis está en la propia dinámica del capital.

Pero a diferencia de otros momentos, es muy improbable que de esta crisis se salga por medio de una reestructuración clásica de las diferentes facciones del capital que, por medio de esquemas de representación política, fidelización y legitimación reorganicen la gobernabilidad y el esquema de hegemonía social.

Y esto es así porque, esta vez, la crisis trasciende la coyuntura, por lo que los endebles niveles de estabilización que viene logrando la economía a escala global, son en base a sobreendeudamiento terminal de varios Estados.

Este es el universo en el que el Gobierno Cambiemos metió a Argentina, sin paradas previas y de forma acelerada.

Por eso esta dinámica alocada de Lebac, Lelic, Botes, Letes dólar y toda esa ristra de siglas que ponen, en negro sobre blanco, a la tensión existente entre los universos de la economía real y la financiera.

Con esta lógica de acumulación, la recuperación de la tasa de beneficio requiere de un “sacrificio”, aquel que desde hace algunos meses pide Mauricio Macri con impostado rictus de dolor.

Pero el ajuste y la expulsión de trabajadores del sistema productivo, son la verdadera consecuencia de esta dinámica perversa que también provoca efectos sobre la demanda efectiva que, sin plata en el bolsillo, indefectiblemente se contrae. Entonces, irremediablemente, el círculo vicioso pega un nuevo giro hacia el infierno.

Y también se profundiza el camino hacia los límites que el propio capitalismo tiene inscripto en sus genes. Especialmente aquel de carácter social porque, sin remedio, la intensificación de la explotación requiere de formas represivas cada vez más difíciles de legitimar. Pero también nuevas formas de resistencia, asociación y lucha que desde el universo del trabajo y su desarrollo en el territorio, señalan y actúan sobre aquello que es evidente, construyendo un camino alternativo a la mercantilización de todo que impone el capital. Porque, muy que le pese a la burocracia, los trabajadores agitamos y –a diferencia de ellos- trabajamos.