Como si fuera un reconocimiento del destino, hoy, en el Día del Artista Plástico, falleció Carlos Alonso, un pintor que supo conjugar en sus obras una estética cautivante y un compromiso ético y político con el que abrazó desde la cultura las causas populares durante toda su vida, aún en los momentos más difíciles de nuestra historia. Por Silvia Majul (*)
Alonso en este septiembre deja huérfano al panorama cultural argentino de su último faro monumental. Fallecido a los 97 años en su refugio de Unquillo, Córdoba, el pintor, dibujante y grabador mendocino no sólo fue un virtuoso del trazo, sino de la conciencia estética y el cronista más visceral de las realidades y dolores de nuestro pueblo.
Su fallecimiento, ocurrido hoy, justamente en el Día del Artista Plástico y a las puertas de la primavera, clausura un capítulo fundamental del arte comprometido en América Latina. Nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929, Carlos Alonso se formó bajo el ala de Lino Enea Spilimbergo y consolidó tempranamente una carrera monumental que incluyó la ilustración de clásicos como el Don Quijote de la Mancha y el Martín Fierro. Sin embargo, su biografía y su obra quedaron trágicamente fracturadas por el terrorismo de Estado. En 1976 debió partir al exilio, y en 1977 la dictadura cívico-militar secuestró y desapareció a su hija Paloma.
A partir de ese desgarro, Alonso transformó el dolor en un acto de resistencia permanente. Series definitivas como Manos Anónimas o el lienzo El viejo pintor —donde retrató las ausencias de sus entrañables compañeros de ruta y militancia histórica en el Nuevo Cancionero, como Armando Tejada Gómez y Hamlet Lima Quintana— se convirtieron en testimonios explícitos contra el olvido.
Lejos de los salones de la comodidad burguesa, Alonso concebía la plástica como un bien común para denunciar la desigualdad y la subsistencia precaria de los sectores vulnerables. Sus series en blanco y negro, despojadas de la distracción del color, buscaban transmitir crudeza ideológica y contenido social.
Su herencia sobre las nuevas generaciones de creadores es incalculable. Carlos Alonso ha partido al reencuentro definitivo con Hamlet, con Tejada y con su amada Paloma. Deja tras de sí un lienzo inacabado que las nuevas generaciones de artistas y militantes deben continuar pintando. Su mayor legado, la lección política y humana más profunda que legó a este suelo, fue habernos demostrado con el cuerpo y el pincel que al horror y la crueldad se los vence con arte y con ternura.
¡Hasta la victoria siempre!
(*) Silvia Majul es documentalista y productora.