China sin saberlo, resulta que posee en Cuba instalaciones de inteligencia electrónica cerca de la Florida, y que esa estación de escuchas, así le dicen, también sirve como centro de entrenamiento militar. A todo lo anterior, se suma, ahora en el 2026, una “peligrosa” expansión china en sistemas de telecomunicaciones, energía y transporte.
(*)Por Francisco Delgado Rodriguez, desde La Habana
Constituye una titánica tarea, la de desmentir las mendaces afirmaciones del actual secretario de Estado de los vecinos del norte, el sr. Marco Rubio García, o Mr. Rubio, quien apela a la supuesta hostilidad contra EEUU, de parte la República Popular China o de la República Federativa de Rusia, como justificantes para la agresividad permanente contra Cuba.
Esto desde luego no es nada nuevo; mucho menos que requiera la alarma manifestada en la orden ejecutiva del pasado 29 de enero, firmada por Trump, ocasión en que se calificó a Cuba como una “amenaza inusual y extraordinaria”.
EEUU, a punto de celebrar 250 años de independencia, llevan no menos de 200 años en guerra, en su mayoría en acciones en el exterior, especialmente cuando el sistema entró en su fase imperialista. Sin embargo, siempre sus líderes han tenido que lidiar con lo que allí se le denomina “aislacionismo”, es decir, no meterse en problemas en otros lugares, y concentrar los esfuerzos en los problemas del país.
Este aislacionismo es un serio problema para el esquema de concentración de la riqueza estadounidense, que descansa desde al menos la segunda guerra mundial, en el complejo militar industrial, devenido hoy en un complejo tecnomilitar industrial. Este sistema es un ejemplo clásico que muestra, como las trasnacionales estadounidenses son anti estadounidenses.
Por tanto hay que fabricar enemigos, inventarlos, ver a quién culpan de que, a pesar de promesas y de la legitima demanda popular de “aislarse” del resto y garantizar el bienestar doméstico, es necesario invadir a terceros. De esa lógica surgió la Guerra Fría y la guerra nuclear, pánico generado por la única nación que ha empleado dos artefactos, en Japón; también la guerra contra el terrorismo, invento justamente, de los principales terroristas del mundo.
Si a lo anterior se suma viejas doctrinas como la Monroe, ahora matizada como Donroe (por Turmp, ya se sabe), pues tienen el argumento “perfecto” para convertir en malos de la película, sí, con esa simpleza de análisis, a potencias extra regionales, que en ningún caso tienen la trayectoria agresiva de EEUU.
Entonces a la mano están China y Rusia, que según Washington tienen prohibido aparecer por esta parte del globo terráqueo. Y todo aquel que auspicie la presencia de estos en las Américas se convierte de oficio, en compinche de esos “enemigos del pueblo estadounidense”.
Como se observa, la historia tiene como mínimo los mismos años de la Revolución cubana, coincidiendo con los tiempos de las relaciones de Cuba, tanto con China como con la URSS/Rusia. Y sucesivamente esos vínculos, absolutamente legítimos, apegados al Derecho Internacional y también, desde luego, a la Constitución Cubana y de los países mencionados, ha generado una suerte de falsa o fingida paranoia desde Washington.
Tan temprano como cuando la administración de Kennedy, se reportan las primeras alarmas cuando Cuba debió recurrir y aceptar la generosa ayuda de la URSS para encarar la irrupción tremenda del bloqueo, impuesto desde entonces. De allí se derivaron, también en base al derecho, la colaboración en materia de defensa, imprescindible ante la creciente agresividad imperial.
Cuando la Revolución tenía apenas 20 meses de existencia, EEUU impulsa, mejor dicho, impone la llamada Declaración de San José de Costa Rica, invento estadounidense para reforzar el relato anti soviético, ahora con pretensiones regionales, dirigida más allá de la opinión pública estadounidense.
La tal Declaración dice en su segundo párrafo: …. “Rechaza asimismo la pretensión de las potencias chino-soviética de utilizar la situación política, económica o social de cualquier Estado americano, por cuanto dicha pretensión es susceptible de quebrantar la unidad continental y de poner en peligro la paz y seguridad del Hemisferio”…
Y entonces, en gigantesca asamblea popular, el pueblo cubano aprobó la Primera declaración de la Habana. En la ocasión el Comandante en Jefe leyó, ante ese público enardecido: “[...] que la ayuda espontáneamente ofrecida por la Unión Soviética a Cuba, en caso de que nuestro país fuera atacado por fuerzas militares imperialistas, no podrá ser considerada, jamás, como un acto de intromisión, sino que constituye un evidente acto de solidaridad…”
Entre los años 1965 y 1980, con los gobiernos de Johnson, Nixon, Ford, Carter y Reagan, las relaciones con la URSS continuaron siendo objeto de la guerra comunicacional, y como justificante para amenazar o agredir en materia económica a Cuba. El gesto internacionalista de Cuba en África también fue vendido como ejemplo del supuesto carácter de satélite de la isla respecto a la URSS, mientras que Reagan etiquetó a Cuba como una amenaza hemisférica.
Posteriormente, cuando ya la URSS no existía, cuando ya el comunismo soviético había desaparecido y todos eran más felices, pues el fantasma ruso se mantuvo vigente, en las antojadizas versiones de seguridad nacional estadounidense, y desde luego Cuba, como adlátere de los rusos, a quienes acusaban de continuar la colaboración en materia defensiva.
Qué fácil habría sido resolver todo esto si EEUU hubiera desistido de su estrategia agresiva y confrontativa contra Cuba; pero bueno, eso no se correspondía con los intereses del mencionado complejo militar industrial, los que mandan en Washington.
Con la primera y aún más, con la segunda administración Trump, esta leyenda no solo continuó, sino que asumió argumentos más burdos, exponiendo mentiras cada vez más increíbles, como la responsabilidad rusa en el novelesco Síndrome de la Habana, que nunca existió, según las evidencias científicas corroboradas por los propios estadounidenses.
También con Trump, desde al menos 2019, se intensifican los ataques contra la República Popular China, que mediante algún cuento antichino, se le acusa hasta de tener un sofisticado sistema de telecomunicaciones y bases de espionaje, un absurdo de tamaño colosal.
En tal sentido, China sin saberlo, resulta que posee en Cuba instalaciones de inteligencia electrónica cerca de la Florida, y que esa estación de escuchas, así le dicen, también sirve como centro de entrenamiento militar. A todo lo anterior, se suma, ahora en el 2026, una “peligrosa” expansión china en sistemas de telecomunicaciones, energía y transporte. Y todo articulado con el discurso de que la presencia china en Cuba, representa un “riesgo para la seguridad hemisférica”.
Por otro lado, la República Popular China tiene relaciones y vínculos económicos con otras naciones fronterizas con EEUU, y no por ello son calificados como amenaza extraordinaria. Por ejemplo, Canadá tiene presencia de China en sectores como la minería, energía limpia y un comercio bilateral estable; con México, en ferrocarriles, energía solar y manufacturas varias; Bahamas, que cuenta con inversiones chinas en puertos, hoteles y parques industriales y en Bermudas, con presencia en logística marítima y seguros.
Francamente tomar la amistad de Cuba con China como base de ataque es absolutamente ridículo, ni siquiera merecería una atención medianamente seria. Porque en definitiva el asunto ni siquiera tiene que ver con Cuba. Es más global, es que en efecto el espectacular desarrollo de la China “comunista”, epíteto usado para degradarla, un absurdo, si supone una formidable competencia, un impresionante ejemplo de cómo debe actuarse en el mundo, no con bravuconerías imperiales, sino con espíritu y políticas de cooperación, bajo la fórmula de ganar/ganar para todas las partes.
Así que he ahí el tremendo peligro para el imperio, de la existencia de China. No solo lo obvio, desde el punto de vista tecnológico o industrial, es la concepción misma de cómo deben ser las relaciones internacionales, en una época donde parece predominar el caos. En resumen, China representa un mundo donde el complejo tecnomilitar industrial, que dirige los destinos de EEUU, no pinta nada.
En unas horas se producirá la visita del mandatario Trump a Beijín, y el mundo observa con expectativa, casi con angustia que saldrá de este viaje, con la esperanza que la proverbial paciencia china impregne algo al Jefe Trump, que tal vez el confusionismo alumbre al confundido mandatario estadounidense, de cómo parar la atmósfera bélica, que ha atrapado las almas que habitan la Casa Blanca.
Cuba, desde luego tiene mucho que agradecer a la República Popular China, a los comunistas chinos, para más seña. Ese apoyo en estos muy duros y complejos momentos que la nación cubana enfrenta, no solo está sirviendo para sobrevivir, sino para desarrollar la economía de la Isla, por caso todo el programa de energía renovable, para mencionar algo tan urgente, para los cubanos y para la naturaleza.
Y, además, hay un aspecto esencial, innegociable. Cuba tiene relaciones con quien quiera, con la dimensión y en los temas que estime pertinente. Y no es un invento cubano, es lo que le permite a una nación estimarse como soberana e independiente. Es cierto, tampoco eso da derecho para encubrir afanes agresivos contra terceros, pero si algo es absurdo, es que la pequeña isla de Cuba puede ser una amenaza para la híper potencia imperial, ni es inusual y mucho menos extraordinaria.
En todo caso, el imperio tiene una única opción, escuchar a su pueblo, que exige aislacionismo o como quiera que se le denomine ahora. Que el mundo está cambiando a velocidad de la luz, la multilateralidad ya nadie la cuestiona, BRICS y asociados mediante. Y cuando en Washington se resisten a entender, pues ahí está Irán, donde reina lo asimétrico, si se entiende el término, que bien puede replicarse en otras geografías. Se verán cosas.
(*)La presente nota es gentileza del medio cubano CubaSí:https://www.cubasi.cu/