En este nuevo aniversario de la Revolución de Mayo tenemos por delante el objetivo de deshacernos cuanto antes de un gobierno neocolonial que le cedió por completo a Washington las decisiones sobre el destino de nuestra patria. El Mensaje de Unidad a los Argentinos del Che escrito para esta misma fecha hace 64 años nos sigue interpelado con su claridad y vigencia conceptual: el antiimperialismo nos marca el camino hacia la liberación nacional y social.
La historia vuelve a colocarnos frente a una pregunta decisiva, ¿qué significa la independencia de un pueblo? La Revolución de Mayo no fue sólo un quiebre administrativo con la corona española; encauzó la irrupción de una voluntad histórica nueva en estas tierras. Fue organizada en un contexto en el que las masas criollas, los sectores populares, los patriotas y revolucionarios de Nuestra América comprendieron que ninguna nación puede realizar plenamente su destino mientras otro poder decida sobre sus recursos, su economía, su vida. Es decir, sobre su patria.
Sin embargo, el camino emancipatorio abierto en 1810 quedó inconcluso. Las viejas cadenas coloniales fueron sustituidas rápidamente por nuevas formas de dependencia aun tras la proclamación de la independencia en 1816. Allí donde antes mandaban virreinatos y capitales españoles, comenzaron a operar las oligarquías locales asociadas al capital monopólico extranjero de las potencias de turno, administrando una arquitectura de subordinación política y económica que todavía hoy subyuga a nuestros pueblos. Esa limitación histórica imbricada en la tensión entre independencia formal y dependencia real es precisamente sobre la que alerta con una profundidad extraordinaria la visión de Mariano Moreno, el principal ideólogo y estratega de la Revolución de Mayo, cuando por ejemplo sostenía que “si los pueblos no se ilustran, si no se divulgan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que puede, vale, debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y será tal vez nuestra suerte cambiar de tiranos sin destruir la tiranía”.
En esa misma línea, valorando siempre los pasos dados en el rumbo hacia una patria libre pero señalado la urgencia de los pasos a seguir, se inscribe el “Mensaje a los Argentinos” del Comandante Ernesto Guevara. El Che comprendió cabalmente que la lucha por la liberación nacional no podía limitarse a las fronteras jurídicas de los Estados, que resulta imprescindible proyectar esa lucha a nivel continental contra un enemigo común: el imperialismo y los monopolios que sometían y someten a América Latina.
Sesenta y cuatro años después, las palabras del Che asombran por su actualidad. En el balance del devenir histórico y más allá de las batallas ganadas por nuestros pueblos, el imperialismo en su decadencia se vuelve más agresivo y ha perfeccionado sus mecanismos de dominación. El bloqueo criminal contra Cuba continúa endureciéndose como castigo “ejemplificador” contra un pueblo que se atrevió a andar su senda hacia el socialismo y a construir soberanía con su conciencia política y su dignidad nacional. El asedio económico y las crecientes amenazas yanquis de invasión militar a la isla constituyen, a la vez, una advertencia permanente para todos los pueblos que osen romper las cadenas de la dependencia. A lo largo de más de seis décadas y pese a un bloqueo genocida, la Revolución Cubana en ningún momento dejó de irradiar a través de la solidaridad internacional su heroico ejemplo de rebeldía y humanismo por todo el mundo. Denunciar las atrocidades del imperialismo sin apoyar incondicionalmente en este contexto a Cuba, su gobierno, su Partido y su revolución no es más que una pose izquierdista vacía de contenido.
Mientras Washington recrudece su ofensiva sobre Nuestra América, como lo evidencia el anuncio del Corolario Trump de la Doctrina Monroe en el marco de la Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU con un correlato concreto en el acuerdo neocolonialista del llamado “Escudo de las Américas” o en su aplicación práctica mediante el bombardeo a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores; nuevos focos de resistencia emergen desde las entrañas de un continente en disputa. Hoy el pueblo de Bolivia vuelve a colocarse a la vanguardia de la resistencia sudamericana, como sucediera durante las guerras del agua y el gas a principios de este siglo, y enfrenta de pie a las políticas de entrega de sus recursos naturales. La lucha impulsada por la Central Obrera Boliviana, junto a la fuerza histórica del campesinado originario y sus Ponchos Rojos, expresa una verdad esclarecedora de nuestra época: ahí donde el capital financiero y los monopolios buscan saquear litio, gas, tierras, no dejan de resurgir las fuerzas populares y antiimperialistas dispuestas a defender el derecho soberano de decidir sobre su propio destino. Bolivia nos muestra además, otra clase de sindicalismo, independiente del Estado, de las patronales y de las fuerzas políticas del sistema. La lucha contra un imperio decadente – y por eso mismo más violento y peligroso- y contra sus personeros locales es una realidad viva, concreta, que atraviesa cada conflicto por la tierra, por los recursos naturales, por el trabajo digno.
Haciendo apenas un recorte de lo sucedido en las últimas semanas en nuestro país, podemos dar cuenta de lo que implica someterse a los designios del imperio. El acuerdo firmado con el Comando Sur considerando al Mar Argentino “un bien común global” le permite a Estados Unidos hacerse del control de la zona económica exclusiva de nuestro mar y contar con una ruta directa para acceder a las Malvinas y a la Antártida. El cipayismo del gobierno se acentúa a diario y así lo prueba la puesta en venta de activos clave para el desarrollo nuclear soberano, como el uranio, que pasarán a quedar bajo la potestad de EEUU. Otras de las joyas servidas en bandeja a los amos del norte son las tierras raras, minerales estratégicos para la industria tecnológica que de la mano del Super Rigi y la estadía en nuestro país del ceo de Palantir, Peter Thiel, se convertirán próximamente en un insumo vital para el Pentágono y sus planes de dominación. Esa misma suerte está trazada para el crudo de Vaca Muerta a partir del desembarco del magnate petrolero Harold Ham, uno de los principales financistas de las campañas presidenciales de Donald Trump. Todo esto sucede en simultáneo a la profundización del ajuste ordenado por el FMI que no para de desfinanciar la salud, la educación y la ciencia y nos somete a las grandes mayorías a la pobreza y la miseria.
Es precisamente ante estas disputas donde el mensaje del Che adquiere nuevamente toda su dimensión revolucionaria. Cuando habla de las condiciones objetivas de lucha contra el imperialismo, habla de una estructura histórica concreta: monopolios, dependencia económica, explotación y subordinación política. Al mismo tiempo, el Che comprendía también que ninguna transformación de fondo puede abrirse paso sin las necesarias condiciones subjetivas; es decir, sin la maduración de la conciencia de clase, sin la organización política de las masas y sin la confianza histórica de los pueblos en su propia fuerza. Y esas condiciones subjetivas no nacen espontáneamente, maduran en la lucha. Maduran en la resistencia obrera frente al ajuste, en la movilización estudiantil contra el vaciamiento educativo, en las luchas feministas y de la diversidad genérica contra el patriarcado, en la organización campesina e indígena contra el saqueo de la tierra y los recursos naturales. Cada conflicto sectorial contiene, en su germen, la posibilidad de elevar la conciencia colectiva y de transformar la indignación dispersa en fuerza política organizada.
La lucha educa al pueblo. Lo concientiza. Lo transforma. Por ese cauce, que el Che nos convoca a profundizar, se desarrolló la Revolución de Mayo. Y en ese camino aparece una dimensión fundamental de toda experiencia revolucionaria: la convicción de las masas en su propia victoria. No se trata de una fe abstracta o pasiva, sino de la certeza concreta de que la fuerza de la unidad puede triunfar cuando se asume al enemigo principal y se acciona en consecuencia.
El imperialismo necesita pueblos resignados; la revolución necesita pueblos conscientes de su propia fuerza. Por eso el Che insistía tanto en señalar la enorme debilidad relativa de los aparatos represivos frente a un pueblo organizado y decidido. Cuando las masas descubren su capacidad de intervenir sobre la historia, comienza a abrirse la posibilidad real de disputar el poder.
El “Mensaje a los Argentinos” constituye, entonces, mucho más que un documento político de una época determinada. Es una convocatoria histórica dirigida a los pueblos de Argentina y de toda América Latina. Una invitación a recrear el 25 de Mayo. A retomar aquella gesta emancipadora inconclusa y proyectarla hacia una nueva etapa de liberación continental. Recrear el espíritu de Mayo significa asumir nuevamente la tarea de conquistar la independencia real de nuestros pueblos construyendo una inmensa fuerza obrera, campesina, estudiantil y popular capaz de enfrentar colectivamente la dominación imperialista para abrir un horizonte nuevo en Nuestra América.
La crisis de alternativa política para la defensa soberana y de los intereses populares en nuestro país tiene como telón de fondo un escenario global marcado por la crisis civilizatoria del capitalismo y de sus democracias burguesas y por la declinante hegemonía del imperialismo estadounidense. Podríamos decir que están dadas las condiciones objetivas para el surgimiento de un nuevo bloque histórico en Argentina que corte con la alternancia entre gobiernos de una derecha cada vez más radicalizada y gobiernos “progresistas” cada vez más moderados, concebidos para la administración de los cada vez mayores daños heredados. Pero con esa afirmación no alcanza para modificar la realidad: crear las condiciones subjetivas para avanzar hacia la liberación nacional y social es la tarea.
En esa labor cotidiana va la síntesis histórica de más de dos siglos de luchas populares, de insurrecciones urbanas, huelgas obreras, resistencias campesinas y revoluciones inconclusas como la de Mayo. La gesta patria iniciada en 1810 continúa, con sus marchas y contramarchas, bajo nuevas formas y en nuevas circunstancias coyunturales. Tomar el legado de Moreno, Belgrano, Castelli, Monteagudo, que recogiera y profundizara San Martín o que a nivel continental lo hicieran otros libertadores como Bolívar y Martí, y más acá Fidel y Chávez; es parte de una batalla histórica todavía abierta. En esa batalla se evidencia hoy con más claridad que nunca por dónde pasa la contradicción antagónica a resolver: soberanía o monopolios, liberación o dependencia. O bien, en definitiva, socialismo o barbarie imperialista.
“Todos los que están en contra de los monopolios, a todos ellos se les puede aplicar un denominador común. En eso los norteamericanos tienen razón. Todos los que luchamos por la liberación de nuestros pueblos luchamos al mismo tiempo, aunque a veces no lo sepamos, por el aniquilamiento del imperialismo”, afirmaba el Che en su mensaje de unidad el 25 de mayo de 1962.
Como señalaba Guevara, la historia termina reduciendo las posiciones a una disyuntiva cardinal: lucha directa contra el imperialismo o colaboración con él. Esa contradicción está marcada a fuego en nuestro presente. Y en este escenario la tarea de luchar por una transformación total de la sociedad no puede ser tomada como un plan a largo plazo; resulta más bien una necesidad urgente de supervivencia ante la depredación de un capitalismo dependiente en nuestro país y en Nuestra América que va dejando tierra arrasada a su paso.
Esa labor cotidiana exige también la responsabilidad revolucionaria en la formación política e ideológica de la militancia, en el debate fraterno despojado de formalismos para la unidad de programa y de acción con todos los sectores antiimperialistas, en la capacidad de organizar al pueblo en nuevos Cabildos Abiertos. Por lo tanto, esa vocación de poder debe construirse de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Y plasmarse en concreto en cada frente de masas.
A 216 años de la Revolución de Mayo y a 64 del Mensaje a los Argentinos del Che, la emancipación no será posible si no dedicamos nuestros mayores esfuerzos a construir, fortalecer y expandir la conciencia antiimperialista. En cada lugar donde un trabajador se organiza por sus derechos, donde un estudiante resiste el vaciamiento educativo, donde un campesino defiende la tierra, donde un pueblo enfrenta el saqueo de sus recursos, continúa viva la lucha inconclusa de Mayo. Continúa viva la posibilidad histórica de nuestra definitiva liberación.