“Vamos a hacer algo con Groenlandia, ya sea por las buenas o por las malas”, amenazó Donald Trump, reafirmando su voluntad de imponer la hegemonía absoluta del imperialismo desde el Ártico a la Antártida. Sus dichos fueron unánimemente repudiados por todos los partidos políticos de este territorio autónomo de Dinamarca. Por su parte, el PC danés afirmó que el pueblo de Groenlandia está siendo “brutalmente empujado a un atolladero” y se solidarizó con su causa. Tibia respuesta de la Unión Europea.
Un año atrás, Donald Trump anunciaba su intención de anexar Groenlandia a EE.UU. y como para reafirmar sus dichos, pocos días después su hijo Donald John viajaba a Nuuk para reunirse con Jörgen Boassen, que es quien encabeza la marginal corriente proestadounidense groenlandesa, una camarilla minoritaria que se volvió bastante intensa durante el último año al tiempo que se incrementaban los recursos que recibe del imperio.
Por entonces, para muchos todo esto formaba parte de las habituales bravuconadas del presidente yanqui y esa mirada era la que tenían la Unión Europea, el gobierno danés encabezado por Mette Frederiksen e incluso el titular del gobierno autónomo local (Naalakkersuisut), Jens Frederik Nielsen, quienes ahora no saben como disimular su incomodidad ante el “vamos a hacer algo con Groenlandia, ya sea por las buenas o por las malas”, con que la semana pasada los desayunó Trump tras atacar Venezuela.
Sin embargo, nada de esto sorprende a los integrantes del Partido Comunista de Dinamarca (PCD) que encabeza Lotte Rørtoft-Madsen, que ya hace un año denunciaba que Groenlandia y su población estaban siendo “brutalmente empujadas a un atolladero”, por lo que remarcaba que el derecho de los groenlandeses a determinar su propio futuro, debía ser apoyado “sin reservas ni cualquier forma de injerencia, chantaje y soborno, independientemente si provienen de Estados Unidos, Dinamarca o de cualquier otro lugar”.
Con este antecedente, la semana pasada el PCD advirtió que “todo esto se está repitiendo pero ahora el drama de Groenlandia ha alcanzado un nivel de tensión mucho mayor” y esto es porque “hay una diferencia importante respecto a hace un año” a raíz de “la brutalmente efectiva agresión de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro del jefe de Estado del país y su esposa, lo que ha eliminado cualquier duda acerca de si la Administración de la Casa Blanca puede poner en práctica las palabras de Trump”.
Al respecto el PCD es taxativo al denunciar que Venezuela “se convirtió en la primera víctima de la nueva estrategia de seguridad de EE.UU.” y cuando dice que “quedó claro que el imperialismo estadounidense, por la fuerza y por cualquier otro medio, quiere controlar el hemisferio occidental”. Y por eso “el mensaje enviado con el ataque a Venezuela se entiende en todo el hemisferio occidental: si no lo hacen bien, lo haremos nosotros mismos, independientemente de las normas y reglas internacionales”.
Con este telón de fondo, días atrás desde Washington se dejó trascender que una de las alternativas que Trump está dispuesto a poner sobre la mesa, es reflotar la oferta de comprar Groenlandia, que en 1867 hiciera el entonces presidente, Andrew Johnson.
Al respecto, el PCD planteó que “todos los escenarios imaginables están en juego en relación con tal oferta de compra: ¿inversiones en turismo polar a cambio de más bases que se sumen a la Base Espacial Pituffik (que ya posee EE.UU. en territorio groenlandés)? ¿Inversiones inmobiliarias a gran escala, un plan de asentamiento para colonos estadounidenses a cambio de instalar sistemas de misiles de largo alcance que puedan llegar hasta Rusia o incluso China?”. Y dejó en claro que detrás de todas estas hipótesis, aparece la pretensión estadounidense de apoderarse de los recursos naturales de Groenlandia, como asimismo “las llamadas preocupaciones de seguridad nacional”.
Es que al mejor estilo Vito Corleone, este Don de la mafia global llamado Donald Trump, está haciendo “una propuesta que no se puede rechazar” ¿Pero qué pasa si no se acepta? “¿Se puede evitar una acción militar estadounidense o una anexión por la fuerza dándole a Estados Unidos más bases en Groenlandia, permitiendo que instale sistemas de misiles tierra-aire y radares a lo largo de la costa este?”, pregunta el PCD y concluye que es sumamente peligrosa cualquier perspectiva de montar un escenario de militarización de Groenlandia, el Ártico y la región nórdica.
¿Acaso va a ser dando más concesiones como Europa va a aplacar la voracidad yanqui? Durante los últimos años el Pentágono consiguió acceso a 47 bases militares en la región nórdica y esto incluye a tres cuya concesión el Parlamento de Dinamarca aprobó en junio de 2025.
“El gobierno danés afirma repetidamente que Groenlandia pertenece a los groenlandeses y no está en venta, pero la realidad es que Dinamarca lleva varias décadas vendiéndosela a Estados Unidos”, puntualiza el PCD y recuerda que Copenhague suscribió un acuerdo de defensa con EE.UU. que otorga a Washington un amplio acceso a Groenlandia.
Están tocando a tu puerta
Queda claro que Trump agarró a Europa y particularmente a Dinamarca con la guardia baja. “La crisis política es evidente y esto incluye a la UE y la Otan, que se encuentran desprovistas de poder, más aún tras la demostración que hizo EE.UU. en Venezuela”, sostuvo el PCD y se refirió al desconcierto que reina entre el gobierno y las fuerzas con más representación en el Parlamento.
Mientras la premier Frederiksen se rasga las vestiduras diciendo que si Washington ataca a otro país de la Otan “todo se detiene”, el portavoz conservador de Groenlandia, Rasmus Jarlov, declaró ante las pantallas de la CNN que “EE.UU. afirma ser el único que quiere proteger Groenlandia, pero en realidad es EE.UU. quien la amenaza, ya que ni China ni Rusia lo hacen porque no tienen intención de apoderarse de Groenlandia”.
Entretanto, Weekendavisen, el principal diario/vocero del establishment danés, en su edición del sábado caracterizaba al escenario que tiene a Groenlandia en el ojo del huracán como “un combate de boxeo” y sin disimular, titulaba “No podemos quedarnos solos. EEUU es el mayor y mejor socio que podemos tener”.
En esa misma línea, un artículo firmado por su editora de la sección Internacionales, Anna Libak, asevera que Dinamarca tiene que garantizar a Estados Unidos que “Rusia y China se mantengan completamente afuera de Groenlandia” y va todavía más allá cuando se burla del ministro de Relaciones Exteriores danés, Løkke Rasmussen, quien reiteradamente dijo que no existe el “peligro ruso y chino” sobre Groenlandia.

Así las cosas, incluso si se hace una prospectiva muy audaz, resulta difícil imaginar un desenlace en el que Europa se plante y por eso lo más probable es que aparezca una salida elegante, que resguarde los propósitos estadounidenses sin forzar demasiado el artículo 5 del Tratado de Washington, que es el que alumbró a la Otan, que establece que “las partes convienen en que un ataque armado contra una o contra varias de ellas, acaecido en Europa o en América del Norte, se considerará como un ataque dirigido contra todas ellas”.
De todas maneras, en tal escenario, habrá que ver qué tanto una resolución así puede afectar la dinámica interna del Tratado Atlántico cuyo funcionamiento viene siendo severamente cuestionado por Trump, pero también la de la propia UE cuyas asimetrías estructurales y las contradicciones que provoca la situación en Ucrania, vienen profundizando una crisis que amenaza con hacer eclosión. Sobre esto, cabe tener en cuenta un hecho que tuvo lugar en estos días cuando el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, puntualizó que la Unión Europea se encamina a su desintegración, al tiempo que acusó a Bruselas de intentar cortar el suministro energético ruso a su país que, recalcó, pretende tener una política soberana dentro de ese espacio y de la Otan.
¿Pero qué pasa mientras tanto con los groenlandeses? “En medio de todo esto, la población groenlandesa está completamente atrapada en un caos y los políticos del país tienen que luchar, hora tras hora, para ser escuchados por Dinamarca”, lamentó el PCD y destacó que “en los últimos días queda demostrado que la Dinamarca oficial tiene grandes dificultades para abandonar sus actitudes y acciones colonialistas”.
Al respecto, sólo hay que señalar que la semana pasada se reunió el Comité de Política Exterior danés, en un encuentro en el que se presentó un informe sobre la relación del Reino con EE.UU., pero ahí no fue invitado a participar ningún representante del Naalakkersuisut, desde donde el presidente del Comité de Política Exterior y de Seguridad, Pipaluk Lynge, lamentó que “están celebrando una reunión sobre nosotros, una reunión histórica sobre nosotros, pero sin nosotros”, por lo que subrayó que “es frustrante estar aquí sentado desde Groenlandia y tener que pedir participar en una reunión tan inusual cuando se trata de nosotros: eso es una forma neocolonialista de excluirnos”.
Así las cosas, se espera que durante los próximos días el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, reciba a la ministra de Asuntos Exteriores de Groenlandia, Vibeke Motzfeldt, mientras que el viernes pasado se hizo pública una declaración de los cinco partidos políticos que tienen representación en el Parlamento groenlandés. “No queremos ser estadounidenses, no queremos ser daneses, queremos ser groenlandeses y el futuro de Groenlandia debe ser decidido por los groenlandeses”, dice el documento que suscribieron las cuatro fuerzas políticas que conforman la coalición de gobierno y también el partido que está en la oposición, que es el que propone una rápida independencia para Groenlandia.
De Nuuk a Ushuaia
Ante las pantallas de Fox, al ser entrevistado por Sean Hannity, Donald Trump, volvió a hacer gala de su vanidad cuando dijo que la Doctrina Monroe ahora debe llamarse Doctrina Donroe y la definió como “una especie de seguridad para esta parte del mundo”. Lo que resulta evidente es que no hay Donroe sin Monroe y ninguna de las dos sin el aquello del “destino manifiesto” que está en el sustrato mismo del espíritu fundacional de Estados Unidos y que nunca dejó de regir la política exterior de Washington, desde las trece colonias del siglo 17 al imperio que, aún en crisis, tiene capacidad de imponer mediante el poderío militar su agenda en términos geopolíticos, geoeconómicos y geoestratégicos.
Un rápido repaso por las incursiones yanquis sobre América da cuenta de las “Guerras Indias” que es como llaman a la masacre que borró a varias naciones y sus culturas, también permite recordar que ya en 1819 forzó a España a firmar el Tratado de Adams-Onis, por el que EE.UU. se quedó con la Florida a cambio de cinco millones de dólares que nunca pagó y casi ochenta años después volvió a apropiarse de territorio español, en este caso después de forzar una guerra desigual mediante un atentado de falsa bandera perpetrado en la Bahía de La Habana.
Por otra parte, el 31 de diciembre de 1831, el Destino Manifiesto se hizo sentir en territorio de la Confederación Argentina, cuando el USS Lexington atacó Puerto Soledad, tras lo que un destacamento a cargo del capitán de la Armada de Estados Unidos, Silas Duncan, desembarcó en las Islas Malvinas.
Antes la víctima fue México, país al que le arrebató la mitad de su territorio para formar los estados de Texas, California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah, Colorado y una parte de Wyoming. También en esos años perpetró otras invasiones a suelo mexicano, Nicaragua, Guatemala, Colombia y Ecuador.
Por otra parte, después de que el aparato de inteligencia estadounidense detectara la presencia de importantes yacimientos de oro en Alaska, en 1867 la diplomacia yanqui engatusó al zar Alejandro II para que hiciera el peor negocio en la historia de Rusia, vendiendo aquel territorio por 7.200.000 dólares. Y ese mismo año fue cuando el presidente Johnson quiso hacer lo propio con Groenlandia, pero los daneses dijeron que no.
Poco después Washington se haría cargo de las obras del Canal de Panamá lo que amplió su influencia en esa región, al tiempo que la historia de intervencionismo y anexiones continuaba en el siglo 20 con Bahía de Cochinos, República Dominicana, Haití y el fomento de golpes de Estado en toda Latinoamérica articualado en el Plan Cóndor, entre la larga lista de imposiciones imperiales.
Ahora con Trump y la nueva Estrategia de Seguridad Nacional presentada en 2025, la idea supremacista queda expuesta sin ningún tipo de prejuicios y con la excusa de “la lucha contra el narcotráfico” y la “incursión extranjera en la región”, plantea la imposición de un rediseño que va desde el Ártico hasta el Antártico y por eso es que en la mira aparecen Groenlandia y Canadá. Pero también Argentina y principalmente la Patagonia y el Atlántico Sur.
Entonces es desde la comprensión de esa mirada geopolítica y geoestratégica que se puede comprender el nuevo acto de sumisión perruna que Javier Milei le regaló a Trump cuando el sábado 3 de enero se apresuró a aplaudir el ataque perpetrado contra Venezuela. Pero más allá de las motivaciones de quien ocupa La Rosada, lo cierto es que no se puede dejar de pensar lo que está haciendo EE.UU. en la frontera norte del continente, sin advertir la agresiva irrupción que viene llevando a cabo en la frontera sur donde, entre otras cosas, merced a la complicidad de la Presidencia Milei ya puso una pata en Ushuaia con el emplazamiento de una base militar que establece un vértice con la que la Otan tiene en el territorio que usurpa en Malvinas, con capacidad para cerrar el acceso de Argentina a la región antártica.
De este modo, si se sale con la suya, Estados Unidos podría blindar parcial o totalmente la frontera ártica del hemisferio, lo que la pone a tiro de la Federación Rusa, pero también la frontera sur del continente, todo esto a veintidós años de la fecha a partir de la que el Tratado Antártico va a poder ser revisado a pedido de cualquiera de los Estados que lo firmaran en 1948 y de aquellos que se sumaron posteriormente.
Una al norte y otra al sur del continente, Nuuk y Ushuaia son ciudades que están hermanadas a través de un sistema que establece acuerdos de amistad y cooperación que fomenten intercambios culturales y sociales, al tiempo que promuevan la paz entre comunidades diferentes. Y ahora es la voracidad imperial y su peligroso juego geopolítico, geoeconómico y geoestratégico lo que las vuelve a asociar. Esta vez, poniéndolas en la misma mira.