El 30 de diciembre pasado se cumplieron 103 años de la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En esta columna, el historiador Horacio López analiza la trascendencia mundial de la mayor obra de la Revolución Bolchevique.
En los dos últimos siglos, XIX y XX, la revolución francesa de 1789 y la rusa de 1917 fueron los acontecimientos más importantes y de tremenda repercusión que sacudieron la evolución social mundial. La primera fue el parte aguas entre el decadente y terminal feudalismo y la burguesía que asomaba de la mano del voraz capitalismo; la segunda fue la irrupción, que pasó de la teoría a la práctica, de las ideas del socialismo que irrumpieron para construir un sistema y una sociedad nuevos y no conocidos hasta entonces.
Antonio Gramsci, el gran pensador y político italiano empezó a desarrollar una interpretación propia de lo que ocurría en Rusia. A fines de abril de 1917 publicó un articulo en Il Grido del Popolo titulado “Note sulla rivoluzione russa” (Notas sobre la revolución rusa). Contrario a la mayoría de los socialistas de la época –quienes analizaban los sucesos rusos como una nueva Revolución Francesa, Gramsci se refería a ella como un “acto proletario” que llevaría al socialismo. Para Gramsci, la Revolución Rusa era algo muy diferente al modelo jacobino, visto como mera “revolución burguesa”. Al interpretar los sucesos en Petrogrado, Gramsci expuso un programa político para el futuro. Para continuar el movimiento, para avanzar hacia la revolución obrera, los socialistas rusos deberían romper definitivamente con el modelo jacobino, identificado en este caso con el uso sistemático de la violencia y con baja actividad cultural. En los siguientes meses de 1917, Gramsci se alineó prontamente con los bolcheviques, una posición que también expresaba su identificación con las alas más radicales y anti-bélicas del Partido Socialista Italiano.
En un artículo del 28 de julio, “I massimalisti russi” (Los maximalistas rusos), Gramsci declaró su apoyo total a Lenin y a lo que llamó la política “maximalista”. Esta, en su opinión, representaba “la continuidad de la revolución, el ritmo de la revolución y, por tanto, la revolución misma”. Los maximalistas eran la encarnación de la “idea-limite del socialismo”, sin ningún compromiso con el pasado. Gramsci insiste sobre el punto de que la revolución no puede ser interrumpida y que debe, en cambio, sobreponerse al mundo burgués.
Siguiendo con el análisis comparativo de las dos grandes revoluciones mencionadas, escribe el historiador inglés E.J. Hobsbawm en su “Historia del siglo XX”: “Las repercusiones de la revolución de octubre fueron mucho más profundas y generales que las de la revolución francesa… las consecuencias prácticas de los sucesos de 1917 fueron mucho mayores y perdurables que las de 1789.” Y continúa: “La revolución de octubre originó el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna. Su expansión mundial no tiene parangón desde las conquistas del Islam en su primer siglo de existencia. Sólo treinta o cuarenta años después de que Lenin llegara a la estación de Finlandia en Petrogrado, un tercio de la humanidad vivía bajo regímenes que derivaban directamente de los ‘diez días que estremecieron al mundo’ (Reed, 1919) y del modelo organizativo de Lenin, el Partido Comunista”.
La revolución de octubre 1917 fue la legítima expresión de la voluntad revolucionaria de las masas de Petrogrado –una insurrección armada a favor del poder bolchevique dirigida por un partido de vanguardia altamente disciplinado, conducido brillantemente por V. I. Lenin.
Se crea la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas
Cinco años después de producida la revolución, se decidió avanzar en una institucionalidad superior. El 30 de diciembre de 1922, Rusia, Ucrania, Bielorrusia y la República de Transcaucasia (que abarca a Armenia, Azerbaiyán y Georgia), firmaron el Tratado de Creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la primera nación del mundo basada en el socialismo marxista.
No obstante, aunque al principio se crearon algunos organismos, el nuevo Estado no se institucionalizó hasta la aprobación en 1924 de una nueva constitución. En sus inicios, la URSS solo tenía las cuatro repúblicas socialistas soviéticas mencionadas. Pero con el paso de años siguió creciendo hasta tener 15 repúblicas en 1940. Entre esas repúblicas se encontraba Armenia, Rusia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Estonia, Georgia, Letonia, Moldavia, Lituania, Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán y Ucrania. Durante su existencia, era considerado el país más extenso del mundo. Su territorio abarcaba 22.4 millones de kilómetros cuadrados, es decir, casi una sexta parte del territorio del planeta. Se extendía entre el oriente de Europa y la porción septentrional de Asia. Además, su población total era de 293 millones de habitantes hasta 1991. Era el tercer país más poblado, solo superado por China e India. Por primera vez en la historia de la humanidad se constituía una institucionalidad de repúblicas unidas en un solo fin: la construcción del socialismo.
La URSS jugó, como se sabe, un papel fundamental en la lucha, durante la 2° guerra mundial, contra el nazismo y sus aliados. Si dejamos de lado la construcción de la leyenda “holliwoodense” que a través de las películas quiso demostrar al mundo que esa guerra la ganó Estados Unidos, cuando en rigor sus tropas apenas estuvieron en suelo europeo el último año de la gran contienda, se sabe que fue la URSS la determinante en el triunfo final. Los aproximadamente veintisiete millones de soviéticos muertos en la Gran Guerra Patria, como la llamaban, es la mejor muestra de ello.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la influencia soviética se extendió a Europa del Este mediante la instalación de gobiernos aliados a la URSS en sus objetivos socialistas, en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria y Alemania Oriental, además de sumarse los países bálticos (Estonia, Letonia, Lituania) y territorios como el norte de Bucovina y Besarabia (parte de la actual Moldavia) y otras zonas, formando el bloque del Este, dando inicio a la Guerra Fría y a la Cortina de Hierro; esta última fue la división ideológica, política y física que partió Europa en dos bloques durante la Guerra Fría (1945-1991): la Europa Occidental capitalista y la Europa Oriental llamada por los occidentales, comunista, liderada por la Unión Soviética, siendo el Muro de Berlín su símbolo más icónico y su caída un hito en el fin del conflicto. Fue Winston Churchill quien popularizó la definición Cortina de Hierro o Telón de Acero diciendo en 1946 que “Desde Stettin (Polonia), en el Báltico, a Trieste (Italia), en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero”.
La amenaza latente de una nueva guerra, esta vez de carácter nuclear, condicionó durante las siguientes décadas el desarrollo pleno de la experiencia socialista. La Unión Soviética y demás países de Europa Oriental debieron entrar en una carrera de emulación con el sistema capitalista que le restaba enormes recursos a la evolución socialista. Particularmente la URSS se vio obligada a entrar en una carrera armamentista con EE.UU. y sus aliados que le insumió ingentes recursos.
Cuenta Fidel Castro en un extenso reportaje que le hace Ignacio Ramonet en 2003 lo siguiente: “Yo llegué a pensar, y pienso todavía, que sin la industrialización acelerada a que se vio obligado aquel país, en gran parte por culpa de Occidente que lo bloqueó, lo invadió y le hizo la guerra, la URSS no se habría salvado del zarpazo nazi, habría sido derrotada. Ellos, en plena guerra, fueron capaces de transportar fábricas, ubicadas en terrenos nevados y hacerlas producir cuando todavía les faltaba techo. Fueron protagonistas de una enorme proeza, una de las más meritorias de aquella guerra, donde se cometieron tantos errores políticos previos. Ahí es donde yo haría las mayores críticas por errores cometidos”. Y más adelante se explaya Fidel: “Pero, en realidad, tenían atrasos tecnológicos en diversas esferas de la economía productiva, y eso tuvo su precio en la lucha del socialismo frente al imperialismo y sus aliados. Lo curioso es que la URSS era el país que más centros de investigación creó, más investigaciones llevó a cabo y, excepto en la esfera militar, el que menos aplicó en su propia economía, el caudal de invenciones que desarrolló”.
Mijaíl Gorbachov fue su último líder y figura directamente asociada con la desintegración de la URSS, tras implementar dos políticas conocidas como 'Glasnost', que permitió la libertad de prensa y la 'Perestroika', que introdujo cambios en el gobierno.
Esos cambios, unidos al contexto de crisis que referencia Fidel, aceleraron la crisis y algunas repúblicas comenzaron a optar por su independencia.
Por esos errores cometidos, mas el permanente hostigamiento, provocaciones y sabotajes, en 1991 con la llamada caída del muro de Berlín, se terminó esa experiencia de unidad de las repúblicas soviéticas.
El mundo hoy
El panorama geoestratégico mundial ha cambiado substancialmente en estos 35 años desde la caída del Muro de Berlín.
Al año siguiente de la disolución de la URSS, la mayoría de sus ex repúblicas constituyeron la Comunidad de Estados Independientes (CEI). Es una organización internacional que regula las relaciones de cooperación entre la mayoría de los Estados ex soviéticos, incluida la cooperación militar. Con sede ejecutiva en Minsk (Bielorrusia), la conformaron diez de las quince repúblicas que constituían la URSS.
A su vez la Federación Rusa, integrante de la CEI, en 2014 anexó la República Autónoma de Crimea y Sebastopol por solicitud de las mencionadas luego de un referéndum que aprobó su población. En 2022, por similares procedimientos se anexaron a la Federación las hoy repúblicas de Donetsk, Lugansk, Zaporoye y Jersón, ex territorios de Ucrania.
En este andar del primer cuarto del siglo XXI los antagonismos que marcaron la Guerra Fría se han exacerbado. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha ido queriendo cercar a la Federación Rusa, colocando misiles y armamentos en los países que fue incorporando a su seno, como son el caso de Estonia, Letonia y Lituania, ex integrantes de la URSS, incumpliendo tratados anteriores. La actual guerra de Rusia con Ucrania obedece, entre otras cuestiones, a que este último país pretendía también integrar la OTAN, cuestión imposible de aceptar por parte de Rusia.
La gran diferencia de calidad en este mundo actual es que el hegemón de turno, el imperialismo yanqui, hasta aquí amo y señor de los mares y tierras, está perdiendo su poderío militar, económico y cultural a manos de nuevos emergentes, tan poderosos en algunos casos como EE.UU. Hoy potencias como Rusia y China compiten con el imperialismo en el plano militar y el económico. Otros protagonistas como Irán, la India, reclaman también su lugar en el concierto de las naciones poderosas.
Una nueva experiencia que apareció en este siglo es la de los países llamados BRICS, un grupo de economías emergentes que originariamente incluía a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. A principios de 2025 el bloque se ha expandido con las incorporaciones de Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia. Esta conjunción de países, autodenominados como representantes del “Sur Global”, buscan reformar el orden mundial dominado por Occidente, disputándole desde la economía, las finanzas, los tratados de comercio, la geopolítica y lo militar.
En el primer cuarto del siglo XX fue la URSS y sus países aliados los que enfrentaron a los países hostiles. Hoy los BRICS son la punta de lanza que no sólo le quitará la supremacía al imperialismo, sino que está abriendo las puertas a una nueva era más justa y equilibrada para toda la humanidad.