Casi medio siglo después, Italia sigue reclamando la extradición de un exmilitante de las Brigadas Rojas. El caso expone las grietas de una justicia que juzga en ausencia y las paradojas de un pasado revolucionario que nunca terminó de procesarse.
Los años 70 del siglo pasado en Italia non finiscono mai. Aún son un capítulo abierto. El Estado italiano sigue recorriendo el mundo para tratar de detener a viejxs militantes relacionadxs con hechos que sucedieron hace casi medio siglo para vengarse de una afrenta que no se va. En Italia, el intento revolucionario que se desplegó en el corazón de Occidente y abrió un interrogante mayúsculo en la historia política italiana -atravesada espesamente por la opresión de la clase de la gran propiedad- no se asume políticamente. No se lo asume y más: se lo rechaza.
Leonardo Bertulazzi empezó a militar en Lotta Continua, experiencia política caracterizada por un enfoque obrero, por la crítica a las organizaciones tradicionales de la clase trabajadora y por una concepción revolucionaria de la lucha política. Posteriormente, pasó a las Brigate Rosse e integró la columna genovesa de esta organización. Según un arrepentido (pentito/i son los individuos que integraron las organizaciones revolucionarias, que una vez detenidos comenzaron a colaborar con la Fiscalía, a resueltas de lo cual obtuvieron beneficios: personales -protección, identidad nueva, etc.- y procesales -reconocimiento de circunstancias atenuantes especiales, etc.), Bertulazzi habría participado en la detención de Pietro Costa, empresario naviero secuestrado en Génova en enero de 1977. Luego de 81 días de cautiverio fue liberado, después del pago de un rescate de 1500 millones de liras.
Una parte de ese dinero fue usada para adquirir un departamento en Roma que Brigate Rosse empleó para secuestrar -el 16 de marzo de 1978- a Aldo Moro. Esta acción terminó en el asesinato del líder democristiano -el 9 de mayo de 1978-, uno de los cuadros principales de la Democrazia Cristiana -partido de inspiración católica que dominó buena parte de la política italiana de posguerra- y que mantenía una relación de diálogo político y cooperación progresiva con el Partito Comunista Italiano. Esta poderosa organización de masa, dirigida por Enrico Berlinguer, en las elecciones de 1976 había obtenido casi el 34% de los votos (cerca de 13 millones de votos).
Bertulazzi entonces habría participado en el secuestro de Costa, pero no en el asesinato de Moro, pues en el verano de 1977, en los acantilados occidentales de Génova, sufrió quemaduras en las manos y en el rostro mientras manipulaba material incendiario. Por ese accidente fue hospitalizado y en el sanatorio, detenido. Quedó encarcelado dos años, entonces, durante el secuestro de Moro estaba recluido. Fue liberado en octubre de 1979, momento en que se reintegró a las Brigadas. En septiembre de 1980 fue detenido en un retén policial junto a dos compañeros. Estos fueron arrestados mientras que Bertulazzi logró fugarse: primero a Francia, después a Grecia y posteriormente a El Salvador.
Fue condenado -en contumacia: en primera y segunda instancia- con dos sentencias firmes dictadas por la Corte d’assise d’appello (Cámara de Apelaciones) de Génova, en noviembre de 1985, por el secuestro del armador Costa, y por la Cámara de Apelaciones de Milán, en mayo 1986, por su participación en las Brigadas Rojas. Es decir: no ha sido condenado por ningún delito de sangre. Las dos condenas, además, han sido unificadas en 1997 por un total de 27 años de reclusión.
Bertulazzi llegó a la Argentina en mayo de 2002 y fue detenido en noviembre a petición de las autoridades italianas sobre la base de una orden dictada por la Fiscalía General de Génova. En diciembre fue solicitada su extradición. En junio de 2003 el juez federal argentino a cargo del proceso rechazó la solicitud por el hecho de que Bertulazzi había sido juzgado y condenado en Italia en contumacia y, de haber sido extraditado, no habría tenido derecho a un nuevo juicio. Ordenó entonces su inmediata liberación. Mientras tanto, en 2004, Bertulazzi inició el trámite para solicitar el reconocimiento de la condición de refugiado ante el Comité de Elegibilidad para los Refugiados (CEPARE), que le fue otorgada ese mismo año. Sin embargo, en agosto de 2024, ya con otras ventiscas políticas, la Comisión Nacional de Refugiados (CONARE) le revocó dicha condición y en junio las autoridades italianas renovaron la solicitud de detención con el propósito de la extradición. La detención se llevó a cabo en agosto y actualmente Bertulazzi la está cumpliendo. El aparato judicial italiano justifica el nuevo pedido de extradición afirmando que Bertulazzi tendrá derecho a pedir un nuevo juicio y que ese procedimiento “está asegurado”.
En junio de 2025, la Comisión para la Asistencia Integral y Protección al Refugiado y Peticionante de Refugio dependiente del Ministerio Público de la Defensa de la República Argentina, le solicitó al Dr. Cuno Jackob Tarfusser -ex Fiscal General de Bolzano y ex juez de la Corte Penal Internacional de La Haya, cargo que ocupó por nueve años- un dictamen pericial para ser utilizado en el proceso ante las autoridades judiciales argentinas que, a petición de las italianas, deben expedirse sobre la extradición de Bertulazzi para que en Italia sea procesado de nuevo. Es importante señalar la ubicación político-ideológica del Dr. Tarfusser, para mostrar que no coincide en nada con la de Bertulazzi. En 2024, el ex magistrado se postuló para las elecciones europeas dentro de las filas de Azione, el partido de Carlo Calenda, que se sitúa dentro del ámbito social-liberal, reformista y europeísta. En su escrito, Tarfusser llega a dos conclusiones relevantes, entre otras. La primera tiene que ver con el enfoque jurídico “engañoso e intelectualmente deshonesto” (p. 7) del Fiscal General de Génova a cargo de la Oficina de Cooperación Internacional, que el 9 de septiembre de 2024 envió a las autoridades argentinas una “Nota sobre las garantías previstas en el art.1 del Protocolo Adicional al Convenio entre Italia y Argentina del 9 de diciembre de 1987”. Y en la segunda señala: “puedo descartar que Leonardo Bertulazzi, en caso de ser extraditado, vaya a obtener nuevos juicios en su presencia, sino incluso que se le conceda la remisión en términos (restituzione in termini) para impugnar las dos sentencias dictadas en su contumacia, dada la imposibilidad objetiva de que cumpla el elevando umbral probatorio impuesto por la legislación pertinente. Esto es aún más cierto después de cuarenta años teniendo en cuenta la hostilidad del sistema judicial hacia ese extraordinario medio de impugnación” (p. 8).
Este manoseo vertiginoso, que va durando desde hace veinte años, acerca de hechos acontecidos hace casi medio siglo, débilmente “demostrados” por la justicia italiana, se aplica a un hombre mayor, que tuvo un accidente cerebrovascular a principio de este año, y que desde entonces fue hospitalizado en dos ocasiones. No es la primera vez que el Estado italiano manifiesta su pulsión de venganza contra militantes que protagonizaron los conflictos sociales de la década de 1970. En 2023, Italia solicitó la extradición de diez militantes setentistas refugiados en Francia por razones similares a las que empujaron a Bertulazzi al exilio. A pesar del respaldo del presidente Emmanuel Macron, los pedidos de extradición no prosperaron en ninguno de los casos, ya que la Justicia francesa resolvió que: “De todas estas disposiciones se desprende que no garantizan al acusado el acceso a un tribunal, en el sentido de que la legislación italiana en el presente asunto no garantiza a una persona condenada en rebeldía el derecho a que un tribunal se pronuncie de nuevo, tras oírla, sobre el fondo de la acusación de hecho y de derecho”.
Bertulazzi se convirtió en una especie de trofeo doblemente deseado por poderes de gobierno que expresan una pulsión: la dominación total del capital o, mejor, la unidad política y económica del gran capital. Este poder se ha replegado en los entresijos de la historia y desaparecido en tanto movimiento específico, con su nombre clásico, pero puesto que ha sido oportunamente estimulado ha vuelto a resurgir de las catacumbas de la historia. Su nombre empieza con F.