Silicon Valley ha perfeccionado el arte de la teología de mercado: vendernos algoritmos de cálculo estadístico como si fueran una revelación mística. Se nos presenta la Inteligencia Artificial no como una herramienta, sino como una entidad divina destinada a resolver los males atávicos de nuestra especie, desde el colapso climático hasta la finitud biológica. Lo que nos venden como un oráculo es, en realidad, un mecanismo de desposesión que camufla sus intereses bajo la túnica de lo inevitable. Por Isidro Páez (*)
«En el mecanismo civilizado, la pobreza brota de la misma abundancia... La industria se ha vuelto el tormento de los pueblos; los descubrimientos mecánicos, que debían aliviar el trabajo humano, solo sirven para multiplicar los obreros sin pan y reducir los salarios. El conflicto estalla porque la sociedad civilizada produce por encima de sus medios de distribución: los almacenes revientan de mercancías mientras el productor perece en la miseria. El orden industrial actual es un mundo al revés, una anarquía comercial donde el progreso técnico sólo perfecciona el arte de la explotación masiva». Charles Fourier. El nuevo mundo industrial y societario (1829)
Las Bienaventuranzas del Capital: la fe ciega
El discurso tecnológico actual se apoya en un determinismo teleológico —la creencia de que la historia avanza hacia un fin predeterminado y superior—. Silicon Valley nos transmite cual Sermón de la Montaña: "La IA llegará a la Singularidad, superará al ser humano y resolverá el cambio climático y las enfermedades; resistirse es como resistirse a la evolución".
Al igual que en las bienaventuranzas bíblicas se prometía la salvación a los desposeídos en el reino de los cielos, las corporaciones tecnológicas reescriben el mito prometiendo una salvación terrenal y digital: la curación de las enfermedades y la solución a la crisis climática, pero condicionada a una sumisión tecnológica total. La "salvación" es, en realidad, un contrato de dominación.
Esta nueva bienaventuranza digital exige fe ciega a cambio de milagros futuros. Sin embargo, la ironía del dogma es flagrante: nos prometen que la Inteligencia Artificial revertirá el colapso ecológico global, mientras que, en el presente material, los centros de datos de Google, Microsoft y OpenAI consumen millones de litros de agua para enfriar sus servidores y devoran la energía de ciudades enteras. El falso dios que promete salvarnos de la crisis climática se alimenta, precisamente, de acelerar el metabolismo extractivo del planeta.

Subsunción y Metabolismo Extractivo
Un Dios sediento, el costo ecológico que no te cuentan. Existe una contradicción violenta entre la promesa de la IA de salvar el planeta y su metabolismo extractivo. Pero no caigamos en el discurso progresista bienpensante, verde o socialdemócrata. Si bien su matiz denuncia el síntoma (el daño ambiental), olvida la raíz de la crítica marxista: las relaciones de producción, la acumulación de capital y la explotación laboral.
Como recordaba Chico Mendes, “la ecología sin lucha de clases es mera jardinería o botánica”. Por ello, denunciar el gigantismo biofísico de la Inteligencia Artificial no es un ruego conservacionista ni una declamación verde; es señalar el frente de una batalla estrictamente material. Los centros de datos de Google, Microsoft y OpenAI no sufren un "desajuste ecológico", sino que operan como dispositivos de subsunción real de la naturaleza:
devoran gigavatios de redes públicas y millones de litros de agua comunal, transformando recursos vitales en capital fijo privado para sostener la tasa de ganancia del oligopolio tecnológico. El dios que promete salvarnos del colapso planetario es, en realidad, un parásito que externaliza sus costes metabólicos sobre el territorio de las mayorías trabajadoras.
La Aspiradora de almas y otras cosas del montón
El plano final del largometraje ideológico recorrido (un zoom-in o acercamiento) nos traslada a las entrañas mismas del milagro. Bajo el capó del milagro algorítmico se esconde una expropiación total, la Inteligencia Artificial no es un creador divino; es una descomunal máquina de desposesión y saqueo cultural, la apropiación total del conocimiento social, una aspiradora industrial que ha succionado cada línea de código, cada poema, cada pintura y cada interacción humana flotante en la red para triturarlas y empaquetarlas como propiedad privada después de haber destruido el original (Proyecto Palantir). El capital ya no sólo privatiza la tierra y las fábricas; ahora ejecuta la subsunción total de la experiencia humana.
Si el capitalismo temprano se fundó sobre la privatización de la tierra y las fábricas, la era de la IA marca la privatización del intelecto colectivo. Es el robo del conocimiento social acumulado durante siglos, convertido ahora en un fetiche bajo control monopólico que nos devuelven en forma de suscripción mensual. Ver la IA como una mercancía ordinaria es un acto de realismo necesario para despojarla de su aura religiosa y entenderla como otro engranaje en el catálogo de explotación del capital.

Y mientras los ideólogos de Silicon Valley debaten solemnemente en sus altares sobre el fin de la humanidad o el amanecer de una nueva conciencia cósmica, en el subsuelo de la realidad, la IA se revela como otro electrodoméstico sofisticado diseñado para la obsolescencia programada, otra vuelta de tuerca para exprimir el plusvalor del trabajador, otra máquina ruidosa que devora el mundo físico para rellenar los gráficos de rendimiento de Wall Street. Al final, despojado de sus túnicas místicas, el gran Oráculo de Silicio no es más que eso: el enésimo artefacto de una larga lista de fetiches históricos construidos para camuflar la explotación económica de siempre.
Epílogo: Las 5 caras del Fetiche y el Horizonte común
Al apagar las pantallas y disiparse el humo de la propaganda, el Oráculo de Silicio queda al descubierto en su dimensión utópica, material, comercial y económica. El dios de la optimización algorítmica se descompone ante nuestros ojos a través de un pentaedro de verdades simultáneas que la teoría crítica no puede soslayar

En primer lugar, la mística bajo el riguroso determinismo teleológico aplicado, presenta la Inteligencia Artificial no como un software de cálculo estadístico masivo, sino como un oráculo omnisciente en constante ascensión. Esta narrativa teje un nuevo dogma evolutivo: la IA es el fin inevitable de la historia, una mutación cósmica que la humanidad está destinada a engendrar y ante la cual sólo cabe la sumisión adaptativa
En segundo lugar, el Apocalipsis funciona como distracción. El debate sobre si la IA "va a extinguir a la humanidad" (muy promovido por los propios CEOs de las Big Tech) es otra jugada teleológica. Al asustarnos con un futuro distópico de ciencia ficción, evitan que hablemos de los problemas del presente: la destrucción de empleos estables, la precarización y el monopolio de la infraestructura.
En tercer lugar la Inteligencia Artificial desciende de los nubes utópicas de la informática para mostrar su verdadera consistencia física; se revela como lo que siempre fue: otra pieza genérica de la maquinaria corporativa. No hay conciencia flotando en el éter, sino una acumulación masiva de silicio, cables y servidores pesados que envejecen al ritmo de la fábrica tradicional.
En cuarto lugar, este armazón industrial se sostiene gracias a un engaño estético meticulosamente diseñado. Al observar el producto empaquetado para el consumo masivo, la ilusión de la Inteligencia Artificial se desmorona para mostrarse como otro producto de consumo masivo con envoltorio de milagro. La promesa de curar el planeta o extinguir el dolor no es más que la etiqueta publicitaria de una mercancía ordinaria que necesita ser vendida a escala global.
Finalmente, al abrir las entrañas del sistema para analizar su función dentro de la economía política global, el artefacto se despoja de toda pretensión de autonomía evolutiva. La IA se asienta en la historia de la técnica como otro engranaje en el catálogo de obsolescencia del capital. Es la herramienta definitiva de nuestro siglo para acelerar el metabolismo extractivo, privatizar el conocimiento social acumulado y exprimir la tasa de ganancia de un sistema que disfraza de destino biológico lo que no es más que la ordinaria explotación de siempre.

Nuestra respuesta debe la ambición de una reapropiación colectiva. Un desafío histórico frente a la distopía privatizadora de Silicon Valley, la alternativa no radica en el rechazo nostálgico de la técnica, sino en el horizonte de su verdadera emancipación. Romper el fetiche del Oráculo implica recuperar el núcleo de la utopía materialista: la posibilidad de que la automatización y el conocimiento social acumulado dejen de ser armas de explotación para convertirse en herramientas de liberación. El comunismo, despojado de mitologías, no es la promesa de un mundo sin esfuerzo, sino la reapropiación colectiva de los medios de producción para subordinar la máquina al bienestar humano y no a la tiranía del mercado. Desbancar a los sumos sacerdotes de la tecnología es el primer paso para transmutar la chatarra corporativa en un bien común; solo entonces, cuando el control de la capacidad de cálculo pertenezca a quienes la sostienen con su trabajo, la técnica dejará de clausurar el futuro para comenzar, finalmente, a liberar nuestro tiempo.
Mientras Silicon Valley vende un futuro idealizado de ciencia ficción para que aceptes la explotación de hoy, la alternativa no es idealizar el futuro, sino el momento en que el ser humano deje de estar alienado por las mercancías (el agobio de vivir subordinados al software, las pantallas y los algoritmos), y recuperar su propia naturaleza. Es el verdadero fin del conflicto entre la existencia y la esencia, entre la libertad y la necesidad; el movimiento real que anula y desplaza al estado actual de las cosas.
(*) Isidro Páez es dirigente del Partido Comunista de España en Argentina. Este artículo es gentileza del periódico español El Común (https://elcomun.es)