Paulo Menotti es historiador y en un nuevo aniversario de la desaparición forzada del Médico del Pueblo, recuerda a este comunista cuya militancia fue clave en la Rosario de buena parte del siglo 20 pero que, asimismo, dejó una enseñanza fundamental para las nuevas generaciones.
Juan Ingalinella fue otro desaparecido de nuestra historia. Este militante comunista no fue el primero y, lamentablemente, tampoco el último de nuestros desaparecidos: el 17 de junio de 1955 fue apresado por la policía de Rosario, fue torturado y asesinado y aún no se encontró su cuerpo.
Esta es una historia que ya se había vivido y siguió pasando con mayor intensidad y un macabro plan sistemático durante la última dictadura cívico-militar, ente 1976 y 1983. Pero la de Juan Ingalinella es una historia que debemos conocer.
¿Quién fue Ingainella? Inga, como le decían o “el médico del pueblo”, fue un médico militante comunista de Rosario, Santa Fe, Argentina, nacido en 1912 e hijo de inmigrantes sicilianos que, en 1931, logró ingresar a estudiar a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Rosario y fue en ese espacio donde comenzó a militar en el Partido Comunista, más específicamente en la agrupación estudiantil Insurrexit que tuvo un gran despliegue en esa facultad.
A mediados de la década de 1930, en Rosario el PC contaba contaba con una gran militancia de estudiantes de Medicina, Mujeres contra la Guerra del Chaco y Mujeres contra la Guerra en España...el antifascismo ascendía y sentaba las bases en importantes gremios como los sindicatos de la Carne, de la Madera y el de la Construcción, además de participar en la Federación Obrera de la Alimentación, Ferroviarios y Portuarios entre otras muchas organziaciones.
Los represores de Rosario
Durante el gobierno de Agustín P. Justo, entre 1932 y 1938, nació la Sección Especial de la Policía Federal que se ocupó de perseguir a militantes de izquierda: anarquistas, comunistas y socialistas. Y aunque en Santa Fe gobernaba el Partido Demócrata Progresista (PDP) que no permitía esa persecución, la Sección Especial logró tender lazos con la Policía Santafecina.
Ya en 1935 se produjo la intervención de la Nación a la provincia de Santa Fe que sacó del gobierno al PDP y, entonces, dicha Sección Especial tuvo las manos libres para detener y torturar a hombres y mujeres de ideas avanzadas. En ese marco, los oficiales Félix Monzón, que era jefe de la Sección Orden Social y Político, Santos Barrera, que era jefe de la misma sección, y el titular de la Sección Leyes Especiales, Francisco Lozón, comenzaron a cumplir sus tareas con mayor dedicación.
En ese contexto se perseguía en particular a los militantes comunistas porque el PC era la fuerza política que estaba en crecimiento entre los trabajadores y las trabajadoras.
La mala costumbre de ir preso
Durante la segunda mitad de la década de 1930, también llegaron las leyes de prohibición del comunismo a Santa Fe y, en ese marco era habitual que los y las camaradas fueran detenidos y maltratados.
Desde hacía varios años el Socorro Rojo Internacional había implementado una práctica que, con la colaboración de abogados del partido, reclamaban el habeas corpus de los detenidos, lo que daba intervención a la Justicia y posibilitaba la liberación de los mismos. Por eso la norma entre los militantes comunistas era cuidarse y cuidar a los compañeros, pero también conocer su derechos y tener los contactos de los abogados del Partido, que en este caso eran Guillermo Kehoe y Alberto Jaime.
El doctor de los pobres
Ingalinella, como tantos otros y otras militantes comunistas, siguió con sus actividades a pesar de esa sombra represiva que acechaba sobre ellos. Así fue que participó en congresos juveniles, como médico se dedicó a ayudar a la gente pobre de su barrio La Tablada, ubicado en la zona sur de Rosario, no le cobraba la consulta a quienes no podían pagar y trabajaba ad-honorem en el Hospital de Niños Víctor J. Vilella. Incluso viajó hasta Moscú para conocer qué se hacía con la medicina en la Rusia Revolucionaria para poder aplicar sus prácticas en nuestra Patria. Pero además militaba políticamente imprimiendo volantes, dando a conocer lo que no salía en los grandes diarios.
Contra la dictadura
En junio de 1955, un intento de golpe de Estado en contra de Juan Domingo Perón provocó la resistencia de sectores populares. Ingalinella, como tantos otros, entendió que una dictadura militar sería lo peor que podría pasar para la clase trabajadora y, en ese contexto, imprimió volantes para oponerse al derrocamiento de Perón.
Sin embargo, fue apresado junto a decenas de militantes del Partido Comunista por los antiguos represores de Rosario: Barrera, Lozón y Monzón, entre otros. Casi todos los detenidos fueron liberados al poco tiempo...pero Inga no.
Según declaró un arrepentido, las fuerzas represoras estaban torturando a Ingalinella cuando le dio un paro cardíaco y falleció en esa trágica situación. La Policía intentó borrar las pruebas arrancando las hojas de los libros de entradas, enterrando el cuerpo como NN y mintiéndoles a sus abogados y a su esposa, a quienes les dijeron que había sido liberado y que se había ido por sus propios medios.
La dictadura militar, autodenominada Revolución Libertadora, continuó con esa mentira y fue recién entre 1958 y 1961, durante el gobierno de Arturo Frondizi, que la Justicia intervino y sentenció a los represores a cadena perpetua, aunque después fue cambiando dicho fallo.
Pero esta es una lucha que continúa porque, desde entonces, antiguas y antiguos camaradas reclamaron por Ingalinealla, por sus derechos profanados y por su ejemplo de lucha. El propio Raúl González Tuñón lo recordó en su poesía “En demanda contra el olvido”. En Rosario, donde fuera su hogar, en la calle Saavedra 667, funciona la sede del Comité Provincial del PC, desde donde se busca mantener viva su memoria. El Caso Ingalinella debe servir para expresar fuerte y claro: Nunca Más.