Lilana Etlis militó junto a Rubén Poggioni en la Federación Juvenil Comunista durante la década del 70. En este artículo para Nuestra Propuesta recuerda a su camarada y amigo asesinado por la Triple A, con una semblanza íntima que rescata en sus detalles la esencia humana de la militancia.
Necesitaba la caricia de estos lugares, los de Boulogne/Villa Adelina, los que respiré en mi infancia y adolescencia, los de la tibieza cuando comenzaba a despertar junto a las personas que hablaban el mismo idioma. Soñábamos, simplemente por eso, nos costaba vivir el presente, y construir un puente hacia el buen vivir, hacia la felicidad comunitaria y colectiva, una época donde brindáramos por el bien común y la diversidad de ideas.
Con mi amigo Rubén, la afinidad fue más fácil porque hablábamos de las cosas comunes ¿y qué era lo común? Quién llevaría el toca-disco para el sábado a la noche…si había leído sobre química y la tabla periódica para algún examen, descubrir la mixtura con la biología y la física, sobre la importancia de la antimateria, si alguna vez viajaríamos en el tiempo, sobre el papel del arte y lo gestual en la calle -esto nos causaba mucha risa- y sus experiencias, como también sobre la construcción de la Torre Eiffel, hecha con hierros muy finitos en el fondo de la casa.
Yo tenía en esos momentos 17 años, mi amigo Rubén 21, algunos recuerdos me quedaron borrosos, oscurecidos por el tiempo y otros bajo tormentas intensivas, los que quedaron flotando en la niebla.
Con otros compañeros debatíamos si socialismo nacional u otro, muchos me enseñaron sobre Evita y los más me ayudaron a comprender la vida por fuera de los fanatismos. Militábamos en la convivencia, rara vez enfrentados, esta última cuestión fue más una narrativa inventada por los dirigentes, diferente a las cotidianeidades de las luchas donde íbamos juntos.
Llegó el día del juicio final a favor de la AAA. Fue en el 74; aquel 2 de junio nos preparábamos para el X Congreso de la Fede y Rubén iba como delegado de la Zona Norte. Antes las pintadas eran con todo el fervor presionando la brocha fuerte y con baldes a los costados llenas de pintura barata y con “campanas” en cada esquina, entre ellos el Negrito Avellaneda desaparecido a los 15 añitos. Pasó un auto del Comando de Organización o de las 62, no recuerdo, muy cómplice de la AAA y largó una ráfaga. Rubén cayó herido. A pesar de los esfuerzos por revivirlo murió poco tiempo después.
En mi cuerpo no sabía que existirían espacios sin saber cómo nombrarlos, el vacío de los compañerxs que iban desapareciendo o siendo asesinados era incomprensible, no nos imaginábamos la crueldad y el infierno. Los libros habían escrito sobre estos temas, pero la vivencia era otra, sin los límites de lo humano.
Su familia pasó a integrarse a mi mundo interno a través de los relatos al lado del hogar encendido donde contaban sus padres cómo se conocieron, sobre las montañas de la Toscana en Arezzo y cómo el fascismo irrumpió en sus vidas. Eran tramas de afecto que fueron llenando algunos huecos después del asesinato.
Se sumaba las semillas que plantaba Don Nicola en la quinta cuando su columna iluminaba la tierra junto a sus manos y los famosos tés de limón de Doña Rosa. Verla cómo observaba detrás de las cortinitas de la cocina si aparecería Rubén, reflejaba la memoria y la crueldad al mismo tiempo, como si esperara una ilusión mágica, un reflejo que ya pertenecía a los dedos de sus manos: correr las telas y mirar a lo lejos esperando cada vez que un tren se detenía en la estación del ferrocarril Belgrano a metros de su casa. Juan, su hermano que más que hermano era como un padre por su confianza y complicidad, fue un interlocutor potente en mi familia.
Rubén plasmaba un cúmulo de situaciones, charlas, temas que compartíamos como aquella foto que mostraba con orgullo donde sus sobrinas sonreían, llevando la risa en el bolsillito del lado interno de su campera gastada de cuero.
Atraía su fascinación por la vida y de todo lo que estaba relacionado a ella. Dentro de estos temas brillantes el que charlábamos más cuando venía los domingos a casa, era sobre cómo transformaríamos la sociedad. Eran frecuentes los intercambios con mis padres y el constante cuestionamiento a las imposiciones del pensar. La relación amorosa con Ana, una de mis hermanas, también inauguró la emoción a flor de piel.
Hoy, ya con el Terrorismo de Estado y sus consecuencias en la producción de mentes colonizadas, a 52 años de su asesinato, hoy cuando el aire se espesa como todos los 2 de junio durante todas estas décadas, siento y pienso ¡cuánto de esas bellas charlas compartidas quedaron en un mundo poroso peregrinando en la materia del tiempo!
Cuánto aprendí de estos compañeros y compañeras a nivel humano, cuánto me ayudaron a dar pasos relacionados a la memoria y a las necesidades comunes, cotidianas. Cuánto de inspirar ideas sobre transformaciones urgentes, serias, profundas, humanas, solidarias.
A pesar de todo también hay un deseo, algo esfumado, pero un cuenco que tal vez amuche soñantes de ideas como aquellos girasoles que buscaban la luz.
Hubiese deseado el acompañamiento de la comunidad y de algunos movimientos sociales el recuerdo de los asesinados por la AAA en plena democracia, germen del terrorismo de estado.
Gracias Rubén por permitirme conocerte más profundamente como amigo y hasta la victoria, por supuesto, siempre.