En el marco de los diez años que se cumplieron de la partida de Loahana Berkins, Flavio Rapisardi, militante gay histórico que supo compartir muchas luchas con ella, la recuerda en su contexto en esta columna para Nuestra Propuesta. “Lohana es una bandera compleja y combativa que persiste no en recuerdos nolstalgiosos, sino en las libertades conquistadas y las demandas urgentes” afirma.
Eran los años 90. El peronismo menemista hacía su faena neoliberal destruyendo el empleo, flexibilizando, bajando impuestos a los ricos, regalando bienes comunes. Es decir, continuando el plan económico de la última dictadura cívico-militar que luego Macri continuó y Milei perfecciona hoy hasta límites impensados. Y este asombro surge de un espejismo, el que creamos (va en tono de autocrítica) en la “década ganada”, que lo fue en su inmediatez, pero la fragilidad de varias conquistas debería al menos hacernos reconocer que mucho se construyó sobre las etéreas y peligrosas nubes de tormenta que hoy nos azota a todxs.
En esos años 90 Lohana se sumaba a la militancia de las diferentes orientaciones sexuales e identidades de género. Su irrupción no fue sobre la nada, sino que se sumó a un movimiento que se había gestado a partir de la decisión de dos militantes comunistas, Héctor Anabitarte y Ricardo Lorenzo Sanz, a fines de la década del 60. Ese movimiento creció, se complejizó, tuvo que pasar a la clandestinidad con la Triple A, se guardó durante los años de represión para reaparecer en los años 80. Esos años 80 en los que varixs comenzamos a militar también fueron años de debate, de represión y persecución policial, de desconocimiento estatal, de desprecio de partidos políticos y hasta de organismos de derechos humanos.
Claro que pensar esto hoy parece un pasado inventado, pero no, nada es inventado y cualquier historia reconstruye esos momentos donde pasamos noches en comisarías golpeados por la cana o despreciadxs de diversos modos allá donde fuéramos. Los años 90 fueron un oprobio, pero el menemismo que nos prometía el “primer mundo” fue víctima de su amplia boca: el movimiento LGBT organizado a nivel mundial comenzó una campaña internacional de escraches a Carlos Saúl Menem allá donde iba: Francia o Nueva York. El reclamo era parar las razzias y legalizar la organización política de las personas LGBT que la Corte Suprema mafiosa de aquella época (hoy tenemos la misma mafia con otros nombres) había prohibido.
A la vuelta del garrón que Menem se tuvo que comer en Nueva York por la manifestación de militantes gringos, en un acto de arrojo desoyó la Corte Suprema y otorgó la primera personería jurídica. Desde allí todo fue multiplicación y crecimiento. Fue un hecho poco recordado, pero una visagra que cambió la historia. Años después de esa “legalización”, apareció la primera organización trans-travesti, Travestis Unidas, creada por una compañera de Córdoba, que se sumaba a TRANSDEVI, Transexuales por Derechos a la Vida y a la Identidad. Habrá que esperar a mediados de los 90 para que una nueva generación de trans-travestis desembarcara en la tumultuosas y “horizontales” reuniones de la calle Paraná, del loft de César Cigliutti en el que vivía Carlos Jauregui. Lohana Berkins, Nadia Echazu, Claudia Pía Baudracco, Belén Correa se sumaron a las discusiones, repusieron las discusiones sobre una represión policial que ya no detenía gays y lesbianas, pero que seguía deteniendo trans y travestis haciendo caja para nada chica con el pago de coimas para no molestarlas.
Lohana fue una de las más brillantes de esa nueva camada. A diferencia de otras compañeras que trabajaron territorio a nivel nacional, Lohana articuló con las discusiones universitarias, los feminismos y los partidos políticos. Frente a otras militantes que privilegiaron los armados nacionales, la prevención del vih y el trabajo comunitario, Lohana optó por convertirse en un polo de producción de posiciones, las redes internacionales, la incidencia política en Buenos Aires. Así se trascendió a ella misma, parándose de manos con lengua picante e ideas brillantes. Su relación con la izquierda comenzó facilitada por la militante feminista Mabel Bellucci y su incorporación como trabajadora primero al Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos y luego como militante del Partido Comunista. Lohana hoy es más que un nombre y un recuerdo, es una bandera compleja y combativa que persiste no en recuerdos nolstalgiosos, sino en las libertades conquistadas y las demandas urgentes.